OPINION

Te o café

Opinión mallorcadiario.com

Jaume Santacana | Miércoles 02 de octubre de 2019

Durante muchísimo tiempo, desde que tengo uso de razón (resulta que en un período largo de mi existencia yo tenía razón pero no la usaba; ahora, no sólo hago uso de ésta si no que, además, siempre la tengo... la razón) he oído hablar de estos dos brebajes de fama mundial y de disfrute masivo y universal. ¿Qué van a tomar ustedes, te o café?, es la gran pregunta, aunque su formulación depende del territorio en concreto y de sus tradiciones. Para poner algún ejemplo: si uno se encuentra en cualquier país de la orbita de la Commonwealth o, por otro lado, transita por el circuito árabe, la cuestión se planteará situando el te como prioridad, es decir como primera opción ante la disyuntiva. Si, por el contrario, usted se halla en Cuba, o en Costa Rica o en el África más negra o, incluso en Alemania, el ofrecimiento empezará citando el café como primera instancia.

Independientemente del orden de los factores, un servidor tiene y ha tenido desde su llegada al Valle de Lágrimas (más o menos) una opinión muy personalizada del tema o, si me apuran, de la polémica entre los dos contendientes bebestibles. Si se me adviertese -por parte del público lector- del hecho de no estar nada interesado en el tema y, mucho menos en su desarrollo o, incluso, en conocer mi personal visión temática, les invitaría a guardarse su advertencia allí donde les quepa y que se dedicaran, con todo el respeto, a mirar estampillas de santos o sábados de luxe en la tele.

Superada esta encrucijada circunstancial entre mi persona y mis posibles o potenciales lectores, me dispongo a relatarles mis pensamientos -superficiales y poco científicos, eso sí- sobre el te y el café: para decirlo lisa y llanamente, estableceré una comparación inmediata que, por odiosa que resulte -ya se sabe- la lanzo al vacío sin paracaídas ni nada que se le parezca. Ahí va: el te es una bebida elegante, suave, refrescante, llena de señorío y savoir faire, distinguida y con tendencias netamente aristocráticas y elitistas, refinada y estilosa; el café, en su turno, resulta ser un liquido de una oscuridad dudosa y tirando a desaseado, ordinario, vulgar, hortera, humilde en su acepción más vil y modesto en su acepción más humilde.

En resumidas cuentas, no se yo si, en realidad, han quedado lo suficientemente claras mis preferencias por uno u otro mejunje. Me parece que he sido meridiano. Lo cierto y real es estudiar quién o quiénes forman el universo que utilizan cada uno de los citados potingues: el te es bebida de nobles, intelectuales, artistas, nominados al Premio Nobel, músicos de élite, grandes pensadores y humanistas, fumadores de pipa, geógrafos y otras clases dominantes; a su vez, el público que suele tomar café se basa en un personal de baja estopa, gente que se levanta al alba, chusma en general, ladrilleros y fontaneros, marineros de borrachera fácil, futbolistas, funcionarios y trabajadores de sucursal bancaria, dentistas y maestros, pilotos de Ryanair o estafadores de guante blanco.

Visto lo visto, se trata, simplemente, de hacerse a la idea de las diferencias existentes entre estos dos mundos y preguntarse, a escondidas, a qué clase, uno, desearía pertenecer, si es que todavía está a tiempo de pasarse de bando, rectificar y demostrar al mundo que se tiene voluntad y capacidad de sacrificio.

Yo -y así lo confieso con orgullo- soy de te. No he dicho “soy más de te”, sino que “soy de te”; para que quede claro o por si alguien no lo hubiera percibido con claridad.

Y, ya puestos, les brindaré otra intimidad: jamás, jamás de los jamases ni nunca de los nuncas, he probado el café; ¡ni un sorbito, oigan!

Mi estilo y mi clase no me lo permitirían y yo no me lo perdonaría en la vida y en la muerte si algún día me diera por beber un trago de café.


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