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La salvación por el saneamiento de la opinión

Por Julio Fajardo Sánchez
sábado 30 de mayo de 2026, 14:31h

No sé qué es peor, si la teoría de la conspiración para justificar todo lo que está ocurriendo o la broma de no convocar elecciones por interés partidista, corroborado al día siguiente por una encuesta de Tezanos. Ambas cosas atemorizan al personal progresista que no se atreve a asomar la cabeza por si acaso se la cortan. La situación es de alarma permanente y los voceros incondicionales están cambiando su orientación como veletas que se ponen a merced de un viento que ya empieza a soplar en otra dirección.

Las cosas están cambiando y muchos periodistas sienten la angustia de quedarse solos en la defensa de un imposible. Solo en la corte de RTVE se observa una resistencia numantina, cada vez más aislada, que no consigue el eco suficiente para influir en el estado de opinión que hoy invade al país. Son como un residuo, los últimos de Filipinas, iguales a aquel japonés escondido en una selva de Guadalcanal años después de haber finalizado la guerra, como la última rata que aún permanece en la nave que se va a pique.

Ya Maestre y Monrosi, habituales tertulianos de La Sexta, critican abiertamente al Gobierno, inaugurando una desconexión de la otra izquierda con la izquierda oficial. Solo queda la guardia pretoriana que sale junto a Xavi Fortes, en 24 horas, expresándose cada vez con menor contundencia por lo que les pueda venírseles encima. Se reduce el número de valedores a ultranza capaces de defender el argumentario que les fabrican. Cada día se sienten más solos y perciben que están cavando su tumba profesional por haber perdido la senda de la imparcialidad.

Esto es lo que observo de un tiempo a esta parte, y no soy yo solo sino también los asiduos comentaristas de los medios considerados influyentes y guías del progresismo desde los inicios de eso, ahora tan denostado, que llamamos Transición. Ya no queda casi nadie que siga al ministro Puente en lo de la conspiración. Tampoco para reírle la gracia al presidente en su declaración romana después de ver al papa y venirlo a visitar el Espíritu Santo. Esto se acaba, afortunadamente, y España se recupera para volver a ejercer ese sentido crítico que lució en sus mejores tiempos, cuando la verdad nos la contaba Mariano José o don Benito.

Poco a poco van desapareciendo los palmeros dispuestos a agradar los oídos de las charos y surge una clase informadora que no sufre de un complejo que la obligue a esconderse. Este es el cambio que comienza a barruntarse. No tiene nada que ver con partidos ni con ideologías. Solo se trata de la defensa de unos valores de integridad democrática que entre todos estábamos poniendo en peligro. Eso nos salvará. Mientras las otras instituciones sufren una galopante crisis de credibilidad, el cuarto poder renace de sus cenizas para intentar salvarnos de la catástrofe. La catástrofe no es que gobierne la derecha, la catástrofe es enmudecer al heraldo, amordazar a la crítica y fomentar la tendencia al pensamiento unidireccional. Hacia esa escollera iba a estrellarse la barca. Ojalá todavía estemos a tiempo de que no ocurra.

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