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Como la sal, no como el hielo

Por Juan Pedro Rivero González
jueves 14 de octubre de 2021, 06:00h

El desgaste de las cosas es inevitable. Es la forma en la que se evidencia que “nada dura para siempre” y que, tarde o temprano, todo caduca. La misma vida humana, con el paso del tiempo, se desgasta. Llega la vejez y nuestro edificio biológico se desmorona.

Hay dos formas de desgaste: el útil y el inútil. O poniendo un ejemplo sensible: la sal y el hielo. La sal desaparece en contacto con los alimentos. Desaparece, de alguna manera, aunque conserva su identidad en el sabor que deja al desgastarse. El hielo solo se derrite al paso del tiempo en una situación cálida. Derretido y evaporado, sin dejar huella alguna.

Últimamente he escuchado hablar de cansancio y desgaste. Mucho tiempo en una determinada tarea, en una responsabilidad; anhelo de tiempos sabáticos que alivien. Y pensaba si seríamos capaces de convertir un tiempo de reciclaje y renovación en una vuelta al punto de salida. Reiniciarnos de manera que pudiéramos volver a empezar. Y creo que eso no es posible. Los desgastes son irrecuperables.

Pero lo caducado de nosotros, lo quemado en la hoguera del existir, sería una pena que supusiera un mero tiempo derretido y evaporado sin dejar siquiera una marca en la superficie usada. La luz de una vela colocada dentro del armario que gasta su cera sin alumbrar a alguien. Un gasto inútil y vacío.

También se gasta la lumbre que calienta el caldero de la comida. El horizonte futuro será solo ceniza, pero la holla queda hervida y dispuesta para alimentar a otras personas. Un gasto útil. Un caldo en el que la sal desaparezca dejando la huella y la rúbrica de un buen sabor.

Los años que han dedicado a la docencia o a la empresa, los esfuerzos dedicados a esos enfermos o a defender los derechos de los clientes, los años gastados al volante de un transporte público o privado acercando lugares y necesidades, las ventas y las compras, las siembras o cosechas, todo eso que se ha gastado no es recuperable. Y perderlo, que sea como la sal, no como el hielo.

En este sentido, consideremos la belleza de las arrugas y la hermosura de los callos en las manos que el tiempo ha ido dibujando en los mayores. Son surcos sembrados de momentos esforzados y constantes que les ha supuesto caducidad y deterioro. ¿Cuánto bien han sembrado para que otros lo cosechemos?

Hagamos memoria: ¿Quiénes han edificado las viviendas en las que dormimos? ¿Quiénes han sembrado los frutales de nuestros postres? ¿Quiénes han estudiado los principios técnicos que nos facilitan la comunicación? Otros se gastaron dejando una huella en la que nosotros hemos puesto nuestros pies.

Y seguimos adelante. Encadenados a ese eslavón maravilloso al que nos aferramos y construyendo el siguiente eslabón de una cadena magnífica. Sintiendo que hemos de seguir siendo sólidos para que otros se enganches después y vivan con sabor y alegría este don maravilloso que llamamos vida.

Sí, como la sal; no como el hielo.

Juan Pedro Rivero González

Delegado de Cáritas diocesana de Tenerife

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