Se han desclasificado los papeles del 23 F y se abre un nuevo debate: ¿Cuántos se han destruido y cuántos han sido manipulados? Así seguiremos hasta la eternidad en busca de los argumentos que avalen los objetivos de unos o de otros. En el fondo, se trata de demostrar que la transición fue algo democráticamente positivo o no lo fue, de resucitar la discusión entre ruptura o evolución que sobrevoló durante aquellos años en torno a la política del país. Está muy bien descubrir la verdad acerca de los hechos históricos, pero ésta no se alumbrará a gusto de todos, pues siempre habrá quien levante la sospecha del engaño y el fraude.
En lo de luz y taquígrafos suele ocurrir que cuando hay taquígrafos no hay luz y cuando hay luz no hay taquígrafos; igual que en aquel infierno suave donde no había fósfros cuando había aceite y al revés. La cuestión es seguir en la incertidumbre, que es el mejor estado para prosperar en política. Así hemos pasado los últimos años y nadie puede negar que no haya existido oportunidad para el progreso, según le haya ido en la fiesta.
El 23 F, y su sucedáneo la bondad de la transición, han engordado el negocio editorial de manera extraordinaria. Es tal la sobreproducción que no da tiempo para leérselo completamente. Hay versiones para todos los gustos, en esta interpretación de la democracia que consiste en otorgarle la misma oportunidad a la mentira para que unos excesos se compensen con otros. Unos echarán en falta la justificación de lo que imaginaron de forma sectaria y otros sospecharán de añadidos arteramente incorporados a una causa que no les atañe. España seguirá partida en dos después de que se hagan públicos los papeles y los historiadores empiecen a hacer su trabajo. Los historiadores también está divididos como ha quedado demostrado en las diferentes crónicas que se han escrito sobre la Guerra Civil: desde los exegetas del movimiento nacional a los cantores de la exaltación de la resistencia. Yo me quedo con Orwell y su “Homenaje a Cataluña”, porque me parece el relato de alguien que lo vivió directamente, sin papeles ni conversaciones con terceros.
El 23 F fue para muchos la prueba del algodón, la barrera que hubo que superar para seguir adelante con la transformación incruenta desde la dictadura hasta la democracia. A muchos no les gustó el resultado, pero solo fueron las minorías ultras pertenecientes a ambos extremos. La mayoría vivió ilusionada hasta que empezamos con las revisiones. Entonces se hizo necesaria una investigación para superar una normalidad que ya habíamos alcanzado hacía casi 30 años. No se me escapa que muchos de los que aguardan impacientes para leer los documentos desclasificados esperan que de ahí surjan motivos para la demolición de algunas instituciones; que ha llegado el momento de revisarlo todo para inaugurar un sistema nuevo; que en esencia se trata de regresar a lo mismo.
En todo existe una acción reivindicativa y eso entraña una reposición, una vuelta atrás, la satisfacción de una cuenta pendiente. La transición se basó en eliminarlas todas, pero hubo quien se empeñó en ponerlas de nuevo en pie para reconstruir el escenario donde el odio pudiera campar otra vez por sus respetos. En esas estamos. Un pasito palante, María; un pasito patrás.