Adolescencia canaria, turismo y justicia en una economía de dependencia
Nuestros hijos e hijas no son santos. Se equivocan. Discuten. Cometen imprudencias. A veces cruzan líneas que no deberían cruzar. Pero tampoco son los monstruos de todos los cuentos.
Sin embargo, en Canarias existe una sensación cada vez más extendida entre muchas familias: cuando se produce un conflicto entre un turista y un joven local, la balanza parece inclinarse demasiado rápido hacia una dirección. El visitante aparece como víctima. El adolescente canario aparece como sospechoso.
¿Es realmente así?
¿Existen datos que lo demuestren?
¿O estamos ante una percepción colectiva nacida de una realidad más profunda: la dependencia económica del turismo y la forma en que ésta moldea nuestra visión de quién merece protección y quién merece sospecha?
Este artículo no pretende demostrar una conspiración. Pretende plantear una pregunta incómoda. Una pregunta que afecta a la justicia, a la psicología social y al modelo económico de Canarias.
El turismo no es solo una actividad económica
Cuando hablamos de turismo solemos pensar en hoteles, apartamentos, restaurantes o aeropuertos. Pero el turismo es mucho más. Es una forma de organizar una sociedad.
Canarias recibe cada año millones de visitantes. La economía del archipiélago depende en gran medida de ellos. Miles de empleos, inversiones y decisiones políticas giran alrededor de la industria turística. Esto tiene consecuencias.
Cuando una economía depende de un sector concreto, ese sector acaba influyendo en las prioridades institucionales. No necesariamente de forma consciente, simplemente ocurre. Por eso el Estado español dispone de programas específicos de protección al turista, como el Plan Turismo Seguro y el Servicio de Atención al Turista Extranjero (SATE), destinado a facilitar denuncias, traducciones y acompañamiento a visitantes que sufren delitos.
Todo ello es razonable. El problema aparece cuando la protección legítima del visitante termina convirtiéndose en una atención desigual respecto a quienes viven aquí.
La víctima ideal
El criminólogo noruego Nils Christie desarrolló un concepto fundamental para comprender este fenómeno: la víctima ideal.
La víctima ideal es aquella persona que la sociedad reconoce inmediatamente como víctima legítima. No necesita demostrar demasiado. Su credibilidad viene incorporada. Suele reunir varias características: parece vulnerable, resulta respetable, no genera miedo. Es percibida como ajena al conflicto. Despierta empatía inmediata.
En Canarias, el turista encaja fácilmente en esta imagen. Está fuera de casa. No conoce el entorno. Puede tener dificultades con el idioma. Ha venido a descansar.
A ojos de gran parte de la sociedad, es una figura fácilmente identificable como víctima.
El victimario ideal
Toda víctima ideal necesita un victimario ideal. Y aquí aparece un fenómeno preocupante. En muchos relatos sociales, el joven local ocupa ese papel. Especialmente si es: adolescente; varón; de clase trabajadora; residente en barrios populares; visible en espacios públicos.
No hace falta que haya cometido un delito. Basta con que encaje en una imagen social previamente construida.
Howard Becker llamó a este fenómeno etiquetamiento social. Las sociedades crean categorías y después interpretan los hechos a través de esas categorías. La etiqueta precede a la investigación. Y cuando eso ocurre, la justicia empieza a correr el riesgo de confundirse con el prejuicio.
Canarias y la psicología colonial
Aquí aparece un elemento especialmente importante. Canarias es una potencia turística. Pero también es un territorio históricamente dependiente de decisiones tomadas fuera de sus fronteras. La dependencia económica genera una determinada psicología colectiva: el visitante representa ingresos, representa empleo, representa estabilidad económica.
Y cuando alguien representa tanto valor económico, la sociedad tiende a protegerlo. Mientras tanto, el joven local aparece como alguien que puede alterar el orden.
La consecuencia es sutil. No se trata necesariamente de una discriminación consciente. Se trata de una jerarquía invisible.
La mirada institucional puede terminar siendo más sensible al malestar del visitante que al malestar del residente. Especialmente si ese residente es joven.
Los medios y la construcción del sospechoso
Los medios de comunicación desempeñan un papel fundamental. Cuando un turista denuncia una agresión, el relato suele ser inmediato. Cuando un adolescente local denuncia discriminación, pobreza, abandono escolar o falta de oportunidades, la atención mediática suele ser mucho menor. Esto genera una asimetría narrativa. Unos conflictos aparecen y otros desaparecen.
Unos dolores son visibles. Otros permanecen ocultos. Y con el tiempo la sociedad acaba interiorizando un mensaje muy simple: el turista es vulnerable y el joven local es problemático.
Los centros de menores: cuando la víctima se convierte en sospechosa
Este fenómeno se observa con especial claridad en los centros de protección de menores. En España existen decenas de miles de menores tutelados. La inmensa mayoría no están allí porque hayan cometido delitos. Están allí porque han sufrido: abandono, violencia, negligencia, pobreza extrema y situaciones familiares insostenibles.
Son víctimas. Sin embargo, frecuentemente son percibidos como amenazas. La sociedad deja de preguntarse: “¿Qué les ocurrió?” Y comienza a preguntarse: “¿Qué harán?”
La víctima desaparece. Aparece el sospechoso.
Qué ocurre cuando denuncia un turista
La cuestión central de este artículo no es negar la existencia de delitos. Los delitos existen. Los turistas también pueden ser víctimas. La pregunta es otra.
¿Se investiga con la misma intensidad todas las versiones?
¿Se escucha con el mismo interés al adolescente local que al visitante?
¿Se concede la misma credibilidad inicial?
Actualmente no existen estadísticas públicas suficientemente detalladas que permitan cruzar: nacionalidad de la víctima, condición turística, origen del denunciado, resultado judicial.
Y precisamente por eso necesitamos más transparencia. Porque una democracia sana no teme a los datos. Los busca.
Lo que necesitan nuestros jóvenes
Si realmente queremos reducir conflictos, la solución no es únicamente policial.
Nuestros jóvenes necesitan vivienda asequible, empleo digno, salud mental accesible, psicólogos en los centros educativos, espacios deportivos, cultura, mediación comunitaria, participación política.
Necesitan sentirse parte de la sociedad. No sospechosos permanentes dentro de ella.
Cambiar el foco
Durante años Canarias ha desarrollado una enorme capacidad para escuchar al visitante. Quizás haya llegado el momento de desarrollar la misma capacidad para escuchar a sus propios hijos e hijas. No porque sean mejores. No porque sean inocentes por definición. Sino porque también tienen derechos. Porque también merecen justicia. Porque también merecen presunción de inocencia. Y porque ninguna sociedad democrática debería aceptar que el valor económico de una persona determine el valor de su palabra.
Defender a nuestros jóvenes no significa justificar sus errores. Significa exigir que sean juzgados por los hechos y no por las etiquetas. Significa recordar que el adolescente canario no es un problema que haya que gestionar. Es una persona que hay que comprender. Y significa preguntarnos algo que pocas veces se formula en voz alta:
¿qué ocurre cuando una sociedad aprende a proteger mejor a quienes vienen una semana que a quienes han nacido y crecerán toda la vida en ella?
Esa pregunta no es solo jurídica. No es solo psicológica. No es solo política. Es una pregunta sobre el tipo de sociedad que queremos ser.
Bibliografía