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Messi y Lamine

Por Julio Fajardo Sánchez
martes 21 de julio de 2026, 18:06h
Actualizado el: 21/07/2026 18:38h

Es difícil de creer la foto de Messi con Lamine en la bañera, pero resulta que es verdad. Lo extraño es que no haya salido hasta la final entre España y Argentina. Es asombroso que una casualidad se convierta en una premonición. No ocurre todos los días. La abuela de Yamal lo corrobora y también los datos de un casting celebrado en Rocafonda hace casi 19 años para una campaña de UNICEF con jugadores del Barça. Que los hados se reúnan para lograr una coincidencia no es habitual, pero cuando se produce se convierte en algo extraordinario. Me recuerda a Jesús sumergido en el Jordán a manos de su primo Juan el Bautista, donde se anuncia la sucesión de un profeta por otro de mayor envergadura. Es como el signo de la evolución controlado por la magia del agua salvadora.

Hay situaciones llenas de fatalidad, como esos idus de marzo que preconizaban la muerte de César para entrar en una etapa de sustituciones que no fue demasiado fructífera. Era como salir de Guatemala para entrar en Guatepeor. Hoy el mundo está amenazado por estos cambios inciertos. Ayer veía en la tele la llegada de la selección a la Moncloa y Mary me decía que el presidente estaba muy flaco. Lleva tiempo así, aunque él no es de mucho engordar. La foto del bebé Lamine, con apenas 6 meses, bañado por Messi se puede comparar con una tomada el domingo, después del partido, donde, tras un abrazo, se les ve a los dos de espaldas enseñando sus dorsales: el 10 y el 19, como si fueran Juan Carlos I y Adolfo Suárez paseando por el jardín en una canción de Víctor Manuel. Solo pienso en ti. La diferencia está en que ahí no había relevo sino deterioro compartido, un adiós a unos símbolos que nos acompañaron durante años y ya no significaban nada.

Esta foto de ahora es la imagen del futuro apoyada en el recuerdo, como sucede en toda evolución razonable, que nunca debe sufrir la quiebra de una ruptura. Lamine y Messi son la expresión de lo natural, uno acabando su currículum y otro empezándolo, aunque los dos provengan del mismo lugar y se formaran en la escuela del mismo club. Lamine y Messi representan una unidad en la continuidad, aunque para sus hinchadas no signifiquen la misma cosa. En España esa foto funciona, y en Argentina debería hacerlo también.

Ayer habían pasado 24 horas del final del partido, la digestión de un relevo natural y una fiesta a lo Bud Bunny para divertir a los jóvenes y aburrir a los mayores. Dicen que todo el país se encontraba feliz ante esa imagen. Cuando la unidad escasea y prolifera la polarización cualquier gesto positivo es recibido con una alegría inusitada. Por eso la foto de Lamine con Messi es la de la normalización, y la normalización en democracia es que las alternancias se produzcan de forma no traumática. Es normal que Messi llore solo sobre el césped seco de New Jersey, pero una vez superado el duelo volverá a sentirse orgulloso de su historia insuperable como futbolista. Pasará a ser un ex, como tantos otros, pero habrá aprendido que esa condición también exige de una dignidad y un comportamiento especiales.

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