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¿La cosa va de regalos, o de envoltorios?

Por José Luis Azzollini García
lunes 13 de julio de 2026, 09:56h

Hace ya bastantes años que un proveedor del establecimiento hotelero en el que trabajaba como director, pretendió regalarme una nevera de camping que yo le había solicitado comprar. Tengo que reconocer que soy un poco estricto en el tema regalos aceptándolos solo de amigos y familia y en momentos puntuales. Por esa razón, consulté con mi superior jerárquico, si estaría bien aceptar el ofrecimiento. La respuesta que me ofreció, siempre me ha servido para saber cómo he de tomarme las posibles dádivas que a veces llegan sin esperarlas. Me dijo algo muy sencillo: ¿El regalo te lo hace a ti, por ser quien eres, o por el cargo que representas? ¡No hay más preguntas, Señoría!

La tentación, no siempre vive en el piso de arriba. En muchísimas ocasiones, se sientan en tu despacho, vestidos de traje y chaqueta y con una sonrisa comercial de lo más agradable. En otras ocasiones, se hacen pasar por ese asesor que nunca has solicitado o por un amigo que no esperabas tener después de un primer contacto.

En mis últimos años de vida laboral, trabajé para la Industria Farmacéutica y en ese entorno, las cosas en cuestión de “detalles” se pusieron duras de narices. No solamente en las cosas que podíamos entregar a nuestros contactos como refuerzo de marca, sino, incluso, las cosas que nosotros los delegados, podíamos aceptar de ellos o de las Instituciones públicas que representaban. Si llevabas a cabo una gran reunión formativa aportando ponentes de primer orden, era factible que se reconociera la labor de quienes la organizaban. En ese caso si el valor del “regalo” superaba una cuantía verdaderamente ridícula, debías informar a tus superiores y/o devolverlo o depositarlo en las oficinas centrales de tu empresa. Tal era el valor que se permitía para estos casos, que fue como si, llegado el momento, las multinacionales hubieran hecho un pacto con los bazares orientales a la hora de proveerte de “gimmicks”.

No sería correcto que cuando alguien te valora tu trabajo se mostrara mala cara ante un reconocimiento a modo de regalo. Pero en muchos casos, esos pequeños reconocimientos se pueden convertir en pesadillas o en auténticos trucos de manipulación que para sí los quisieran los grandes escritores de novelas de intriga; así que estaría bien dar una pensada al tema.

Por todo esto, me sorprende que en nuestro País, se esté hablando mucho, por no decir demasiado, de las “joyas de la Corona”. ¿Herencia? ¿Regalo de un Jeque? ¿Compra en subasta? ¡Qué más da! Para mí, lo más importante, sería investigar el envoltorio en el que vinieron empaquetadas tanta alhaja. Si, realmente, se tratara de una herencia, estaría bien saber el origen de ellas; aunque solo fuera para que, en su momento, alguien justificara aquello de: “El chico casó bien”. Si se trata de una compra a modo de inversión y teniendo en cuenta que una colección como la que se ha expuesto, se suele conseguir en subastas públicas, pues también sería bueno reflexionar si no se estará pagando por encima de lo correctamente viable a quien ejercen cargo públicos de altísimo rango. Está claro que con un salario normal, por altito que sea, nadie se puede permitir participar en esos lugares de pujas. Pero si de lo que hablamos, es de un regalo de alguien de Oriente, descartando a los Tres Reyes Magos, tal vez sí que sería bueno, escarbar un poco más sobre la pintura del envoltorio. ¿Qué se tiene que hacer para recibir un regalo que, según una primera valoración técnicamente válida, supera el millón de euros? ¿Qué espera la parte dadivosa que lleve a cabo quién acepta el detalle? Tal vez, quien lo regaló, se contente con unas simples gracias. Y, tan amigos. Pudiera ser, pero mejor… escárbese.

Y, aquí viene la pregunta, que siempre uso como comodín para tratar de clarificar mis dudas: Si las jo-joyas, se entregaron a título personal ¿Desde cuándo se conocían ambas partes? ¿Qué novela hay detrás de esos regalos? Es posible, ¿por qué no? que el adquirente hubiera salvado la vida del enajenante cuando en una comida de Estado, este último se atragantó con una bola de carne de cordero. El contratante de la primera parte, ha dicho al Juez que muy pronto aclararía lo que se argumenta para que se entienda perfectamente el origen de tamaña colección de piezas de materiales preciosos. Pero, si estamos ante un simple detalle por haber cursado una primera visita a algún país petrolero, entonces estaríamos hablando de otra cosa. Pues quien, supuestamente recibió el reconocimiento, lo hizo en base al cargo que representaba y en ese caso, lo que sea que le reglaran -excluyo una caja de bombones- que tenga los valores económicos que se comentan, nunca podría ser custodiado en dependencias ni en caja fuertes privadas de quien las aceptó. Muy al contrario, esas prebendas, siempre serían del pueblo a quien él representaba en la supuesta visita, siendo Patrimonio quién debería reclamarle e incluso personarse como acusación particular ante un proceso Judicial.

En cualquier caso, y a raíz de lo sucedido con las jo-joyas de quien ocupó la máxima responsabilidad gubernamental de nuestros país, han ido surgiendo todo tipo de comentarios de lo más variopintos. Pero si se presta atención, se podrá comprobar que en ninguno de ellos, o en muy pocos, se cuestiona la idoneidad de aceptar esos detalles. Y, yo me pregunto: ¿Cuál puede ser la razón para que alguien dé por bueno que las autoridades puedan aceptar regalitos de otros dignatarios públicos internacionales o incluso de representantes de grandes multinacionales? Para entender mejor la posible respuesta, habría que leer primero dos leyes que regulan esas entregas. Por una parte la Ley 19/2013 de Transparencia a la Información Pública y Buen Gobierno, que nos dice que los obsequios no deben superar un valor testimonial y, si lo superaran, deberían pasar a Patrimonio del Estado. Es decir, se podría recibir, simbólicamente, las llaves de un castillo, en señal de bienvenida, pero no sería correcto, aceptar como regalo el edificio almenado. Y, por otro lado, tendríamos la otra Ley 3/2015 Reguladora del Ejercicio del Alto Cargo de la Administración General del Estado, donde se nos aclara que se ha de rechazar cualquier favor o servicio que pueda condicionar el ejercicio de las funciones para las que fue elegido. La no contemplación de los fundamentos de estas dos leyes obligaría a mirar hacia arriba, donde se observaría el revoloteo de un posible delito de cohecho.

¿Se están valorando lo que se regula en estas leyes, o en otras que pudieran ser de aplicación, cuando se trata el tema “regalos”, por parte de políticos y/o tertulianos con conocimientos jurídicos? ¡Nati de plati! Conviene más hablar del tema como si fuera la primera vez que se trae a la palestra; no vaya a ser que, a algún juez, le dé por mirar en las gavetas y cajas fuertes de mucha gente que ahora pudieran estar poniendo cara de asombro y moviendo la cabeza de una lado para el otro en señal de reprobación. El único que valora y hasta resalta el lujo del regalo que se le hizo por parte de algún jeque, es el Emperador “I Estados Unidos y V de la OTAN”; pero eso ya es otro cantar.

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