“El PP dice que estamos aislados pero no es así”. Esto ha asegurado Pedro Sánchez al finalizar la reunión progresista de Barcelona. El objetivo de la cumbre era afianzar los postulados de la izquierda frente al crecimiento de la extrema derecha, con el escenario de la guerra de fondo y los genocidios consiguientes. He echado de menos algunas conclusiones sobre cuáles son las causas de esta situación y que han hecho mal los progresistas para que se implante el autoritarismo de los ultras. De eso no se habla. Adesso non ridere, como decía Rigoletto. Entonces el baño que se ha dado nuestro presidente no tiene otra intención que demostrarle a la oposición que no está solo a pesar de que no lo inviten a los cónclaves más importantes.
Sería interesante analizar la razón por la que Magyar ha tumbado a Orban, en Hungría. Alguien apunta a que ha sido una reacción oportuna del progresismo, pero no es así. Las posiciones moderadas del centro derecha han provocado acabar con dieciséis años de autarquía en un país que, por otra parte, estaba harto de los abusos históricos de la sovietización. La izquierda no estaba ni se la esperaba en este proceso. La reunión de Barcelona no tiene otro sentido que agruparse en torno al líder de la Internacional Socialista para fortalecerlo en un proceso electoral que se le presenta complicado. No hay duda de que ha salido con ánimos reforzados para mostrarse ante los españoles con mejor cara, pero nada más. Un apoyo de los suyos no es suficiente para hablar del renacimiento fuerte de una ideología que hoy ha sido desplazada de los principales países europeos. Que Brasil, Méjico, Colombia, Uruguay, Barbados, Cabo Verde, Ghana y otras comunidades por el estilo, más algunos embajadores sumados a los videos de Hillary Clinton y el alcalde de Nueva York, se hayan agregado al acto no significa mucho en el ámbito de nuestros asociados más cercanos. Veremos cómo sale la propuesta lanzada a la UE de suspender la asociación con Israel. Esa es la verdadera medida de la influencia.
Pronto acabará la guerra, se abrirá el estrecho de Ormuz y todo esto terminará como una exhibición de fuegos artificiales. Ha quedado muy bien, pero insisto, dónde está la reflexión sobre lo que se ha hecho mal; la misma que no han llevado a cabo los demócratas norteamericanos para justificar que un personaje como Donald Trump les gane las elecciones. No he escuchado una crítica a los excesos del wokismo. Antonio Muñoz Molina, en la entrevista que le hace Juan Cruz, habla de Joseph Roth, un escritor que publicó toda su obra en los periódicos, que advertía de los peligros de la llegada del nazismo y no le hacían mucho caso.
Siempre hay un principio de acción reacción en la irrupción de todos los totalitarismos. Según cuenta Antonio Scurati uno no puede existir sin la presencia del otro. En este caso ambos tienen a la verdad metida en el bolsillo y no están dispuestos a reconocer sus errores. Hoy culpamos de todo a los excesos de las tecnologías y al control de las redes sociales mientras le plantamos cara con las amenazas del cambio climático. No es cierto del todo, como tampoco lo es que la foto de Sánchez en Barcelona, no nos engañemos, signifique el final de su aislamiento.