Me parecía estar siendo sometido a una fuerza enorme, implacable, que había capturado mi voluntad para dirigirla, -una vez debilitada- a reinos de amargura.
Lo interpretaba de ese modo, sin saber si estaba totalmente despierto o si lo que fuese estaba siendo dictado por un sopor de madrugada, repleto de enredos pesimistas.
Con algún esfuerzo podía verme acostado, repitiendo como si estuviese aturdido: "creo que estamos siendo sometidos a fuerzas poderosas, implacables que nos dirigen a reinos de amargura."
Intentando encontrar algún sentido a aquel delirio, recordé, quizás recuperando parte de la conciencia, que antes de acostarme había recibido tres mensajes, redactados en tonos perentorios.
"Usa el código 1434 para autorizar la orden de transferencia por importe de 50.000 EUR; si no reconoce dicha operación, llame al xxx598674"
Así ordenaba el primero; cuando llegó el segundo y el tercero, pensé que algún demonio me había transformado en potentado.
Debía utilizar el código 3575 para aceptar otra de 24.000 EUR, y el 3175, de otro banco, de 12.000 EUR, en caso contrario debía llamar al xxx598674 o al xxx930031.
No me siento orgulloso ni de mis sueños ni de mis vigilias; al menos los primeros me permiten un descanso relativo de algunas horas.
Cuando ese lapso concluye es otra cosa, porque a partir de ese momento, mis meninges se transforman en sucursales de Netflix y pugnan con ideas necias, historias absurdas, que se instalan, crecen, se renuevan, circulan en bucles, generalmente en blanco y negro o en puros grises.
De ese modo actualizo tiempos remotos, imagino el futuro y todo lo que podría suceder cuando adopte una posición erguida.
En eso estaba cuando las transferencias se me cruzaron con otro SMS, en el que un obtuso director de un supuesto banco advertía de un cambio en el número de teléfono y que debía actualizarlo.
Todavía, con las telarañas de las sombras, se me ocurrió que ese número tenía el prefijo del averno.
No tardó nada la neurona que rige mis venganzas en organizar una excursión al infierno para ver si encontraba al jefe de esos tipos que se aprovechan de gente vulnerable.
Sería un viaje dedicado a los ocupados en esos menesteres en la tierra: ya vería si para hacer una actualización, puesta a punto, o un máster del engaño.
De ese modo, en medio de despertares, me convertí en gestor y, como si una parte de mi yo -el más dormido- se convirtiera en chatarra alimentada con inteligencia artificial, le pedí, creo que en voz alta: "Máquina, necesito un buen eslogan para promocionar una excursión al averno. Se trata de un viaje de ida y vuelta, una jornada completa para conocer el género que lo ocupa y efectuar -de ser posible- tratos con ellos.
La oferta debía mencionar que se trataba de una oportunidad única para conocer mafiosos importantes, conseguir contactos, vínculos para obtener, al regreso del periplo, ventajas variadas.
No tenía dudas, debía ser caro y al final ofrecer una especie de brunch con bebidas frías, para reacondicionar la temperatura corporal.
El éxito coronó una convocatoria que resultó excepcional; en el punto de encuentro se formó un colapso donde competían las lacras de los fraudes, justo debajo de la inscripción de Dante: “Lasciate de...”
Me sorprendió que estuviese tachada con carbón; no imaginaba grafiteros en ese lugar, pero sí se leían un montón de consignas promocionando a los indecisos, a quienes se negaban a firmar el pacto de confidencialidad, o que las transacciones fuesen seguras.
"Explora el averno, descubre sus ventajas, conoce el poder oculto, revela contactos, conexiones, oportunidades, beneficios. Haz tratos, regresa con poder y ventajas; utiliza los medios para cualquier fin. El poder os hará libres. Descubre el valor de las mentiras."
La propuesta incluía conversaciones con expertos, el citado refrigerio y una audiencia con el mismísimo responsable: Satán.
Los inscritos acudieron a los distintos círculos, donde esperaban los dictantes en control telefónico y fraudes sin escrúpulos.
En contra de lo previsto, todo lo que auguraba éxito, en un santiamén, mutó en fracaso, sumiendo a los cursillistas en una indignación de alta temperatura, quejándose por el tiempo invertido, por las promesas vanas y el aprendizaje nulo.
Reclamando por el convite, generaron una disputa diabólica, a la que acudieron en llamaradas continuas muchos de los residentes, entreverándose terrenales con estadistas pervertidos, inútiles que propiciaron purgas, rufianes de las redes, dictadores, zares, inquisidores, inquisidores, todos mirando de reojo a los supuestos doctorados en estafas.
¡Todo lo que enseñaban en el infierno era para principiantes!
Comparado con sus colegas de la la tierra, los “expertos" del cielo parecían angelitos. Solo le faltaban las alas.