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En caso de emergencia, salga despacio

Por Juan Pedro Rivero González
jueves 04 de noviembre de 2021, 06:00h
Se dice rápido, y hasta queda bien; pero cuesta un poco más traducirla a la realidad. La prudencia es, en cuanto virtud, discernir y distinguir lo que está bien de lo que está mal y actuar en consecuencia. Porque no todo lo que sale de nuestra libertad es bueno. Discernir la diferencia y buscar lo adecuado es una decisión prudente.

No se trata de darle carta de ciudadanía al miedo limitativo de toda creatividad. Es equilibrar la balanza entre la temeridad ciega y la parálisis temerosa. Es discernir. Es prever. Mirar las consecuencias posibles y valorarlas, de tal manera, que los efectos respondan a las intenciones. Una deliberación prudencial es lo que se espera de toda persona responsable.

El vértigo es prudencial. Nos hace tomar cuidado de los peligros que nos acechan y no arriesgarnos en exceso. Pero también, en este caso, hay vértigos prudenciales y miedos paralizantes. El temor por viajar en avión es un sentimiento casi universal, pero la mayoría también lo podemos domesticar.

Para Platón, junto con la justicia, la fortaleza y la templanza eran las virtudes fundamentales de una vida buena. Luego se desarrollaron en la filosofía moral como la estructura básica del comportamiento humano en sociedad. La prudencia lucharía con la justicia por ocupar la cúspide de la importancia. Para unos era la justicia la mamá de las virtudes; para otros la prudencia. Ambas posturas concluyen que las virtudes están llamadas a habitar en un mismo espacio de manera que no son posibles aisladamente. Eso alivia la lucha de la preponderancia.

Si me hicieran a mí marcar una postura, aun a riesgo de ser parcial, tal vez daría mi voto presidencial a la prudencia. Porque he visto fortalezas imprudentes, como he observado imprudentes templanzas. Es más, he visto tremendas injusticias por abusos imprudentes de buena voluntad. La elocuencia de una frese: “En caso de emergencia, vaya despacio”.

Por eso considero que la prisa, si limita el discernimiento, no es buena compañía de la convivencia social ni del bien común. Como tampoco es prudente la dilación en el tiempo de decisiones y acciones necesarias. Todo ha de ser prudentemente desarrollado.

Ya dije inicialmente que el discurso es fácil, y las ideas hasta hermosas. Pero toca incorporar a la vida ordinaria el juego sano de una prudencia sana. O sea, el discernimiento del bien y del mal posible como efecto de nuestras acciones y actuar en consecuencia.

El Papa Francisco, con su sutileza común, nos dice que “Para algunos la prudencia sería una virtud pura, sin contaminaciones. Es como si fuera un ambiente esterilizado. Pero la prudencia es la virtud del gobierno. No se puede gobernar sin prudencia. Quien gobierna sin ella gobierna mal y hace cosas feas, toma malas decisiones que destruyen al pueblo”. El buen gobierno exige discernimiento, pero sabiendo que las virtudes son hábitos operativos, que se ejercen en la realidad, y que el ambiente de la realidad no es esterilizado. Hay siempre riesgos.

Pero si queremos el bien, de verdad, los riesgos son controlados.

Juan Pedro Rivero González

Delegado de Cáritas diocesana de Tenerife

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