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Haciendo lío

Por Daniel Molini Dezotti
lunes 08 de junio de 2026, 12:04h

Estos días hay mucha gente haciendo lío en las Islas Canarias, sobre todo en Las Palmas y Tenerife, por culpa de una visita que todo el mundo califica de histórica, pero que, para mi gusto, debería ser adjetivada como milagrosa.

Por supuesto, el grado dependerá desde donde nos situemos para analizarla. Si nos colocamos en el plano puramente terrenal encajaría perfectamente lo de visita histórica, por ser un acontecimiento inusual, impresionante, multitudinario, de los que serán testigos fieles, peregrinos, visitantes llegados de todas partes, cercanas y lejanas, todos caminando a ras de suelo.

Un poco más arriba, en otro nivel, en puestos principales por mor de estirpes, cargos, enjundias y prebendas, también asistirán los que nunca faltan cuando consideran que lo que se está escribiendo es una página histórica, reconociéndose logros mutuos, glorias y satisfacciones, gracias a los beneficios de lo conseguido, mayores que los perjuicios del tremendo impacto en el día a día de las islas.

Estarán quienes celebran acuerdos, esfuerzos diplomáticos y diálogos entre políticos, y del otro, la realidad de un "lío" que se traduce para los ciudadanos en trastornos inevitables: cortes de tráfico masivos, desvíos, calles colapsadas, restricciones de seguridad y el cierre de oficinas, colegios y establecimientos comerciales.

A pesar de los quebrantos económicos, las actividades habituales interrumpidas, cuando todo concluya, habrá festejos y felicitaciones para los organizadores, las fuerzas del seguridad, el ejército y ministros, un verdadero lío, integral e histórico, y también caro.

Ahora cambiemos la perspectiva, en busca de algo que va más allá, a la concreción de un encuentro que parecía imposible, interviniendo gente y fuerzas movidas por la fe, sin afán de figurar, propiciando la aparición de otro lío, enorme, pero distinto al anterior, el mismo lío mayúsculo que fomentaba el Papa Francisco en la Jornada Mundial de la Juventud en Río de Janeiro en 2013.

“... Quiero lío en las diócesis, quiero que se salga afuera, quiero que la Iglesia salga a la calle. Las parroquias, los colegios, las instituciones son para salir... Y eso significa convertirse en protagonistas, escapando al egoísmo y las comodidades, haciéndose notar a través de las buenas acciones al servicio de los semejantes y cuestionando las injusticias del mundo.”

El Papa Francisco denunciaba la “globalización de la indiferencia.” León XIV, el Papa que nos visita, más de una década después, durante el V Encuentro Mundial de Movimientos Populares en el Vaticano, mencionó otra globalización, la de la impotencia, enorme trampa con la que el sistema hace creer que las estructuras de exclusión o la destrucción del medio ambiente son inevitables. Y frente a eso, reivindicó las tres "T", las mismas que había enumerado Francisco: tierra, techo, y trabajo.

Precisamente eso, y más cosas que mi pobre modo de interpretar impide ver, es lo que están haciendo quienes reivindican el otro lío, el espiritual, implicándose, exhortando, difundiendo y empujando con energía, pocas o muchas, de las que están dotados.

Casi nadie sabe quienes son, pero están allí, voluntarios, caminando juntos, con fe, esperanza y alegría, colaborando en la organización de la visita del Santo Padre en las parroquias.

Concretamente en una, en la Iglesia del Sagrado Corazón, fui testigo de una reunión donde gente entregada instruía cómo, dónde y cuándo se encontrarían para participar de la misa, disciplinados con las normas y los horarios, atentos a las consignas, imaginando pancartas: “ Tenerife con el Papa, fe y acogida; rezamos por la paz; somos esperanza”

En los folletos podían leerse las rutas asignadas, los horarios de salida, los teléfonos de los coordinadores, el modo de situarse con los códigos QR, pautas de organización. “Una sola comunidad, un mismo corazón, un mismo camino”.

En síntesis un acontecimiento “histórico” que tenía un antecedente, cuando en noviembre de 2020 llegaron a Arguineguín, Gran Canaria, miles de migrantes en cayucos.

El puerto se usó como campamento improvisado y la parroquia de San Buenaventura abrió sus puertas a necesitados que eran atendidos por sacerdotes y fieles, cuidando, abrigando, acompañando, traduciendo.

Entre los 2.000 que dormían en el muelle estaba un pobre de origen senegalés, Falou, que escribió una carta al Papa Francisco relatando el frío, el hambre y el miedo de un viaje donde muchos murieron en el mar. “...Le escribo para pedirle que no se olvide de nosotros... Le invito a que venga a visitarnos a Canarias para que pueda ver nuestro sufrimiento, pero también la generosidad de la gente”.

Que años después otro Papa nos visite, y cumpla el deseo de un migrante que sobrevivió a un viaje de muerte, es, sin duda, el verdadero milagro.

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