Cuando hablamos de protocolo, en la mayor parte de las veces, lo hacemos para justificar una determinada forma de proceder que, sin ese parapeto, no se podría justificar de forma tan contundente. – Sé que no lo entiendes, pero es lo que manda el protocolo. De esa forma tan clarita, algunas personas piensan que sustancian una duda que es planteada por quien no está conforme en cómo se ha procedido en una acción determinada.
El Diccionario de la R.A.E. nos dice, en su acepción tercera, que se ha de entender por protocolo “el conjunto de reglas establecidas por norma o por costumbre para ceremonias y actos oficiales o solemnes”. Teniendo esto como base, recuerdo que en un curso sobre la materia, impartido por Don Arturo López Riaño, un compañero hotelero, le hizo una pregunta sobre el orden que debía contemplar a la hora de colocar las banderas en la fachada de su establecimiento. – ¿Su establecimiento es un organismo oficial? Le preguntó el ponente. Ante la aclaración de que se trataba de un hotel, la respuesta fue fulminante: ¿Por qué razón, si no se trata de un edificio institucional, tiene Usted que colocar banderas de los distintos países? Leyendo la definición que he anotado, su respuesta tiene mucho más que sentido, aunque precisamente una de las cosas que nos enseñó el magnífico ponente es que, en el uso de las normas protocolarias, debe haber bastante sentido común. Y, basándonos en ello, los hoteleros, podremos seguir colgando los estandartes de los mástiles para dar la bienvenida a nuestra clientela.
Hasta donde me alcanza mi conocimiento y con algo de atrevimiento, tengo entendido que no existe un protocolo único. Muy al contrario, se habla de varios tipos. Así podemos encontrar protocolos oficiales, científicos, médicos y hasta militares. En cada uno de ellos, se establecen las normas a contemplar por quienes tienen que ver con la materia de que se trate. En el oficial o diplomático, se expondrán lar normas tanto de vestimenta como de tratamiento y ubicación de las personas asistentes a actos públicos. Cada organismo tendrá el suyo, aunque siempre respetando la jerarquía que corresponda a quien organiza. En el tecnológico, lo que más resaltará serán los sistemas de comunicación. Un protocolo científico, lo que buscará será marcar las pautas en temas de investigación y el tratamiento de sus resultados. En las normas de empresas -no creo que debiera llamarse protocolo- lo que se persigue es establecer unas reglas de trato dentro de la misma y sobre todo, para proyectar una imagen corporativa unificada y adecuada. En un protocolo militar -entiendo que debe existir-, lo que se encontrará serán normas de comportamiento y trato para actos públicos, algo más formativas que las que provengan de su Código legal.
Pero, a lo que me gustaría sacar algo de jugo, no es al protocolo oficial que, de eso ya se encarga gente mucho más docta que quien firma este artículo. En esta ocasión, lo que traeré a colación es ese otro montón de situaciones en las que se obliga a actuar en nombre de las reglas protocolarias sin saberse un porqué. Por ejemplo, recibes una invitación a la boda de la hija de tu vecino y en la tarjeta de invitación, además de incluir el número de la cuenta corriente para que procedas a depositar la cantidad que se estime conveniente -el “protocolo” habla que debe estar acorde al costo del menú más un plus-, se pide que los hombres vayan de chaqué y las señoras de traje corto y pamela. Total, entre que los contrayentes decidieron poner la lista de regalos en el banco y el alquiler o compra del atuendo te van a costar un pico, el bodorrio te descompondrá el estómago. Tal vez alegar que no vas a comer mucho por esa razón, pueda ayudarte a rebajar el ingreso del regalito. Y, yo me pregunto; ¿Lo del chaqué, por qué? Pues porque esa, y no otra vestimenta, es la que exige el “protocolo”. Hacer mención a esa normativa, para justificar posturas caprichosas, suele ser la salida elegida; sin darse cuenta ni reparar en ello, que las normas reflejadas en esos documentos, hablan solo de actos oficiales y/o institucionales. Lo que esté fuera de ese entorno, parece pues más un “quiero y no puedo”. Hasta hace poco, simplemente se asistía: de chaqueta y corbata ellos y de traje al uso, ellas. Todos los aditamentos posteriores, han ido viniendo al ritmo del “paripé”.
En las empresas, sociedades populares, deporte y en un buen número de agrupaciones, también se entremezcla la normativa emanada de sus respectivos consejos de administración o juntas directivas, con los protocolos oficiales que son usados por los responsables en organismos públicos. Así, no es difícil leer que el protocolo para la reunión de final de año, exige tal o cual atuendo, además del uso correcto del sentido de la puntualidad y demás contemplaciones que se le hayan podido ocurrir a quien organiza un evento determinado. Y, claro, siempre habrá el excéntrico que vaya de traje chaqueta, pero con pantalón corto, alegando que es el traje oficial en “Bermudas” ¡Dile que no! – Lo siento mucho caballero, pero el protocolo deja establecido que no se podrá usar pantalón corto. Tremendo compromiso si a quien se muestra tan solemne, se le pidiera que mostrara el documento oficial que dice eso, para una reunión de empresa.
En los hoteles de cierto lujo, se pide a los clientes que, en las cenas, se ha de ir con traje chaqueta y corbata y se aclara que con pantalón largo. No es cuestión de protocolo, sino de norma que pone el hotel para que exista un estatus de calidad al menos en las cenas. Aun así -y lo digo bajo la experiencia- hay casos en los que se pretenden entrar a la sala en bermudas y chanclas, alegando que ese atuendo es más caro que cualquier pantalón largo de la gente que está dentro comiendo. Para esos “incómodos momentos”, debería haber un protocolo que se inyectara con la mano abierta, pero las normas lo impiden y dan paso al sentido común. Y, basándose en ese sentido, tal vez lo apropiado sea dejarle pasar y rezar para que el supuesto estilista no se pasee mucho por la sala -eso fue lo que pensé cuando autoricé a que pasara el machote-. Estas cosas pasan cuando se hacen ofertas agresivas y las compran quienes no están acostumbrados a hacer uso de hoteles de un nivel por encima de la media.
En las reuniones particulares, no me digan el motivo, también se han dado casos de sacar a relucir el rigor de lo establecido por protocolos oficiales. Así, no es de extrañar que en una comida donde lo que, en principio, iba a existir era un “me siento a tu lado”, ahora por esas reglas que se aplican sin tener sentido del ridículo, existirá un “me hubiera gustado sentarme al lado tuyo, pero dice fulanito que “por protocolo”, he de ponerme junto a menganita”. Estaría bien que a quien figura de anfitrión, se le exigiera que dijera la página del documento protocolario que indica tal imposición. Pero, oye, el respeto a lo que él o ella diga, también forma parte de la exquisitez en la conducta. Así que, siéntate donde te indiquen y disfruta del momento y de la compañía; aunque tengas que hablar a voces y por encima de las flores o de otras cabezas para comunicarte con quien desees.
En resumen: con el protocolo en una mano, pero el sentido común en la otra, ¡dejémonos de “coñadas”!