La pregunta es si la democracia está en peligro. He leído que de los 167 países que componen el planeta solo 71 lo son, y de estos, 25 pueden asegurar que lo hacen de manera plena. En este aspecto destacan los tres estados nórdicos europeos. Se puede decir que Europa es el gran reducto de la democracia que impera en el ámbito occidental.
Hay naciones, como España, donde el sistema se convirtió en un deseo irrefrenable al sufrir 40 insoportables años de dictadura y que se quedó fuera del renacer que supuso el final de la Segunda Guerra Mundial. Al cabo del tiempo lo conseguimos y nos incorporamos a las organizaciones del mundo moderno más proclives a garantizar el sistema. No obstante, esa proporción que se refleja en el encabezado de este artículo denota la fragilidad de un régimen político que se debilita a nivel global. Esta debilidad afecta a una falta de confianza en las cosas en las que hemos creído hasta ahora, y en la duda de si nuestra arquitectura social, jurídica y cultural se sigue asentando sobre las mismas bases sólidas.
La democracia surge de una tradición clásica y tiene su origen en la elección de modelos que provienen de la filosofía, el derecho y la moral, que bien podrían estar representadas por la presencia del tridente formado por Roma, Atenas y Jerusalén. A esa cultura pertenecemos históricamente y los pueblos que han terminado conformando nuestra unidad se han organizado en torno a estas formas de entendimiento, salvo algunas excepciones aisladas. Lo que se detecta en el tiempo actual es que la acción globalizadora tiene más que ver con la geografía y las relaciones económicas que con lo político. También es cierto que los intentos de uniformidad ideológica del planeta provienen de los deseos utópicos de algunos bloques progresistas, relegando el sistema democrático liberal a una rareza propia de países avanzados.
Es interesante leer lo que escribe Haldane cuando cree ver en los descubrimientos científicos de principios del siglo XX una posibilidad para implantar el pensamiento único en el planeta. Esa lucha final de la que se habla en los cánticos. La utopía ha hecho fracasar a muchos intentos democráticos que se han convertido en terribles dictaduras o en autarquías camino de serlo. Uno de los síntomas que denota esa debilitación del sistema se detecta en la sospecha de la falta de independencia y objetividad en el reparto de los poderes establecidos por Montesquieu. Últimamente está en almoneda el poder judicial, al que se le acusa de actuar inspirado por la influencia de sectores ajenos a su función de imparcialidad. Quiere esto decir que la ideología interviene también en el órgano que arbitra la limpieza del sistema, con lo cual ponemos al lobo al cuidado de las ovejas. Esto podría ser considerado una rareza, una tentación por el control absoluto del poder en manos de aquellos que creen que les pertenece por derecho propio, ya sea por haberlo ostentado toda la vida, o por merecerlo debido a ser tradicionalmente desprovistos de él.
Sin embargo, miro a mi alrededor y compruebo cómo este problema deja de ser un aspecto local de la situación y se generaliza a medida que pertenece al ámbito de los arbitrajes globales que intentan ordenar al mundo bajo una sola idea indiscutible. Me sirve el ejemplo de la aceptación de la Corte Penal Internacional, que pasa a ser una herramienta inocua de tantas que provienen de eso que se denomina Naciones Unidas y que en muchos aspectos representa la desunión. Ahora Marco Rubio promueve su desaparición y Delcy Rodríguez anuncia que se separará de su cobertura internacional. ¿Cómo se puede explicar esto? A pesar de todo, confío en que la semilla que da pie a nuestro universo occidental y democrático no se malogre y siga latente esperando tiempos mejores para renacer.
Trump debe ser pasajero. Lo otro tiene que permanecer. Sería terrible que las sociedades eternicen sus problemas en función de las acciones disparatadas de los hombres que las gobiernan. Afortunadamente desparecen y su recuerdo queda como una lección para no volverlo a repetir. Es cuestión de paciencia y de mantener la fe en las cosas en las que se cree. Si no es así, todo estará perdido.