El mes pasado estuve un fin de semana en Vitoria. Cuando visito a mis padres, aprovecho para pasar un rato, si me da tiempo, con la cuadrilla de toda la vida. Esta vez nos pudimos juntar ocho amigos, sin mujeres ni hijos, un quórum más que respetable para un sábado cualquiera de febrero. Charly había organizado una comida en Salinas de Léniz, un pueblo a poco más de veinte kilómetros de la ciudad, ya en la provincia de Guipúzcoa. Como casi siempre, aquello fue un festival gastronómico: alubias con sacramentos, garbanzos con rape y almejas, rodaballo al horno de leña, tarta de queso y el souflé especial de la casa. Todo al centro, para degustar y compartir en el ambiente propio de una amistad que va para el medio siglo.
Amaneció el día con niebla, pero a media mañana sucedió un pequeño milagro, La bruma se fue y apareció un cielo raso, una luz limpia y un sol de invierno que nos calentaba el rostro un rato antes de comer, algo muy improbable en aquellas fechas y latitudes. Como íbamos en tres coches, habíamos quedado en juntarnos para el aperitivo en la terraza del Etxe Zuri, a orillas del pantano de Ullibarri-Gamboa. Nos sentamos y a mi me tocó al lado de X. Para mi, aquella fue la mayor alegría del fin de semana.
Llevaba mucho tiempo sin coincidir con X. Sabía que estaba mejor por otros amigos de la cuadrilla y porque había hablado con él en navidades. Tiene los dedos de los pies y de las manos atrofiados por culpa de la medicación que toma desde hace años para paliar su trastorno bipolar y sus brotes de esquizofrenia. A su lado, vi cómo introducía su dedo índice dentro de la caña para coger el vaso a modo de pinza y poder beber. Hace unos meses, le operaron los pies para liberar sus tendones agarrotados y que pueda caminar con menos dolor.
Antes he descrito el menú que compartimos la cuadrilla, pero olvidé decir que X se calzó en solitario unos callos que se iban del mundo. Un capricho que se dio el hombre, y que el resto aplaudimos. X se puso gallito un par de veces lanzando pullas en la mesa, recordando batallitas y vergüenzas adolescentes. Los demás le dimos su merecido, como a cualquiera de la cuadrilla que le da por recordar los detalles de un pasado que hundiría la reputación del más pintado.
Para mi, fue un rato de felicidad absoluta. En ese instante, ninguno recordábamos los tres intentos de suicidio de X, ni sus ingresos en un hospital psiquiátrico, ni los cuatro meses que pasó a mil kilómetros de Vitoria viviendo en la calle y alimentándose de lo que encontraba en los cubos de la basura, ni los cinco años que estuvo sin salir de casa ni mirarse a un espejo. Sólo fueron un par de horas, pero cómo reía X aquella tarde de invierno en Salinas de Léniz.
X sigue enfermo, como mejores y peores momentos. Ahora está bien, pero volverá a estar mal. X te cuenta con absoluta lucidez que su sufrimiento ha sido insoportable durante largas temporadas. Le están tratando de adaptar la empuñadura de una pala de pádel para que pueda volver a jugar. Ya veremos.
Esta semana me he acordado de X y he repasado las fotos de aquel día. Simplemente, me ha entrado una duda. No estoy seguro de que X se hubiera metido aquello callos si la Ley Orgánica de Regulación de la Eutanasia se hubiera aprobado en España hace veinte años, en lugar de cinco. No afirmo nada. Digo, simplemente, que no estoy seguro. Porque la enfermedad de X es crónica, grave, incurable y le provoca una incapacidad reconocida superior al 70%. X se intentó matar tres veces porque, en aquellos momentos, consideró su padecimiento intolerable. Por suerte, no sólo falló en su intento, sino que hoy no necesita una silla de ruedas.
No soy capaz de juzgar el caso de Noelia Castillo. Hace diez años ya escribí una columna sobre el pavor que me provocaba que el gobierno de los Países Bajos pretendiera aprobar una reforma legislativa para aplicar la eutanasia a las personas “cansadas de vivir”. “Los adultos mayores que consideren que su vida ya no tiene sentido deberían poder ponerle fin de una forma digna», declararon sus ministros de Salud y Justicia. No hace falta explicar aquí la «industria de la muerte» que ha generado en ese país semejante planteamiento. Es lo que puede suceder cuando se abre una puerta hacia lo tenebroso.
Ahora, entro en pánico al imaginar que el suicidio asistido de una joven parapléjica de 25 años con depresión profunda—que sólo hemos conocido por los recursos judiciales que planteó su padre— inaugure una casuística terrible, aplicable a otras personas que padecen enfermedades de salud mental, que en ocasiones se traducen también en padecimientos físicos. Pero, cuando lo que duele es el alma, ¿qué médico o comité bioético puede establecer la frontera entre lo tolerable y lo intolerable? Ninguno. Eso lo decidirá el enfermo, que lo que quiere es dejar de sufrir.
A la ayuda que el Estado ha ofrecido a Noelia para quitarse la vida, la ley y los profesionales de la salud y el derecho la denominan «prestación». Llámenme flojo, pero cuando analizo el palabro escogido para referirse a una inyección que en treinta minutos provoca la muerte, se me hiela la sangre.