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De vuelta a casa

Por Julio Fajardo Sánchez
martes 07 de abril de 2026, 18:43h
Actualizado el: 07 de abril de 2026, 19:00h

Una mujer, un militar, un afroamericano y un canadiense estuvieron tres cuartos de hora incomunicados detrás de la luna para volver a salir a contemplar la tierra, someterse a su gravedad y emprender el camino de regreso. La luna también tiene su parte oscura gracias a sus movimientos lentos. No siempre disfruta de la luz, tiene otras cosas. Atahualpa Yupanki decía que no le cantaba solo porque alumbrara; también porque sabía de su largo caminar. He estado toda mi vida mirándola. Viendo cómo sale en la noche y se presenta pálida por el día. El almanaque zaragozano muestra sus caras y me indica cuándo he de podar la viña según la contemple en el cielo.

Cuatro astronautas vuelven a subyugarme con el misterio del espacio, como los reyes magos y uno más que dominan el universo de las estrellas. Venían de la tierra mágica de los zigurats, esa que ahora controla el estrecho por donde pasa el petróleo y que hace coincidir al ultimátum con el retorno de un viaje más allá de nuestras fronteras. Esta luna está sola, iluminándonos con el rayito del bolero de Los Panchos. Murakami, ese japonés al que todavía no le han dado el Nobel, escribió un libro emulando a Orwell, en su 1984, y puso dos lunas para corroborar la falsedad de todos los pronósticos. Se equivocó Orwell con su fecha, como lo hizo Arthur C. Clarke con su odisea del 2001, pero ahora ha llegado el momento de retomar el tiempo perdido y hacer borrón y cuenta nueva en un mundo que no alcanzamos a entender. Hace tiempo que vivimos en el absurdo, como esperando a un Godot que nunca llega. Dicen que hay un loco estadounidense que nos lleva por caminos inciertos. Uno de ellos es compaginar sus amenazas arancelarias y sus invasiones ilegítimas con la ilusión de abrir el telón que se esconde detrás de un satélite milenario, que se canta en todas las canciones y es el depositario de todas las confidencias.

Cuatro astronautas, como los cuatro jinetes del Apocalipsis regresan a la Tierra. La han visto desde lejos, envuelta en una atmósfera enrarecida, con largas franjas de nubes que nos alarman, pero que son las mismas que siempre han estado ahí, sin que la magia nos lo intente explicar de una manera diferente. No hay nada como cumplir años y durar para ver las cosas igual que han sucedido siempre. No hay nada como leer y obtener el conocimiento de que esto ha sido así. Incluso los agoreros, de los que no nos podemos librar, son los mismos, con las mismas profecías a cuestas para confundirnos. Creo en pocas cosas, cada vez en menos. Sobre todo en esos eones de cultura inmutables de los que hablaba Eugenio D’Ors. Todo lo demás es moda, es perecedero, aunque parezca que constituye la única razón para dejarnos matar. ¡Qué equivocados andamos! Me gustaría hablar con Murakami y preguntarle por qué se le ocurrió lo de las dos lunas. Estoy casi seguro de lo que me iba a responder. Un mundo con dos lunas sería un mundo dividido, muy parecido al que tenemos. Sería un mundo alternativo, con dos ojos, dos tetas, dos nalgas y dos de todo, olvidando que tenemos un solo cerebro y eso es lo importante. A veces lo perdemos en esa dicotomía que nos empeñamos en hacer con lo alternante. Ahora regresan los astronautas y nos corroboran que la luna es una y que la cara oculta no es otra cosa que su anverso, como esa espalda a la que cada vez nos cuesta más rascar, y sin embargo está ahí.

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