
Si el director de
La ventana indiscreta hubiese sabido que, además de curar el aburrimiento, el
espionaje puede ser el alegato perfecto para justificar una adicción, puede que el argumento le hubiese dado para componer un thriller.
Así se defiende
Christopher Chaney, el hacker que en septiembre saboteó el móvil de
Scarlett Johansson y publicó las
fotografías íntimas -mundialmente imitadas- que la actriz se había hecho en el espejo de su casa en poses eróticas: Como un enfermo, un adicto.
"
Soy adicto a espiar a los famosos", alegó el pasado miércoles cuando fue detenido por sabotear los móviles y los emails de las celebrities. "Comenzó como una
curiosidad y fue como una bola de nieve, no sabía como dejar de hacerlo", se defiende.
A pesar de ello, dice que se arrepiente de sus acciones, pero que para él es como una especie de bendición el hecho de poder ver más allá de una fachada, de poder ver la vida real de los famosos a los que admira.
Estas son sus declaraciones: "Sé que lo que hice fue una de las peores invasiones que alguien puede experimentar. Cruce esa franja de privacidad,
me sentí aliviado cuando la policía incautó mi ordenador".
Puede que Chaney sea un adicto, un enfermo sin freno que necesita vivir la vida de otras personas -personas conocidas- a falta de una vida propia que vivir a pesar de tener sólo 35 años. Tanto es así que el susodicho ha hackeado las cuentas de más de
50 personajes, entre ellos, además de
Johansson,
Mila Kunis y
Christina Aguilera.
Ahora deberá enfrentarse a las autoridades ante las que ha sido
acusado de 26 cargos, entre ellos: robo de identidad, piratería informática y escuchas telefónicas. En caso de ser declarado culpable, Chaney
se enfrenta a una pena máxima de 121 años de prisión.