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Caballo de trote lento llega al final del camino

Por Juan Pedro Rivero González
jueves 04 de agosto de 2022, 05:00h

Es muy conocida la apelación al trabajo en equipo y a la organización comunitaria de las acciones bajo la afirmación de que “solos iremos más rápido, pero juntos llegaremos más lejos”. Hasta que no se tiene una experiencia personal que ilumine esta supuesta verdad siempre queda en el plano de las frases elegantes o dichos ilustrativos.

Estos días he tenido esa experiencia. Un grupo de personas hemos realizado una peregrinación a Fátima y a Santiago de Compostela. Ni eran todas personas jóvenes ni podemos considerar que individualmente pudiéramos ir rápido a lugar alguno. Pero hemos llegado lejos y hemos crecido en muchos aspectos culturales y personales. Precisamente porque unos han sabido esperar a otros y porque unos se han preocupado por otros.

Las debilidades individuales se han convertido en ocasión de crecimiento para el resto. Ha sido una hermosa experiencia comunitaria de enriquecimiento. Ha habido cuidado entre las personas. Y cuando un grupo se edifica sobre el cuidado, como concepto fraterno, deja de ser un grupo para convertirse en una comunidad.

Mis mayores experiencias no se ubican en el ámbito de la organización de excursiones y viajes. Tal vez encajaría el juicio de poseer una experiencia nula. Pero la traducción a la realidad ha sido, en esta ocasión, extraordinaria. De tal manera ha sido así que he podido disfrutar, descansar, desconectar, etc., todo lo que se le pide a un viaje en época vareaniega. Un regalo de verdadero descanso psicológico. Y todo ha sido así, porque nos convencimos de que juntos llegaríamos más lejos.

En Santiago de Compostela coincidimos con una aluvión de jóvenes venidos de toda Europa a celebrar el Encuentro Europeo de la Juventud, antesala del Encuentro Mundial del próximo verano en Lisboa. Muchos jóvenes alrededor y un grupo aparentemente lento que llegó al fin de la tierra constituido en una comunidad de cuidado mutuo. La juventud es un tiempo precioso para preparar el resto de la vida. Y, cuando la fraternidad nos configura, la juventud, en sus mejores valores, no desaparece nunca.

Esta experiencia personal vivida estos días, días en los que cabalgamos entre los meses de julio y agosto juntos, ha valido la pena solo por lo que ha supuesto de edificación de la caridad fraterna. Es la lucha contra cualquier tipo de descarte y la riqueza de la inclusión de todas las debilidades individuales. Nadie sobra nunca e, incluso el más débil, viene a hacer a todo más fuertes. Nadie merece ser descartado de la humanidad.

Quisiera dejar escrito en este espacio de opinión lo agradecido que estoy por haberme subido al caballo que trota despacito pero que es capaz de llegar hasta el final del camino. Los galgos corren más rápido; pero para caminos largos son mejores los mastines.

Juan Pedro Rivero González

Delegado de Cáritas diocesana de Tenerife

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