OPINION

Docientas cuarenta personas

Juan Pedro Rivero González | Jueves 16 de abril de 2020

Últimamente todo se contabiliza en números. El número de los contagiados, el número de altas médicas, el número de muertos… Todos los números de la desgracia. Pero sabemos que detrás de los números hay rostros, aunque no los conozcamos. Personas concretas, con nombre y apellido, con familias, con ilusiones y con frustraciones. Son personas reales a las que hacen referencia los números estadísticos, los símbolos numéricos.

Pero hay otros números. Números heroicos. Números que no hacen ruido. Esos números que oyeron en alguna ocasión lo de que «lo que hace la mano derecha no lo debe saber la izquierda». Eso que, como nos enseñaron nuestros abuelos, convierten en vida lo de «haz bien y no mires a quién».

Y hoy me gustaría hablar de esos números secretos, como los que sirven de clave para acceder a nuestro correo electrónico o al cajero en una sucursal bancaria. Números que nadie conoce y que, sin embargo, existen y nos hacen bien.

En la última nota de prensa de Cáritas diocesana de Tenerife se decía: «(…) mantenemos 103 puntos de atención (la mayor parte acogidas parroquiales y algunas de las sedes de los arciprestazgos que tienen un espacio físico propio). En las labores de información, orientación y cobertura de ayudas básicas de alimentación están implicados directamente más de 240 agentes, entre voluntariado y sacerdotes, así como el equipo técnico del Departamento de Animación al Territorio, que está formado por 15 profesionales». Y a estos números habría que añadirse los que acompañan en los centros residenciales de acogida para personas sin hogar, y los que siguen distribuyendo kits de higiene, de alimentos y de agua potable en los emplazamientos invisibles donde más de 1000 personas viven en condiciones habitacionales indignas en nuestra Provincia, como nos recuerdan los técnicos de las unidades móviles de atención en calle. Números que tienen también nombres y apellidos detrás su arábiga representación.

Para estos servicios no vale el teletrabajo. Hay que estar. Estar físicamente presentes a pesar del lógico miedo que el Covid-19 nos genera a todos. Números con personas detrás que atienden y acompañan a personas a las que esta pandemia ha venido a profundizar en su situación social de exclusión y pobreza.

Por favor: no se lo digan a nadie. Sigan escondidos como escondidas están las semillas en el surco. Escondidas y rompiéndose para poder general vida y dar fruto. Calladitos y activos, como hormiguitas que construyen el nido de la caridad y de la solidaridad en su derredor. No hace falta que canten como la Cigarra las glorias de sus trabajos, porque cantar autosatisfechos es la prueba de dedicar el tiempo a uno mismo, en lugar de dedicarlo a los demás. Callados como la colmena en la que las obreras disponen la dulce miel que a otros alimenta y los panales en los que otros habitan, posibilitando el nacimiento de las nuevas generaciones. Callados y disponibles. No importa que no se oiga, que nadie lo diga, que todos lo ignoren. No pasa nada, pues es un trabajo hermoso transcrito en el gran libro de la vida que solo Dios debe leer.

Mi aplauso hoy para los boinas-rojas que, cuando nadie se arriesga, ahí andan con mascarillas y distancias, acogiendo y acompañando. ¡Qué patrulla!