Me dispuse a componer, mejor dicho, a intentarlo, una redacción donde diese rienda suelta a mucha rabia contenida, al tiempo de pergeñar una maldición, describir una necesidad, criticar comportamientos de comercios alienantes, destacar otros más sostenibles y, finalmente, concluir el “enjuague” con una promesa, asumiendo el compromiso de respetarla hasta que ya no tenga necesidad de comprar nada.
La primera parte del empeño era una maldición, y, contagiado del espíritu poético de buenos corresponsales, me atreví con una prosa poco lograda y bastante condenatoria.
“Ojalá, desgraciado, que el viento te devuelva todo aquello que dejas detrás. Ojalá que cada paso que des tropieces con algo blando, que tu calzado nunca se libre de lo que ensucias y que tu conciencia permanezca ocupada con el hedor y el asco que vas abandonando.”
No parecía nada del otro mundo, pero tampoco se necesitaba un buen rapsoda para algo dedicado a los que van sembrando detritus orgánicos, propios o de sus mascotas, como si fuesen regalos de la naturaleza.
Detectada la necesidad, que parecía no haber sido vista por nadie, a pesar de ocupar el centro de la acera a modo de tributo de abandono y de modernidad, nos llegó el momento de corregir la anomalía.
“Saray, ayúdame, por favor, vamos a limpiar esa porquería.”
Con mucho más oficio que servidor, Saray argumentó que para adecentar esa cosa necesitaríamos agua caliente, lejía, detergente y, luego, barrer. “Si usted quiere, mientras voy preparando todo, vaya a comprar un cepillo, porque éste lo vamos a tener que tirar.”
Mordiendo con fuerza lo que no tenía que morder, siempre me olvido de que los enfados no son masticables; las muelas tropezaron con un pedazo de lengua. Pensando en la gravedad de la lesión, accedí al interior de un supermercado cercano, gigante, que odio porque cuando voy nunca encuentro nada.
No soy bueno buscando, pero en esa gran superficie no hay forma. No tienen empleados o, si los tienen, los esconden; no hay forma de preguntar, colas enormes para pagar y también en las que no necesitan cajeros.
Después de dar dos o tres vueltas por el lugar, de norte a sur, por los paralelos y meridianos, sin ver ningún maldito cepillo ni nadie que me ayudase, le pregunté a una persona vestida de negro, con un cartel rojo promocionando el nombre de una empresa de seguridad, con esposas, radio, auricular y un bastón corto de madera para amedrentar o disuadir. Tocado con un buen casco, y con metralleta, se podría haber confundido con un soldado de un regimiento de asalto.
“Usted perdona”, me disculpé, “no encuentro cepillos; igual..., por casualidad, ¿no sabe dónde los exponen?”
Con una risa llena de dientes y muchísima suficiencia, señalándose sus galones, me dijo que ella era especialista de seguridad, que preguntara a los de la tienda.
Tragando lo que parecía bilis —no mucho, pero la mordedura sangraba— argumenté que podría no encontrar cepillos, pero que si no hubiese sabido quién era, tendría que estar ingresado. Le expliqué que se lo había preguntado porque, al estar muchas horas en el lugar, igual, alguna vez, le hubiese llamado la atención algún cepillo, y que perdonase.
Pero lo del perdón era mentira; le eché un conjuro: “Menudo desinterés, guardián, recorriendo los pasillos, yendo y viniendo sin ver, vagando por mil comercios. Ojalá nunca encuentres lo que buscas y menos si son cepillos.”
Después me arrepentí, porque cuando encontré a un empleado con el uniforme del súper, me dijo que no tenían cepillos.
Pronto caí en la cuenta de que, a fuerza de argumentar, la lengua dejó de sangrar, tampoco me dolía, y reafirmé que a veces lo sabio es no hacer nada, permitir al organismo arreglar lo que las rabias descompone.Ya con otro semblante, me desplacé buscando una tienda de cercanía. Podría haber sido de un almacén, o una ferretería, que por suerte comienzan a verse de nuevo en los barrios, o un negocio regentado por chinos.
La primero que apareció fue precisamente el último, atendida por una señora hipnotizada por un teléfono móvil. Seguramente con más de dos ojos, porque controlaba los movimientos de su tienda, los de la calle y los del municipio, mientras comentaba asuntos en otro idioma con ¿familiares?
“Buenas tardes, señora”, saludé cuando me miró, “necesito un cepillo.” Señalando con la mano libre —la otra seguía con el teléfono—, me dirigió hacia allá, acotando: “Al final de ese pasillo.” Y precisamente allí, al final de ese pasillo, al lado de cuatro mil cosas de plástico, había cepillos de todos los colores y de todos los tamaños.
Previendo más contaminantes, compré dos: uno anaranjado con los pelos más largos y otro azul; también un palo, por si las roscas fueran distintas a la del palo que se había quedado huérfano de apéndice radioactivo.
Estaba exultante, alegre; se me había pasado la rabia, el enfado, el dolor en la lengua. Me costaba entender que algo tan simple se pudiese haber convertido en complejo, donde gente necesitada de alimentos o un simple cable sea obligada a vagar por caminos interminables, aturdida por mandatos que compelen a comprar, encandilada por luces que deberían estar prohibidas, cambios de lugares, manipulación de existencias.
Por eso, con tantas sensaciones mezcladas, llegué sonriente a la caja, donde la señora de origen chino seguía con el teléfono. No estaba seria, tampoco contenta, pero cuando le expresé en voz alta mi promesa, sonrió.
“Juro por mi carrito de la compra que, a partir de ahora, nunca más voy a ir a una gran superficie, por muchos cupones que regalen o puntos. Siempre voy a comprar en tiendas como esta.”
La señora, alegre, acotó: “¡Y además es más ‘balato’!