OPINION

Lo que el fútbol no define

Daniel Molini Dezotti | Martes 21 de julio de 2026

Un hombre, en el siglo pasado, preocupado por la sinrazón de la guerra que azotaba una región del planeta, y teniendo la certeza de que la paz era un bien que debía ser conseguido, dedicó tiempo y esfuerzos para instalar en la conciencia de pueblos y estados, que los acuerdos internacionales eran imprescindibles.

Muy cerca de allí, otro hombre, en este caso médico, abría caminos para entender qué sucedía con las hormonas, sobre todo con aquellas que regulaban el azúcar en la sangre, conocimiento necesario para mejorar el tratamiento de la diabetes.

Como era un grandísimo maestro, un discípulo suyo, que además de médico era bioquímico y farmacéutico, continuó la senda iniciada, aportando nuevos horizontes en el manejo de las enfermedades relacionadas con el metabolismo de los azúcares, que años después serían aplicados en el diagnóstico y tratamiento de enfermedades metabólicas.

Tuvieron que pasar un par de lustros para que otro señor, al socaire de la tradición humanista, diese respaldo moral y político a movimientos de derechos humanos, ayudando a proteger a víctimas de dictaduras y a consolidar la defensa de la dignidad en más de medio continente americano.

Yendo y viniendo por el mundo, otro señor, centró sus esfuerzos para desnudar de secretos los anticuerpos monoclonales, que hoy se usan en análisis de laboratorio y en medicamentos dirigidos a curar cánceres y patologías autoinmunes, beneficiando a millones de pacientes.

Gracias a ese señor, se mejoró la detección de tumores, infecciones y se logró evitar o reducir el rechazo de trasplantes.

Los mencionados de forma genérica, actuando a lo largo de distintas épocas, terminaron siendo reconocidos con medallas de oro, valiosas, ilustradas en el anverso con el retrato del señor que inventó la pólvora, y en el reverso una inscripción en latín donde se explican los motivos por la que fue obtenida.

Así, si la vinculación era con el arte de curar o la biología, podía leerse: “Aquellos que con sus inventos han embellecido la vida”, en los otros casos: "Por la paz y la fraternidad de los pueblos”

Tiempo después, una señora, experta en ecología y biodiversidad, con investigaciones trascendentales para entender el deterioro de los ecosistemas y las especies, el modo en que afecta a las sociedades comprometiendo la salud, no recibió ninguna medalla, pero sí un premio importante que lleva el nombre de una princesa. Su solvencia intelectual le permite advertir y reclamar políticas globales para prevenir catástrofes climáticas.

Otra señora, destacada en el conocimiento de los virus, que desarrolló test para paliar la epidemia de Covid que padecimos, y otros flagelos que todavía enferman, sigue desarrollando su labor sin saber si alguna vez va a tener un reconocimiento que vaya algo más allá del que le tienen sus pares.

Si regresamos a los hombres, también benefactores, deberíamos mencionar a un par de ellos, pioneros en desarrollar técnicas avanzadas de cirugía cardiovascular, que tras realizar los primeros bypass aortocoronarios convirtieron a la técnica en referencia internacional mundial para el tratamiento de las enfermedades coronarias.

En este punto concluye una pequeña relación de hombres y mujeres con nombre propio, con una única vinculación que los hace iguales, su lugar de nacimiento: Argentina.

Alguna vez, quizás por determinados aniversarios o conmemoraciones el brillo de lo que hicieron asoma a la prensa, por supuesto, no en grandes titulares, por eso su presencia en la memoria colectiva se va difuminando.

Carlos Saavedra Lamas y los que fueron enumerados a continuación y galardonados con el Premio Nobel: Bernardo Houssay, Luis Federico Leloir, Adolfo Pérez Esquivel y César Milstein, no recibieron grandes atenciones

Tampoco Sandra Myrna Díaz, Andrea Gamarnik, Domingo Liotta o René Favaloro, quienes de niños cantaron en los colegios un himno integrador: “Oid mortales el grito sagrado, libertad...” y tras el paso por las aulas consiguieron ser excepcionales en virtudes y conocimientos sin dejar de pertenecer a una comunidad que en los últimos días muchos periodistas y creadores de contenido se encargaron de estigmatizar, generalizando de mala manera.

No eran soberbios ni agrandados, tampoco prepotentes, sabían perder de hecho les costó perder mucho para obtener resultados, no eran arrogantes, ni macarras por naturaleza.

Eran sí argentinos, y si no consiguieron contagiar a todos sus cualidades excelentes, fue porque los comportamientos de los individuos no se transfieren a la sociedad como si tuviesen carácter transitivo.

Eso, que parece una obviedad, deberían saberlo los que opinan, escriben, o generalizan hablando de los argentinos, cuando lo único que están describiendo es el comportamiento en la cancha de algunos jugadores, que no se compadecen con los valores de la mayoría.

El 2 de junio de 1978, en el auditorio de la Asociación Interamericana de Escritores en Buenos Aires, exactamente a la misma hora en que la selección argentina debutaba contra Hungría en el campeonato mundial que a la postre ganó, Jorge Luis Borges dictaba una conferencia sobre la inmortalidad.

Todos argentinos, algunos no jugaban al fútbol, a otros no les gustaba ni les gusta, pero todos, si pudieran, felicitarían al nuevo campeón del mundo: España.


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