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Diuréticos culturales

Por Juan Pedro Rivero González
jueves 01 de julio de 2021, 05:00h

De igual modo que por los aros del tronco se accede a la edad de los árboles -ese es el tópico común universalmente considerado-, los seres humanos podemos acceder a la edad por el número anual de citas médicas y por el número de fármacos al día que nos invitan a tomar.

Ya mi cupo era grande en este sentido, y ha venido a completar el pastillero una dosis diaria de un diurético. Me animan las palabras de la doctora que me indicaba que me iba a venir bien para adelgazar. Lo cierto es que cada pastilla viene en ayuda de una deficiencia de nuestro organismo que, por los visto, se va desgastando por los años y el maltrato al que lo hemos ido sometiendo.

La caja dice que no se debe iniciar el tratamiento sin leer el prospecto. Lo tiré directamente. Porque uno, o se fía de los médicos, o mejor no vamos a ellos y seguimos presumiendo de una juventud inexistente. Pero por poco que sepamos de medicina, un diurético es de ese tipo de medicamentos que hace que los riñones produzcan más orina. Son una ayuda para eliminar el líquido y la sal sobrante. Para completar las indicaciones médicas, un amigo me acaba de decir que tenga cuidado, y que, como nos decías de niños, no salga de casa sin pasar por el baño. Consejo que deberé tener presente.

Y pensando en esto recordé que en nuestro castellano hay una serie de dichos populares que hacen referencia a líquidos de la cultura social. Se habla de mala baba, para identificar a quienes tienen un carácter poco empático y un tanto violento; se habla de mala sangre, en referencia a quienes viven con actitudes vengativas e hirientes; se dice que le falta una agua en mayo al que tiene una inocencia excesiva para su edad o le falta la picardía y astucia suficiente para ocupar su lugar; etc. O sea, que la sociedad bien pudiera tomarse un diurético que le ayude a eliminar los malos líquidos que retiene en sus estructuras y en sus pluralidades.

Zygmunt Bauman, premio Príncipe de Asturias (2010) de las Ciencias Sociales, publicó un ensayo con el título elocuente de «Tiempos líquidos. Vivir en una época de incertidumbre». Según la edición web de la editorial Planeta, el ensayo muestra la caracterización de la modernidad como un «tiempo líquido». Es uno de los mayores aciertos de la sociología contemporánea. La expresión da cuenta con precisión del tránsito de una modernidad «sólida» –estable, repetitiva– a una –flexible, voluble– en la que las estructuras sociales ya no perduran el tiempo necesario para solidificarse y no sirven de marcos de referencia para los actos humanos. Pero la incertidumbre en que vivimos se debe también a otras transformaciones, entre las que se contarían: la separación del poder y la política; el debilitamiento de los sistemas de seguridad que protegían al individuo, o la renuncia al pensamiento y a la planificación a largo plazo.

No vendría mal poder introducir en el imaginario líquido de esta sociedad de la incertidumbre, algún mecanismo que le sirviera de diurético y que eliminara los excesos acumulados de relativismo. ¿Cómo hacer que lo político recupere su protagonismo? ¿Cómo fortalecer los vínculos se seguridad interpersonal? ¿Cómo volver a ceder protagonismo a la reflexión y al pensamiento crítico? ¿Dónde adquirir el adecuado diurético que se necesita en este cuerpo social post moderno?

Se me ocurre, a bote pronto, uno. Desconozco la dosis necesaria y la frecuencia de su ingesta. Pero creo que la solidaridad real sería un buen tratamiento. Poner en el centro de todo, y siempre, a la persona y ser solidarios con ella.

Y pasar por el baño antes de salir de casa.

Juan Pedro Rivero González

Delegado de Cáritas diocesana de Tenerife

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