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Un barraquito de altura

Por José Luis Azzollini García
lunes 06 de abril de 2026, 10:32h

Cuando se trata de viajar, creo que es conveniente hacer un buen análisis entre las compañías que nos ofrecen sus servicios. Sobre todo, deberemos entretenernos en conocer el precio, pero contrastándolo con las prestaciones que se nos ofrece. Hay quien tiene la suerte, cuando deciden trasladarse, de tener a su alcancen diferentes medios de transportes. Otros, sin embargo, hemos de pasar por el filtro del avión o en segundo término, por el de las líneas marítimas. En el caso de quienes vivimos fuera de la España continental, esas son únicas las alternativas que tenemos para movernos un poco.

En los inicios de la Semana Santa que hemos dejado atrás, mi esposa y yo decidimos visitar a dos de nuestros hijos que circunstancialmente, coincidían en Madrid. Ver a los hijos siempre es una satisfacción; pero, si encima puedes achuchar a tu nieto, pues ya ni les cuento. ¡Un esfuerzo económico, bien balanceado!

Al partir desde las islas, y con tiempo suficiente, nos entretuvimos en ojear lo que las distintas compañías aéreas nos ofrecían, pero partiendo como premisa principal y elemento comparativo, de la que lleva el nombre de Canarias más allá de nuestros aeropuertos. Todas y cada una de ellas, tenían unas tarifas acorde a las fechas en las que debíamos usar sus servicios -tienen una competencia muy “coincidente”-. Las diferencias económicas, moviéndote en horarios de decencia, no eran excesivamente distintas entre ellas. Así que dando por válido un rango de tarifas en las que deberíamos movernos, solo bastaba decidir en base a otros conceptos, tales como comodidad, confort, servicio a bordo, puntualidad, limpieza del habitáculo, etcétera. Y, eso hicimos.

Cuando se ha viajado con las líneas aéreas habituales, siempre te quedarán en la memoria una serie de pequeños detalles que, una vez bien situados en el archivo correspondiente de tu cerebro, determinarán una elección futura. Cosas como el poder abrir la bandeja una vez sentado, influye y mucho a quienes tenemos un perímetro abdominal algo fuera de sus límites. El destrozarte las rodillas con el asiento de delante también pasa su factura en esas líneas en las que lo que parece primar es meter a más gente que lo que la sensatez recomienda. Y, eso hablando de compañías que no son las llamadas de bajo costo. Eso ya sería digno de un estudio mucho más exhaustivo.

Todo se valoró y: siendo canario, midiendo por encima de los ciento ochenta y cinco centímetros, con un abdomen modelo “mochila”, y una buena memoria de viajes anteriores, la decisión estaba tomada; incluso sabiendo que pagaría algo más que en los otros operadores -tampoco mucho más-. Así que la compañía Binter fue nuestra decisión. La duda que subyace, sería: Si era una alternativa que ocupaba un lugar preferente entre las ofertas, ¿Para qué valorar otras, teniendo esa apuesta como segura? Simplemente porque siempre se debe revisar las alternativas ya que nunca se sabe si quien dirige el cotarro, se llena de soberbia y decide darle un “taponazo” -lo opuesto a “Bintazo”- a sus tarifas. El factor precio tiene su peso en todo lo que suponga gasto. Al menos para mí.

Desde el primer momento en el que facturas, ya notas claras diferencias entre Binter y el resto de compañías. En sus mostradores hay gente suficiente como para no formarse grandes colas. Eso que parece una nimiedad, se torna en beneficio y te quita la sensación borreguil que se observa en otros puntos de checkin. Cuando tienes que acceder al embarque, también se observa un pequeño detalle que pasa prácticamente inadvertido, pero que marca otra de esas pequeñas diferencias que recordarás para la próxima vez. Ya nos hemos acostumbrado a lo de entrar de forma ordenada al túnel de acceso al avión. Pero que te coloquen las enumeraciones de los pasillos de tal manera que se entienda perfectamente en que cola has de colocarte, es de agradecer.

Ya dentro del aparato, en gran medida, te hablan con tu mismo acento. No es un elemento concluyente, pero ayuda mucho. Sobre todo, porque en Canarias tenemos escuelas de Turismo y otras agencias que preparan a personal de vuelo y, es de agradecer, que el alumnado que allí se forma, tenga su salida profesional. Y, además, ¡qué narices! porque te hace sentir en casa.

Tu maleta -incluida en el costo del billete- ya está en bodega y tú estás sentado en tu asiento previamente reservado. ¡Te puedes sentar! ¡Tus rodillas no reclaman tu atención y masaje! ¡Solo comparto fila con mi esposa! Es que han tenido hasta el detalle de eliminar las letras “B” y “E”. Seguramente, esa consideración venga de los protocolos de aviónica, pero es que voy tan cargado de energía positiva, que hasta lo veo como propio de la aerolínea canaria.

El avión rueda por la pista y emite un ruido como de mecedora de las que usaban tu abuelas, pero ese pequeño crujido a “guagua antigua”, se silencia en cuanto separa las ruedas de la pista. Pasados los primeros momentos de empuje, el silencio se apodera del espacio y ya solo se oye un ruido bastante lejano, aun teniendo tu asiento en una fila cercana a los motores del “Embraer E195-E2”. Nada extraño, si tenemos en cuenta que este tipo de aparato es considerado como de los más “silenciosos” de su grupo. Puedes leer sin ruidos molestos. Por cierto, me permito sugerir un libreto de leyendas guanches, para entretener y llenar de cultura canaria ese “momento lectura”

Cuando llega el momento, unas señoritas muy agradables, te sirven una pequeña cajita -incluida en el costo del billete- conteniendo delicatesen culinarias, donde se incluye un lomo ibérico, una ensalada fría de garbanzos, un queso ahumado de auténtico sabor canario con un orejón -¿será porque el dulce membrillo no admite tiempo fuera de nevera?- una bolita de gofio con millo tostado -quicos- y, por supuesto la chocolatina Tirma. Al servírtelo, te preguntan dónde deseas consumirlo y eso se presta a la bromita inocente: - ¿Puedo comerlo en la terraza? La azafata, te toca cariñosamente el hombro y te responde: - ¿Eso estaría bien verdad? Esa pequeña conexión cliente-azafata es netamente canaria y marca la diferencia entre lo nuestro y la oficialidad del estiramiento profesional que observas en algunas otras compañías.

El viaje de vuelta, fue exactamente igual de eficaz, de entretenido, de amable y de excelente recuerdo que en de la ida. Señor Rodolfo Núñez, vaya por adelantado mi reconocimiento al buen hacer en el tema del transporte aéreo. Mi reconocimiento, también, a quien le corresponda la selección y formación de su personal tanto de tierra como aéreo. Me han hecho sentir que volaba directamente desde el sillón de mi casa a Madrid y desde allí hasta mi casa, nuevamente. Termino con una pequeña anécdota en el vuelo de regreso: Cuando pasaban ofreciendo el café, después de la comida, me fijé que llevaban en el carro, leche condensada y le pregunté a la azafata, si eso era para preparar un barraquito y ella contestó con una amable sonrisa: -Claro que sí. ¿Le preparo uno? ¿Barraquito en un avión? ¡Eso es volar con Binter!

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