La tragedia que está sufriendo Venezuela con los terremotos, réplicas, fallecidos, damnificados y los rescates de personas nos tienen consternados, más cuando siempre se la ha considerado, con razón, una parte más de Canarias o viceversa. No sólo es la conformación de una unidad sentimental que se ha forjado a base de esfuerzo personal, inculturación mutua y descendencia familiar, que empezó por aquella búsqueda imperiosa de recursos económicos por parte de los isleños. Antaño nuestro refugio, primero fue Cuba, en momentos de crisis económica en nuestra tierra, donde se salía en dirección a esos dos países buscando el sustento básico y una prosperidad que en nuestras islas estaba vedado. Además, el país lleva décadas de crisis política, corrupción elitista, emigración obligada, populismo sangrante, que ha llevado, necesariamente, a lo que se denomina Estado fallido, que viene a significar aquel que no puede garantizar su propio funcionamiento o los servicios básicos a la población, lo que estamos comprobando fehacientemente.
En situaciones extraordinarias suelen florecer tanto las virtudes como los desengaños en el más amplio espectro de los dos significados. Dejamos de lado lo nocivo, que ya bastante hay y vamos a centrarnos en lo provechoso, que se está desbordando en casi todas las personas que dentro de Venezuela y por todo el mundo están ayudando, según capacidades o posibilidades. La solidaridad es una de las virtudes humanas más nobles, con esa disposición interior que impulsa a la ayuda y comprensión del necesitado, con el convencimiento profundo de alejarse de la soledad e inmiscuirse plenamente en la comunidad. En este sentido, la solidaridad adquiere su verdadera dimensión humana cuando se une a la misericordia, esa capacidad de conmoverse ante el dolor ajeno y actuar para aliviarlo.
Se trata de compartir incluso cuando no abunda, con una mirada amplia de sensibilidad, detectando el dolor de los demás y respondiendo rápido para remediar lo que se pueda en cada caso concreto. En la sociedad individualista en que estamos inmersos, donde parece que sólo vale el éxito o progreso personal, la fraternidad se convierte en una actitud provocativa, diríamos subversiva. Es vivir en contra de la indiferencia, ahogando, a base de entregarse, el egoísmo, para auxiliar especialmente a los más vulnerables. La solidaridad no puede pararse en la tranquilidad de la conciencia por hacer, decir o donar algo, ya que, para ser auténtica, necesita ir más allá, ser verdadera, no quedarse en la acción externa, es algo, pero no es mucho, tiene que implicar interioridad, acercándose al sufrimiento humano. Es la dignidad intacta que se merece toda persona, incluso en medio de la adversidad más terrible o amarga.
Cuando la ayuda se convierte en una acción mecánica, sin poner algo de uno mismo, no tiene ningún sentido más allá de la soberbia de sentirse indispensable. Vale materialmente, pero pierde todo su valor intrínseco, interioridad desinteresada, ya que hay que buscar el acompañamiento y sostener en la medida en que se pueda, sin tratar de medir la cantidad, sino de disfrutar de la calidad, como hacer grande lo pequeño con gestos insignificantes, que son enormes cuando urgen, escuchando pacientemente a quien lo solicita, estar ahí con el solitario cuando lo demande, ofreciéndose sin esperar nada a cambio. Todo vale cuando se trata de auxiliar solo por el mismo hecho de hacerlo posible.
En Venezuela estamos viendo a muchos héroes anónimos que destilan un gran poder solidario y contagioso. Un tejido social armonioso y desinteresado. Una sociedad civil enrabietada que se ha adelantado, a base de unir sus manos, a la ineficiencia de un poder público sobrepasado, inútil y fracasado. Dentro de tanta devastación, surge la humanidad que hace más llevadera las dificultades, que no desaparecen, pero son más tolerables cuando se enfrentan colectivamente en medio del cuidado mutuo.
En este contexto nada es fácil, exige esfuerzo, quitar prejuicios, dedicar tiempo y energía a los demás, con renuncias y sacrificios. Pero es precisamente en ese ejercicio donde la persona crece, se enriquece interiormente y encuentra un sentido más profundo a su existencia. Al final, lo que verdaderamente nos define no es lo que tenemos, sino lo que somos, siendo capaces de dar y compartir con los demás.