El llamado entorno de Zapatero y hasta el propio Pedro Sánchez, en sus declaraciones desde Bruselas, ha dicho que 2007 no es lo mismo que 2026, siguiendo con una estrategia exculpatoria basada en el reconocimiento de unos hechos que pasan a ser normales por ser habituales. Se afirma que las joyas en 2007 no valían lo mismo que en 2026, pero tampoco lo hacía la vivienda ni la cesta de la compra, cuando llenabas un carro con 50 euros y ahora no llegas a la mitad con 100.
Estas técnicas se dan de bruces con el revisionismo histórico y con las leyes de memoria instituidas por el ínclito expresidente. Pero, en fin, parece que no existe otra cosa a la que agarrarse. Admitiendo que lo que se persigue es la prescripción de un supuesto delito y la anulación de las pruebas nombrando defensor a un procesalista, se está intentando amortiguar su impacto moral por el argumento de la generalización.
Hasta ahora solo había hablado el entorno, que es como esos expertos de los que nadie conoce el nombre, un exministro famoso por regalar bombillas y reducir la velocidad en las autopistas, con poco acierto, y un antiguo colaborador que ejerce de periodista en las tertulias y que consiguió ser presidente del Ateneo de Madrid por las presiones de su partido. A estos intentos se suma ahora el presidente del Gobierno con el riesgo de verse más afectado de lo que está si la cosa no sale bien, y demostrando que la contundencia es algo relativo: puedes serlo con los amigos del Peugeot, o el Mercedes, o lo que fuera, pero no con quien has paseado por todos los mítines en las últimas campañas electorales.
La contundencia y la rotundidad son términos que han sido devaluados hasta lo indecible, se han roto de tanto usarlos, como diría la más grande. Aquí no hace falta conocer el sumario, del que se dice que solo aflora un 5%, ni establecer teorías jurídicas sobre la estrategia procesal, ni siquiera sacar a relucir ese instinto visceral que provoca en algunos la necesidad de un cambio. Aquí los hechos se muestran claros solo con ver las reacciones de los que se sienten afectados sin estarlo directamente. Luego vendrá el tiempo de las rectificaciones y de pedir perdón. Bastaba con la presunción de inocencia; no hacía falta ir más allá.
Entiendo que todas estas manifestaciones de entornos anónimos, ahora materializadas en la figura de Sánchez, vayan dirigidas a tranquilizar a una militancia y a unos votantes que se sienten inquietos a la vista de lo que ofrecen los medios de comunicación. La reacción se presenta en varios frentes: la conspiración judicial, que atenta contra la independencia de los jueces, el acoso de los medios que constituyen la máquina del fango, pero son la garantía constitucional de la libertad de expresión, y hasta la mano negra de Trump, que no nos perdona el no a la guerra y el no aportar a la OTAN. Ninguno de estos argumentos sirve para nada y menos aún decir que se trata de un atentado a la democracia, como si ese concepto fuera patrimonio del progresismo, que lo interpreta y se lo salta cuando le conviene.