Dicen desde Moncloa que Europa le ha dado un aval al Gobierno con lo de la amnistía. Se insiste en lo de la reconciliación, con lo cual el argumento se tuerce para justificar el porqué se cambió de opinión al día siguiente de las elecciones de 2023. El día antes se aseguraba que la amnistía era inconstitucional, pero después todo fue distinto. Hemos estado equivocados los que pensábamos que eso quebraba la legitimidad del presidente, pero la realidad es que la única manera de normalizar la situación era que alguien del talante de Sánchez sería el único capaz de lograrlo y para eso tenía obligatoriamente que ser investido, aún a costa de contradecirse con lo mantenido en campaña.
Hay cuestiones que están por encima de la limpieza democrática. En esencia el proceso electoral es un contrato que se celebra con la ciudadanía por medio de aquello que Anguita denominaba programa. Hacer lo contrario es traicionar esa promesa electoral y, por tanto, vulnerar ese contrato. Luego está lo de la realpolitik que hace de la necesidad virtud y se salta todos los principios con tal de conseguir sus objetivos.
La historia del sanchismo, desde su origen en aquel nefasto Comité Federal, va de lo mismo: el conocimiento de que un nuevo estilo se iba a imponer para el que no existen líneas rojas. El tiempo pone las cosas en su sitio y la razón siempre estará del lado de quien gana. El mundo ha cambiado. Ciertamente ya no imperan los mismos valores que en las viejas normas democráticas y aparecen signos de autarquía que modifican y matizan a los viejos conceptos.
Realidades como las de Venezuela y la solución Trump hacen que el antiguo régimen salte por los aires. Los que creíamos en esos principios estamos anticuados y seremos denostados y cancelados si nos atrevemos a enfrentarnos a la nueva verdad que administra al planeta. No importa que todos sepamos que una promesa de amnistía fue el precio de una investidura. La verdad es lo que dice un tribunal, porque las circunstancias cambian y lo que ayer se veía de un color hoy tiene necesariamente que verse de otro bien diferente.
Nadie se cree lo de la reconciliación. La reconciliación es una palabra hueca mientras se siga manteniendo el pleito histórico pendiente, como lo fue la de 1978 dinamitada más tarde por Zapatero. Admitamos que la resolución del tribunal de Luxemburgo es una victoria para los que planteaban la amnistía como eje fundamental de su acción política, pero esto no altera la esencia de las cosas. Los ciudadanos seguirán teniendo la sensación de que fueron engañados; de que alguien los llevó a las urnas con la promesa de que no haría lo que había pensado hacer. No tenía otra. En esa mentira hemos vivido los últimos años, y lo peor es que intentan convencernos de que era estrictamente necesario.