Por mucho que pase el tiempo, creo que jamás olvidaremos la efectividad que tenían aquellas frases de nuestras madres: ¡Como vaya yo verás! ¡Mira que cojo la chola! ¡No me nome, que te quete! ¡Si no te lo comes ahora, te lo comerás en la cena! Son frases que por mucho que pase el tiempo, seguirán estando ahí. Y, tanto que estarán, que en algunas ocasiones han salido a relucir en nuestras actuales familias. Nadie niega que una buena amenaza a tiempo, soluciona un conflicto inminente. ¿O no?
Cuando se habla de amenaza y partiendo del significado que se recoge en el diccionario de la R.A.E. de la Lengua, donde en su primera acepción se nos indica que con esa actitud se trata de “dar a entender con actos o palabras que se quiere hacer algún mal a alguien”, se nos está claramente acercando a situaciones que van de la mano de sinónimos que ahondan en esa definición: Intimidar, conminar, advertir, amonestar. Si quisiéramos definir mejor el concepto, tendríamos que analizar los diferentes tipos de amenazas que nos podemos encontrar. Así y de forma resumida, tendríamos que hacer mención, a las amenazas digitales -todo lo que tiene que ver con la nueva era que vivimos y que viene a través de las redes- o físicas y ambientales -robos, vandalismo, desastres naturales, y todo aquello que el ser humano es capaz de hacer contra sus semejantes-; amenazas internas -las que nos proferimos contra nosotros mismos y donde la imaginación y/o pensamientos tienen su protagonismo- o externas -Lo que viene de la mano de lo que nos rodea y/o con quienes convivimos-. Hay muchas más, pero creo que nos podemos hacer una idea de que cuando se habla de amenazas el ovillo es tan grande que se podría hacer una bufanda al Teide y aún no sobraría lana para unos guantes a juego.
En este artículo de hoy, si se me permite, trataré de basarme en una serie de amenazas que están estrechamente unidas a la condición excesivamente ególatra de algunos humanos. Al menos, de aquellos seres que son perfectamente identificables por el resto de la población mundial. Está inspirado, también, este artículo, en una amenaza que un mandatario de una potencia mundial ha proferido sobre otros países, además del que me toca de cerca.
Hablo, claramente de un señor que antes de meterse de lleno en el mundo de la política, su dedicación estaba enmarcada en el ámbito de los negocios. En ese campo, parece que se movía como pez en el agua. En un agua que había heredado de su entorno familiar pero que él supo, tanto tirarlo al suelo, como volver a ponerlo a flote. Esa una tenacidad empresarial fue muy valorada por la gente que le regaló el voto, cuando pasó a la política. Entiendo que se trató de un regalo o donación, pues si se hablara de préstamo no se entendería lo que está haciendo con los millones de papeletas que lo auparon a la Casa Blanca. Blanca hasta que se empeñe en pintar del color que más parece convencer al señor todopoderoso y que tiene una mezcla de la negrura del humo, el naranja de las explosiones y el rojo de la sangre que va dejando tras las acciones que acomete. Hablo de una persona, que seguramente, debe poseer un admirable control de las negociaciones a tenor de lo que va consiguiendo; aunque también, su dominio del tema de este artículo, es destacable.
No hace muchos meses y tras atacar a un país latinoamericano como lo es Venezuela, amenazó a México, a Colombia y a la mismísima Cuba. Y lo hizo con absoluta frialdad, aunque cuando desde muchos países le dijeron que lo que había hecho era algo ilegítimo y atentaba contra la posibilidad de vivir en paz. El señor todopoderoso les dijo que tal y como había hecho en Venezuela, ellos serían los siguientes si no controlaban el “Pasemisín-Pasemisón”, que se ofrecía en sus respectivas fronteras a la droga que llegaba a EEUU. La amenaza parece que fue tan efectiva que aunque con la boca chica desde esos “muchos países” se profirieron quejas y más quejas; desde sus respectivos gobiernos, se emitieron órdenes para controlar situaciones antes incontroladas. Tanto fue el éxito de las amenazas emitidas que en la mismísima Cuba, se ha empezado a hablar del restablecimiento de empresas privadas internas. Eso sí: participadas y por tanto controladas por la autoridad competente. En esta ocasión, la amenaza del empresario-político, vino “reforzada” con una restricción férrea de la entrada de petróleo venezolano a la isla caribeña. ¡Amenaza contundente!
En nuestro caso, la amenaza del presidente “in pectore” nos ha llegado una vez que el presidente español, se ha negado a que desde las bases americanas que, en su día, se permitieron instalar en nuestro territorio, salieran aviones y/o barcos para seguir atacando a Irán. Algo que no entiendo y hago un pequeño inciso, es cuál se pensaba que podría ser el sentido de establecer unas bases de aviones y barcos de guerra en nuestro territorio. ¿El gastarse el pastizal que han tenido que costar esas bases, fue porque no tenían espacio suficiente en su territorio para guardarlas? ¿Tal vez fueron apalabradas para potenciar la defensa de nuestro país? Fuera lo que fuera, se trata de un terreno que EEUU, tiene contratado para mantener allí un contingente humano y de armamento; y por el que, además, seguramente pagará un canon que casi nadie conoce.
Pocos saben lo que dice el contrato que se estableció para regular los acuerdos que han de ser respetados por ambas partes; pero, lo que parece ser cierto, es que en dichos acuerdos se establece alguna posibilidad de veto al uso americano de dichas bases. Con esa posible capacidad, desde el gobierno español, se ha prohibido que ningún aparato militar americano zarpe o despegue si es para atacar a otro país por mucho que allí se tenga masacrada a su propia gente. Yo no voy a defender desde estas líneas que en Irán o en algún otro país se pueda tener sometida a sus habitantes impunemente, ¡solo faltaría eso! Pero sí que me posiciono en que la respuesta debe ser a través de las decisiones de las Naciones Unidas. Esto es, me siento mucho más tranquilo cuando este tipo de actitud se toma en el entorno de la legalidad internacional competente. Pero no ha sido así y desde ese momento cual, Cid Campeador, nuestro presidente se ha erigido como azote del magnate amenazador. A éste, se le ha fruncido el ceño, y ha comenzado a proferir todo tipo de piropos desafiantes contra la marca España. Y, como no podía ser de otra manera, las amenazas -sus amenazas- han llegado. Inició su ofensiva afirmando que España ya no es necesaria, lo que constituye un mensaje de ruptura de negociaciones comerciales; y después amenazó con una subida de aranceles -su intimidación preferida-, pasando por dejar caer que la posibilidad de trasladar las bases actuales a Marruecos, no sería algo descabellado. En contrapartida a las advertencias del señor del “Air force one”, el presidente español, ha dicho que “no es no”. Lo usado para no pactar con Rajoy, en su momento. Ahora lo retoma para, de camino, intentar salvar la “bajuna” de su gobierno, sacando pecho con un renovado “No a la Guerra”. ¡Aquél ladrador, no contaba con este hueso!
Por mi parte, rezo para que el Señor Trump, si tiene que amenazar a España, que sea solo con llevarse la comida rápida que usa su nombre.