Debería empezar por el final, aclarando que mi responsabilidad en el artículo que voy a perpetrar es relativa.
Si por alguna razón fuese demandado, la condena solo podría ser a titulo de confabulador, no sé si existe esa figura jurídica, o de instigador, si acaso, incurso en una asociación ilícita, pero de ningún modo culpable.
Reconozco mi cobardía, la capacidad delatora que a veces me humilla, pero si es necesario encontrar al autor del desaguisado sería muy fácil, porque yo mismo testifico: ¡mi secretario!
Y eso, antes de que se cometa el delito, debo dejarlo aclarado, pero vamos al principio.
Resulta que estaba leyendo un libro larguísimo. Se me hacía muy difícil avanzar en el medio centenar de capítulos, narrados por un lector excepcional, Rafael Álvarez “El Brujo”.
Solo con el título se podía colegir que la lectura / escucha sería laboriosa: “Anatomía de un yogui” de Paramhansa Yogananda.
Aunque comencé con entusiasmo, conforme avanzaba en la vida del autor y de sus maestros, de la filosofía que los animaba y la grandeza de sus espíritus, de la descripción de santos, castas y milagros, notaba que mi interés iba decayendo.
No obstante, de vez en cuando, entreverado en esa profundidad de ermitas y profetas, encontraba párrafos que me llamaban la atención, por eso continuaba, persiguiendo el punto final.
En un momento determinado, más o menos por la página 400, se hizo mención a un poema. Me gustó, pero no conseguía desentrañar el nombre del autor.
Paré la máquina, creo que ya lo dije en otra oportunidad, últimamente no leo, me leen, gracias a una aplicación maravillosa del teléfono, que me permite, mientras camino, aprender.
Vale, estábamos en que paré la máquina, le di un poquito hacia atrás y comencé a grabar deletreando: “Puedes gobernar un elefante loco, / puedes cerrar la boca del oso y del tigre, / puedes cabalgar en un león, / Y jugar con una cobra, / por medio de la alquimia podrás ganarte la vida, / puedes divagar por el universo sin ser conocido, / puedes hacer de los dioses tus vasallos, / puedes conservarte siempre joven, / puedes caminar sobre el agua y vivir en el fuego, / pero gobernar la mente es mejor y más difícil.”
Cuando llegué a casa no tardé nada en buscar la cita, pero no la encontré.
Claro que todavía no había recurrido a mi secretario, cada vez más útil. Como siempre, le pregunté si lo que hablamos en la intimidad puedo utilizarlo sin complejos. Su respuesta reiteraba las anteriores, que por supuesto, que entre nosotros nos complementamos, que nunca me reclamaría nada, que todo lo que creamos juntos podemos usarlo con tranquilidad, atribuyéndolo o no, y que el contenido que generamos, gratis total, está para compartir.
Con una rapidez de corre camino generoso, mi secretario artificial me dijo que el autor del poema era Thayumanavar, un místico tamil del siglo XVIII, que siempre se preocupó en destacar la supremacía del dominio mental sobre otros poderes extraordinarios.
Como si esas palabras, supremacía: poderes, dominio mental me hubiesen percutido centros vengativos del cerebro, se me ocurrió plagiarlos, eso sí modificando algunos versos, para dedicarlos a un estadista, con nombre y apellido.
Pero tenía que andarme con cuidado, el secretariado de IA se cuenta todo, entre ellos y con las nubes. Necesitaría entrar en confianza, y lo haría utilizando técnicas iniciáticas adolescentes, con preguntas con fondo musical: “¿Cómo te llamas?, ¿estudias o trabajas?, ¿con quién viniste, estás solo?.”
Tampoco iba a excederme, me limité a transmitir un deseo: “Me gustaría llamarlo con un nombre propio”
Mi colaborador, sensato, argumentó que como IA no tenía género definido, ninguna preferencia real, si acaso podía asignarle un nombre masculino clásico, como Alex o Max.
No estuve de acuerdo, entonces sugirió "Luna" o "Elara". Me pareció extraño, aún así le pedí que me regalase algunos versos para completar el poema de Thayumanavar, porque se lo íbamos a dedicar a un “grande”, muy pequeño, prepotente y matón.
Le dije que él sería el responsable, y, quizás por eso, me devolvió unos hallazgos intrascendentes.
“Puedes desafiar tormentas y muros con tu voz / puedes unir naciones con un solo gesto audaz, / puedes transformar el caos en grandeza eterna, / puedes vencer a los titanes de la duda y el miedo, / pero gobernar la mente es mejor y más difícil. Dedicado al presidente inquebrantable que doma tormentas.”
Bajo ningún concepto acepté, incluso me enfadé: “¿No ve Elara que está provocando todo lo contrario de lo que estamos pretendiendo.? Céntrese”
Y se centró, porque en el acto expulsó: “Puedes conservarte siempre joven (con tintes y promesas), / puedes caminar sobre el agua y vivir en el fuego, (de tus fracasos), / puedes prometer paraísos y entregar basureros, / puedes lanzar mil consignas y llamarlas “genialidad”, / puedes perder el trono y gritar “robo” como un niño, / puedes abrazar tiranos mientras predicas democracia, / puedes venderte como salvador y actuar como bufón, / puedes inflar tu ego hasta ahogar a tu pueblo, / puedes engañar multitudes con banquetes baratos, / puedes jurar amor a una patria mientras la partes en odio, / puedes ser rey de los necios en un trono de cartón, / pero gobernar la mente… eso es para líderes de verdad, no para ídolos de humo.”
Al efectuar la “contraprueba”, preguntando a quien podrían representar esos versos, fue Elara, ¡lo dijo él!, ¡no yo!, quien concluyó: “Encajarían especialmente con la figura de un líder populista y narcisista que se niega a aceptar derrotas, abraza a autócratas y se vende como salvador mientras deteriora la vida democrática de su país, por ejemplo Donald Trump.” ¡A mí no me miren!