Ya se están acercando esos meses en los que luciremos nuestros estilizados cuerpos en ajustados bañadores, mostrando las tabletas que resaltan en nuestras respectivas zona abdominal. Bueno, todos no podremos llegar ni a un nivel más o menos aceptable de esa visión. Es más, algunos estaremos tan lejos de ese nivel, que perfectamente tendremos que referirnos a barrigas, buche, barrigón, saco de almacén, despensa para futuros inciertos, mochila y/o tantísimas otras formas que lo único que ocultan es una dejadez que puede llegar a ser peligrosa. Esto último, no lo digo a la ligera, pues esa aseveración, la he copiado de lo que me dice mi doctora de familia y cada uno de los especialistas que en alguna ocasión visito. Y, digo yo: ¿qué tendrá que ver mi oronda figura con la vista borrosa? Siempre he pensado que tal vez ese defecto visual sea algo subjetivo y solo dependa de quien mira. Desde luego si me observan desde una talla treinta y ocho, sin lugar a dudas estaré frente a alguien con una vista de lince; pero sin embargo, si quien me analiza calza pantalones con más equis que las que yo demando, estaremos con alguien con más ganas de molestar que otra cosa. Sea como sea, las personas que, como yo, tenemos que recurrir a “encerados” para camiones a la hora de comprarnos ropa, estaremos más cercanos a un plan de nutrición hipocalórico que a unas buenas garbanzas, por mucho que lo segundo sea lo que más nos “llame”. Mi mujer, empezó con una frase muy parecida a la del título y, después de mucho tiempo intentando ya solo le falta recurrir al “no digas que vives conmigo”. Y cuando llega ese momento, parece lógico hacerle algo de caso. Sobre todo cuando comienzas a vivir en una casa con escaleras y llegar al segundo piso, lo comparas con el esfuerzo que se ha de hacer para alcanzar la cima de un K-8 -en Tenerife tenemos el Teide, pero al ponerle servicio de funicular, ya no cuenta como ejemplo-. Si como he dicho, a lo expuesto se le añade la recomendación terapéutica, habrá que plantearse seriamente el “ponerte a régimen, cariño”.
Llegado a este punto, tengo que recordar que en mi vida he estado bajo el yugo de las dietas en varias ocasiones y de cada una de ellas, tengo mi experiencia que paso a relatar por si a alguien le pudiera servir mis casos como ejemplo a seguir o a no contemplar.
La primera vez fue tras haber sufrido un momento de arritmias curioso y comenzar a tomar fármacos para controlar ese desajuste. Mi buen amigo, el doctor Antonio Bermúdez (El “facul”, como lo llamaba mi otro buen amigo Nando Senante q.e.d), que por aquellos años tenía su consulta médica en el mismo complejo de bungalós en el que yo ejercía mi profesión, me marcó un plan más estricto que llevadero, pero que tampoco era como para ir maldiciendo por las esquinas. Se podía llevar a cabo y comencé con ello. A los pocos meses y después de estar cumpliendo a rajatabla con el plan del doctor, comencé a bajar kilos; lo que me dio un subidón de alegría. Tanto fue el júbilo, que un buen día le pedí al cocinero del complejo que me prepara un “premio gastronómico”. Algo sencillo, pero suculento: Un bandeja con dos hamburguesas sobre las que descansarían dos huevos fritos y todo lo sobrante de dicho recipiente, que fuera rellenado con papas fritas. Justo cuando iba a dar cuenta de aquel trofeo, alguien tocó en la ventaba del restaurante que daba al pasillo y allí estaba el doctor. Su cara de buena gente, pero con flases de: ¡te tranqué! Fue como si me hubiera cogido copiando en un examen de oposiciones a magistratura. Perdí la oportunidad que se me había dado y por mucho que él insistió que esa flaqueza se podía dar, no fui capaz de continuar con su plan y volví a mi etapa de engorde.
Trabajando en el Hospital, un compañero del Centro, me recomendó un producto que él representaba en sus horas libres. Su producto, era una compuesto de batidos de varios sabores que acompañaban a unas pastillas de aspecto organoléptico repugnante, pero parece ser que efectivas. Los batidos servían para cambiarlos por la ingesta normal de alimentos en un momento concreto y las pastillas para producir una sensación de saciedad. Supuestamente cada batido de aquellos, que habían sido creados como comida de astronautas, tenía todos los nutrientes necesarios para que cualquier ser humano pudiera subsistir incluso en una zona tan hostil como pudiera ser un cohete espacial. Yo acepté todas las explicaciones y me puse al tajo. No lo recuerdo muy bien, pero el plan consistía en sustituir una de las comidas por el batido y las pastillas tomármelas media hora antes del batido. Pasado unos meses, me preguntó que tal me iba y yo le contesté que había engordado unos dos kilos desde entonces. No se lo podía creer. Estaba ante el primer cliente que engordaba con un plan perfectamente estudiado para adelgazar y hacerlo con una efectividad contrastada. ¡Bastaba verlo a él! Tengo que reconocer que lo único que consiguió adelgazar en mi caso, fue la cartera, porque los batidos -las pastillas iban como un complemento-, para mi desgracia y su mal resultado, eran tan caros como ricos. Sobre todo el de chocolate. Y claro, en mi caso, yo normalmente tomaba dos y en algunas ocasiones, hasta tres. Si yo hubiera ido a la luna, al regresar no podría salir de la cápsula. ¡Se suspendió el proyecto!
Pasado un tiempo y viéndome engordar cada día, decidí ponerme a dieta, pero asesorado por un endocrinólogo. El doctor, q.e.d., me dio unas pautas sencillas pero asumibles, en cuanto a quitar carbohidratos, refrescos, zumos y bollería. Eso parece lo normal, pero lo que en realidad surtía efectos drásticos era la visita que debía cursar cada mes a su consulta. La primera vez que fui, noté un ambiente de tensión dramática en la salita de espera. Y, no sabía el motivo, pues allí se estaba por propia voluntad. Lo descubrí cuando la enfermera me hizo pasar y me pesó. – Menos mal, ha conseguido adelgazar doscientos gramos. -¿Solo doscientos? Me contó la historia de la bronca que el doctor echaba si no se conseguía rebajar, por poco que fuera. Tengo que decir que conseguí quitarme algunos kilos con el sistema de aquel “Chaqueta metálica”, pero lo dejé, porque fui notando como mi tensión se disparaba cada vez que me subía a la báscula que antecedía a cada consulta. ¡Qué estrés!
Después lo intenté por mi cuenta, siguiendo las recomendaciones del especialista que había dejado atrás. Y el resultado fue espectacular pues conseguí bajar unos dieciocho kilitos en un periodo de unos seis meses o algo así. Todo parecía ir sobre ruedas en cuanto a lo de bajar, pero se sufría mucho. Sufría cuando tenía que ver pasar ante mis ojos aquellas salsas, llamando al pan como el bebé a su nodriza. Ver como la tortilla de papas, se convertía en una triste tortilla a la francesa. Sin duda alguna, poco a poco, fui premiándome por el esfuerzo realizado con algún que otro dulce o postre y… ¡Adiós, dieta!
Hoy en día, ando revisando mis planes pasados para ver cómo puedo conseguir rebajar mi perímetro abdominal sin sufrir mucho y he llegado a la conclusión que sin esfuerzo no hay victoria; así que haré caso a esa voz interior que me repite, constantemente: ¡ponte a dieta gordo! Por mucho que lo que se oiga sea: “ponte a dieta, cariño”.