www.canariasdiario.com

Me llamo Julio

Por Julio Fajardo Sánchez
sábado 16 de mayo de 2026, 22:18h

Me llamó Julio y hablamos un rato. Nada de particular. Las meteduras de pata de María Jesús Montero y las llamadas desesperadas de Pedro Sánchez a ese voto viajero que se pierde cuando falla la fidelización. Se nota algo de desmoralización, sobre todo cuando la preocupación de buena parte del electorado está en que Vox no crezca, dando por sentado que los socialistas se van a dar un batacazo. Uno de los principales errores es repetir aquello de que la gente no sabe votar, o se ha vuelto idiota de repente. A este asunto no merece la pena dedicarle más tiempo. Julio sabe algo de comunicación política pues hace unos años llevó ese asunto en la campaña de los Comunes, en Barcelona. Quiero decir con esto que no pertenece a ese reducto fascista en el que me suelen meter a mí cuando hago una crítica a lo que, para muchos, tiene que resultarme intocable. Por eso me dicen algunos lectores que les gusta cómo escribo aunque no suelen estar de acuerdo con las cosas que digo. En fin, nunca llueve a gusto de todos.

Procuro ser libre y no someterme a consignas de ningún tipo y no le regalo los oídos a nadie, porque creo que así perdería credibilidad. Luego le comento el video que he visto de los discursos de Xi y Donald en el banquete de Pekín. Le hablo de la trampa de Tucídides y me contesta que ni Trump ni sus asesores se deben haber enterado de lo que quería decir y han recurrido rápidamente al ChatGPT. Termino opinando que me parecen dos señoras mayores que cambian las cortinas de la casa porque esperan la llegada de una visita importante a la que tienen que devolverle el cumplido. Los discursos en los banquetes forman parte del aspecto protocolario, lo importante es lo que hablan los asesores, que son los que han preparado la reunión con unos meses de antelación.

La política es esto: propaganda y apariencia, y las reuniones son un éxito si nadie protesta por el menú y por el vino. Los chinos tienen fama de tener una buena cocina, a pesar de la invasión mundial de arroz tres delicias y wantán frito. No todo es pato laqueado a la naranja. Ya inventarán algo en la Casa Blanca que no sea pollo Kentucki o unas hamburguesas de MacDonald con helado McFlurry. Dos mundos antagónicos se unen para tratar de uniformarnos en lo que pueden. La comida nos separa, la lengua, la cultura y la antigüedad, pero nos une la tecnología. Los periodistas hablan de las tierras raras y no se las saben. Yo me las aprendí cuando memoricé la tabla de Mendeleyev y no se me han olvidado. Uno de los elementos se llama Mendelevio, en homenaje a su autor. Siempre me pregunté si el nombre del Samario se debe a que es bueno, como la samaritana. Yo cantaba una canción ecuatoriana donde decía: “a la samaritana te pareciste, te pedí un vaso de agua, no me lo diste”.

Ya me he ido de los lantánidos y los actínidos al folclore, y es que todo está relacionado. Lo malo es cuando te quedas solo con la parte folclórica de las cosas, y algo de esto nos está pasando. He visto al chino de cerca, alternando un primer plano con Donald Trump, y me he fijado en las sonrisas de ambos. El americano la tiene brillante y luminosa, y eso no significa que me vaya a fiar más de él. El otro se ríe igual que todos los chinos, que no sabes si están a punto de llorar o de echar una carcajada. Visto de cerca te das cuenta de que es su expresión habitual por tener los ojos pequeños. El mundo no se puede dejar llevar por estos gestos estereotipados. Aquí, en casa, la sonrisa beatífica de Moreno Bonilla nada tiene que ver con la expresión dura de Sánchez apretando con rabia las mandíbulas.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (0)    No(0)

+
0 comentarios