El argumento del lawfare desaparece del argumentario socialista en el caso Zapatero, sin embargo hay una queja general por una operación de acoso que no ha parado desde los famosos cinco días de reflexión. Ahora nadie discute sobre la solvencia del auto del juez Calama pero sí hablan de que su contenido no se compadece con el Zapatero que todos conocían. Con estos testimonios es difícil convencer a un tribunal. Él no era así, dicen todos, este no es mi José Luis que me lo han cambiado.
Alguien se atreve a plantear la teoría de las almas dobles que establece Robert L. Stevenson en su “Doctor Jeckyll y míster Hyde”. Todo puede ser. Habrá que preguntarle a un psiquiatra. A pesar de cerrar filas y mantener la esperanza en que todo se aclare, en el PSOE reina el pesimismo, soportado, dentro de lo que cabe, por la capacidad de resistencia. En algunos medios se habla del riesgo de una caída a la griega o a la francesa, pero los dirigentes reaccionan diciendo que España es otra cosa, y recurren al acervo histórico para demostrar dónde están las raíces del socialismo. Estas se remontan a la época de Largo Caballero, y precisamente Zapatero es el protagonista más importante para que la Transición, el gran capital político de Felipe González, fuera enterrada por la Ley de Memoria Histórica, que puso en pie de nuevo a la Guerra Civil. Este es el legado de Zapatero, el que lo convierte en el inspirador de la nueva etapa política que lidera Pedro Sánchez, dividiendo al partido en un cuerpo con dos almas, como siempre.
Algunos dicen ahora que no lo conocen, pero su significación al instituir a la tensión provocada como arma para la ventaja política habla bien a las claras de su talante, entre la sonrisa beatífica y la mueca maquiavélica. A mí no me sorprende este Zapatero doble, porque estoy convencido de que, si se dan las circunstancias, esa dicotomía reside en todas las personas. En “El vizconde demediado”, de Ítalo Calvino, el personaje partido a la mitad por una bomba, conserva la parte mala de su personalidad que habita en el lado de su cuerpo que no ha sido destruido. Viaja sobre un caballo, sujeto por un arnés que le han fabricado para que no se caiga. Es la imagen de lo que está a punto de virar en cuanto el viento sople de manera diferente.
Este no es mi José Luis, dice Susana. También se lo asegura Javier Solana a Juanito Cruz, y a mí me produce desolación asistir a ese conclave de vecinos que hablan de lo bueno que era el que, de la noche a la mañana, se transformó en sospechoso por culpa de un maldito auto. Entiendo que se eche mano del buen corazón para añadir unas gotas de dulzura cariñosa a una simple y escueta presunción de inocencia. Ésta última es legal, moralmente intachable y compartida por todos, pero de esto a afirmar que de lo que se le acusa, vertido en un auto que todos consideran impecable, no se corresponde con el carácter que tiene acreditado entre los que lo conocen, va un gran trecho.
Yo no lo he tratado nunca. Solo sé lo que cuentan de él los periódicos, de un lado y de otro, por eso no creo que pegue eso de decirle al juez y a la opinión: él no es así, no hagan caso de habladurías, se los digo yo que lo conozco de toda la vida.