Por Laura Barboyon - Mireia Alfonso
La doctora en Educación y profesora del Máster del Profesorado Laura Barboyon, junto a la maestra de Educación Primaria y preparadora de oposiciones Mireia Alfonso, advierten de que los elevados suspensos reflejan carencias acumuladas, una falta de exigencia sostenida y una creciente dependencia de los autocorrectores.
Los elevados porcentajes de suspensos registrados en diferentes oposiciones docentes han reabierto el debate sobre la preparación de quienes aspiran a ejercer como maestros y profesores. Las faltas de ortografía y los problemas de expresión escrita han centrado buena parte de la polémica, pero para la doctora en Educación y profesora del Máster del Profesorado Laura Barboyon estas carencias no aparecen el día del examen, sino que son el resultado de deficiencias arrastradas durante años.
“Cuando una persona llega a una oposición con problemas importantes de escritura, no ha empezado a fallar en ese momento. Es una dificultad que probablemente lleva años arrastrando y que no se ha corregido o penalizado suficientemente”, explica Barboyon.
La experta considera que los resultados deberían abrir una reflexión sobre el nivel de exigencia mantenido a lo largo de todo el proceso formativo. Si un estudiante supera las distintas etapas educativas sin que sus errores de escritura tengan consecuencias relevantes, el problema termina haciéndose visible cuando afronta una prueba en la que la corrección ortográfica sí forma parte de la evaluación.
No obstante, Barboyon subraya que la responsabilidad no recae únicamente sobre el sistema educativo. También considera imprescindible el compromiso individual de quienes aspiran a ejercer la docencia, una profesión que exige formación permanente, capacidad de comunicación y actualización continua.
La maestra de Educación Primaria y preparadora de oposiciones Mireia Alfonso comparte este análisis y advierte de que determinadas faltas de ortografía no pueden entenderse como simples despistes.
“Un error puntual puede deberse a la rapidez con la que se escribe un examen, pero encontrar numerosas faltas graves en un mismo ejercicio refleja una escritura deficiente y evidencia carencias importantes en la formación de quien aspira a convertirse en docente”, señala.
Alfonso recuerda que los maestros y profesores no solo transmiten conocimientos, sino que constituyen un modelo permanente para su alumnado.
“Nuestra profesión implica enseñar, corregir y servir de referencia. Si un docente no domina correctamente la lengua escrita, difícilmente podrá transmitir ese aprendizaje a sus alumnos. Y esto no afecta únicamente a la asignatura de Lengua: la escritura está presente en todas las materias y en toda la actividad educativa.”
La ortografía no es el único criterio, pero sí una competencia profesional
Ambas especialistas coinciden en que la ortografía, por sí sola, no determina la calidad de un profesor. Un docente puede destacar por su capacidad para explicar contenidos, gestionar un aula o conectar con el alumnado. Sin embargo, consideran que la corrección escrita constituye una competencia profesional básica e imprescindible para ejercer la enseñanza.
“Todo lo que un profesor escribe en una pizarra, en un examen o en un material educativo puede ser reproducido por sus alumnos. No se puede enseñar correctamente aquello que no se domina”, afirma Barboyon.
Esta exigencia, añaden, debe aplicarse con independencia de la especialidad o de la etapa educativa, ya que todos los docentes elaboran materiales, corrigen trabajos, redactan informes y mantienen una comunicación escrita constante con estudiantes y familias.
Un problema anterior a la inteligencia artificial
Barboyon rechaza que la inteligencia artificial sea la causa principal de las deficiencias detectadas. A su juicio, el fenómeno comenzó mucho antes con la generalización de los teléfonos móviles, los autocorrectores y los sistemas de escritura predictiva.
“El autocorrector resuelve el error, pero no necesariamente enseña a escribir. Cuando desaparece esa ayuda y la persona se enfrenta a un folio en blanco, aparecen dudas que la tecnología había estado ocultando.”
Las especialistas consideran que estas herramientas pueden resultar útiles siempre que complementen el aprendizaje, pero advierten de que no pueden sustituir la lectura, la escritura frecuente ni la corrección consciente de los errores.
La exigencia debe comenzar desde las primeras etapas
Para Mireia Alfonso, la solución no pasa únicamente por endurecer las oposiciones, sino por mantener criterios rigurosos desde los primeros años de escolarización.
“La corrección ortográfica debe trabajarse desde Primaria. Si un alumno no sabe por qué una palabra está mal escrita ni recibe una corrección constante, difícilmente interiorizará esas normas cuando sea adulto. La buena ortografía se aprende con práctica, constancia y siendo rigurosos en su corrección.”
Las dos expertas coinciden en que los elevados suspensos no representan el nacimiento del problema, sino el momento en el que una prueba especialmente exigente pone de manifiesto deficiencias que llevan años acumulándose. Por ello, consideran que el debate debe servir para revisar el conjunto del recorrido educativo y reforzar la comprensión lectora, la expresión escrita y la exigencia académica desde las primeras etapas de formación, sin esperar a que esas carencias afloren cuando los futuros docentes se enfrentan a una oposición.