Si de algo estuve seguro en toda mi vida laboral, fue en lo de no estar hecho para ser empresario. Siempre estuve gestionando o comerciando con las empresas de otros que sí que estaban capacitados para arriesgar su dinero en su proyecto empresarial. Trabajé para pequeños empresarios, para grandes multinacionales y hasta para uno de los grandes empleadores sanitarios públicos. En cada uno de ellos, solo gestioné presupuestos, recursos humanos o comercialicé sus productos, pero siempre actuando como si lo que tenía en mis manos en cada momento, fuera mío; pero con un colchón muy importante: nada de aquello o de alguna posible deuda, se lo dejaría a mis hijos en herencia. Tengo que reconocer que en alguna ocasión estuve tentado a arriesgar lo poco que tenía ahorrado, pero cuando reflexionaba sobre mi capacidad de hacerlo, siempre me contestaba que “ni de coña”. ¿Cobardía? ¿Conocimientos? ¿Comodidad? Creo que ninguna de esas cuestiones podrían definir mi decisión y, sin embargo, todas, cada una de ellas y otras que tendría que anotar, están contempladas en la palaba que define mi decisión: “prudencia”.
La primera empresaria que conocí, aunque no fui consciente de ello hasta que pasaron muchos años, fue mi apreciada y recordada madre. Ella, una mujer joven recién llegada de su proceso migratorio en Venezuela y con muchas más ilusiones que dinero, se aventuró en retomar su actividad comercial, recuperando un pequeño estanco que le había dejado a una prima suya cuando decidió “hacer las américas”. A su regreso y tras recuperar el establecimiento, decidió emprender nuevamente su negocio y reformó el pequeño local, hasta conseguir que poco a poco, fuera adquiriendo notoriedad en su/mi querido Barrio del Toscal. Recuerdo haber visto, pasados los años, una foto de ella en el mostrador de aquel pequeño habitáculo y era increíble lo que iba consiguiendo. Comenzó vendiendo tabaco, golosinas y productos estético-sanitarios, pero lo que llamaba más la atención de aquel comienzo reflejado en la foto que menciono, era la colocación estratégica de todo lo que allí vendía. Todos los artículos estaban colocados, intentando estrechar las estanterías y/o mostrador. ¡Tenía que lucir como si hubiera abundancia! La realidad es que ella, mi madre, la empresaria, sabía que no tenía que poner la carreta delante de los bueyes y que sus recursos económicos, eran los que eran. Y a sabiendas de sus limitaciones económicas, no podía gastar más que lo que ingresaba. Pasados los años, el éxito que acompaña a quienes perseveran, tocó en su puerta y a partir de ese momento, fue convirtiendo lo que era una vivienda, en un negocio. Primero eliminó de la casa el comedor, para convertirlo en una parte interior del negocio, Después una de las puertas que daba a una vía principal -calle de La Rosa- la convirtió en un escaparate. Ahí tuvo que negociar con su casero la modificación de su contrato y aceptar que le subieran el alquiler de la vivienda. Pero a ella ya no había quien la parase. La pequeña empresaria ya había logrado vender, además de lo que mostraba en sus inicios, todo tipo de piezas de decoración: Lámparas de alabastro, cristal de Bohemia, juguetería y hasta había conseguido un receptor de apuestas mutuas -solo se le daba licencia a quienes tenían negocios con movimiento y en sitios estratégicos-. Lo que siempre vi en mi madre, fue su dedicación absoluta a su clientela y a mantener sus pagos al día. Llegó a tener que recurrir a una empleada, pues los años ya le pesaban y necesitaba alguna ayuda. Cuando mi madre cerró -lo traspasó- su negocio, ya tenía setenta y dos años y no dejó ninguna deuda tras su pase a la jubilación. Así fue mi primer contacto con el mundo empresarial. Yo estudié más de lo que pudo hacer mi madre y durante mucho tiempo ella se ocupó de que no nos faltara nada ni a mi hermana, ni a mí. Solo pude poner algunas realidades en práctica de toda aquella experiencia vivida. No reconocer en mi persona el valor que vi en mi madre para emprender; poder saludar a quienes me dieron empleo sin tener que agachar la cabeza; hacer mi desempeño con dedicación absoluta y, sobre todo, estar satisfecho de haber trabajado con la honradez que ella me enseñó.
Cuando hoy en día, veo negocios cerrados por liquidación y/o cierre patronal, solo deseo que sea de gente que también hayan alcanzado su edad reglamentaria de descanso y no porque no fueran capaces de enfrentarse a todo lo que comporta “llevar un negocio”.
En algunas ocasiones he conocido a gente que una vez fracasado en los puestos en los que estaban trabajando, decidieron cobrar todo su subsidio de paro e invertirlo en un negocio propio. La frase es: “si he sido capaz de defender mi puesto para otros, también seré capaz de hacerlo para mí mismo”. Muchos de ellos, alquilaron un buen local en un sitio céntrico, le hicieron una gran reforma para convertirlo en su bar, restaurante, peluquería, boutique o lo que quiera que fuera que estaban haciendo antes de dar el paso y, con el tiempo -en muchos casos tras uno o dos años de estar pagando más que cobrando- tuvieron que darse por vencidos y cerrar su sueño, sin ni siquiera tener un colchón preparado para cuando se pudiera tener que dar ese paso. ¡Un negocio es más difícil gestionar, que atender! Muchas de las personas que cualquiera puede imaginar que pudieran estar en el perfil mencionado en líneas anteriores, seguro que sabían mucho de su trabajo como camareros, peluqueros, estilistas, etcétera; pero ¿Tenían conocimientos como empresarios? ¿Se prepararon para ello? Mucho me temo que había más ilusión que conocimientos y si bien es verdad que antiguamente la ilusión, unida a una capacidad de sacrificio y tesón, eran suficientes, hoy ya no es así. Últimamente, los conocimientos técnicos ni se han “mamado” en su entorno más cercano, ni se han estudiado.
Hay otros casos en los que circunstancias ajenas hacen caer grandes muros. Lo que la humanidad vivió años atrás, fue un claro ejemplo de esa situación. Yo conozco a una extraordinaria mujer que teniendo el título de farmacéutica y viéndose en el paro, decidió dar el gran paso de convertirse en empresaria de su sector. Compró y se endeudó hasta las cejas sin tener previsto lo que nos vendría a todos. A ella también. El virus maldito, nos encerró a todos en nuestras casas y, cuando digo a todos, fue a todo el mundo, incluido el Turismo. Su negocio, aunque era de los negocios que podían estar abiertos, tenía la maldad de que su clientela era el turismo, pues dedicaba gran parte de sus estanterías a lo que se denomina droguería farmacéutica. Con lo que obtenía de las recetas oficiales, no le alcanzaba para mantener abiertas sus puertas y responsabilizarse de un personal mayor que tenía en el momento de comprometerse. Tuvo que traspasar y solo espero que lo cobrado le haya servido para recuperar algo de su inversión inicial. ¿Era ella una posible empresaria? Sinceramente, he de decir que su seriedad, nivel de compromiso, empeño y tesón, me recordaba mucho a mi madre; pero ni siquiera eso le sirvió para un imprevisto tan desastroso como el que vivimos. Los negocios, creo que se han de plasmar en un papel con una previsión de más de diez años. Si el papel lo resiste, puede que el futuro empresario también. Si no es así, ¡Déjenlo estar!