Elías Canetti, en “Masa y poder”, habla de ese deseo irrenunciable y genético que tienen los alemanes por lo militar. Una especie de obsesión por marchar al ritmo de un tambor y de andar uniformados, como los ingleses desfilando detrás de sus bandas de música. Lo hace para justificar las dos grandes guerras que nos asolaron durante la primera mitad del siglo XX. En “La montaña mágica”, de Thomas Mann, creo encontrar una nostalgia por ese prusianismo tradicional escondida entre los enfermos de un sanatorio de los Alpes, donde la debilidad de los contagiados por la tuberculosis aumenta el deseo de retornar a las viejas glorias.
La Alemania derrotada en 1945 no puede volver a tener la posibilidad de ser armada y es ocupada durante largo tiempo por los vencedores, conocedores de los riesgos de armar de nuevo el conflicto, emulando a los viejos soldados a las órdenes del Kaise o a los fanáticos fascistas arengados por un cabo histriónico que retorcía sus manos en los discursos, como queriendo sacar la esencia de lo nacional de un pozo profundo. Esta situación de ocupación tuvo su reflejo en una comedia del dramaturgo inglés Peter Ustinov titulada “El amor de los cuatro coroneles”, y en tantas otras obras describiendo la situación del Berlín dividido. Ahora el riesgo ha cambiado de bando, aunque siga estando en el mismo lugar vocacional de toda la vida. Donald Trump retira a 5.000 soldados de Alemania y la reacción del presidente de ese país es reforzar su ejército, que se convertiría de nuevo en la fuerza primera de Europa, posición que ostenta Francia preponderantemente.
Hablo de literatura y de escritores, porque siempre nos olvidamos de ellos a la hora de repetir las cosas. Los escritores me lo cuentan mejor. Quizá sea una desviación, pero siento que es así, en esa visión galdosiana que tengo de la historia. Canetti sugiere que cada alemán lleva un soldado dentro, pese a que todos creamos que es un bebedor de cerveza. Los bebedores de cerveza lo hacen al ritmo de una banda de música bávara y todos levantan las jarras al mismo compás. A mí me recuerdan a un numeroso grupo de vascos bailando “Paquito el Chocolatero” en un estadio. También aquí hay un espíritu dormido que esconde un carácter ancestral: “Cálzame las alpargatas, tráeme la boina, dame el fusil, que voy a matar más guiris que flores tienen mayo y abril”. Esta poética de emparentar a la muerte con la primavera, está también en las canciones. Por ejemplo en ese “Ein hund kam in die küche”, que cantan los niños germanos, donde el cocinero mata al perro con un cucharón por meterse en la cocina.
En nuestro país se emparenta con la guerra santa de los antiguos gudaris que volverán a sacar las armas de los zulos cuando sea necesario. Es una cuestión genética, como dice Canetti. Ahora el mundo está revuelto y todo lo volveremos a ver. La Alemania de Weimar, en torno a la biblioteca de Goethe y de la Bauhaus, de Gropius y de Gustav Mhaler, no fue capaz de asfixiar ese afán militarista, aletargado y durmiente en un periodo de entreguerras, y retornó con un fascismo evocador de las antiguas legiones. Corremos el riesgo de volver a lo mismo. Leyendo a Scuratti vemos la lucha entre el fascismo y el socialismo, ambos fanatizados en la época de Mussollini. Los libros están para algo y nos enseñan a ver la realidad.