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Cuando la SER dejó de ser la SER

Antonella Aliotti | Lunes 25 de mayo de 2026

La crisis actual no empezó ahora.

Las tensiones recientes dentro de PRISA y la Cadena SER, las polémicas alrededor de figuras históricas o la sensación creciente de desconexión con parte de su audiencia progresista no son un fenómeno nuevo.

Son el resultado visible de una transformación lenta. Silenciosa. Profunda.

Una mutación editorial y política que lleva años produciéndose en muchas delegaciones territoriales y que en lugares como Canarias se percibe desde hace tiempo.

Porque la pregunta ya no es únicamente qué audiencia tiene la SER. La pregunta es otra:

¿Qué representa hoy?

Durante décadas, la SER fue identificada como el gran espacio radiofónico progresista del país. La voz de la transición democrática, del periodismo crítico y de determinadas luchas sociales.

Pero la concentración mediática, la dependencia publicitaria y la necesidad de mantener equilibrios políticos y económicos fueron modificando progresivamente ese papel.

PRISA pasó de ejercer una línea editorial relativamente reconocible a construir un modelo mucho más adaptable a poderes territoriales, intereses económicos locales y equilibrios institucionales. Y esa adaptación no fue homogénea.

Cada territorio desarrolló su propia deriva.

En Canarias, especialmente alrededor de Radio Club Tenerife, el cambio lleva años siendo perceptible para una parte de la audiencia crítica.

No necesariamente mediante discursos explícitamente conservadores. Sería demasiado simple decirlo así.

La transformación opera de manera más sofisticada: Selección de tertulianos, jerarquización de noticias, construcción de consensos, silencios informativos, legitimación de determinados sectores empresariales y tratamiento desigual de conflictos sociales dependiendo de quién afecten.

En una comunidad profundamente dependiente del turismo, de la construcción y de redes empresariales muy consolidadas, el ecosistema mediático acaba funcionando muchas veces como espacio de estabilización del poder. No de confrontación con él.

Uno de los fenómenos más interesantes en Canarias es cómo ciertos discursos nacionalistas aparentemente moderados terminan actuando como mecanismos conservadores.

No hablamos aquí del nacionalismo cultural o popular. Hablamos del nacionalismo institucional. Ese que defiende la “canariedad” mientras protege el modelo turístico extractivo; habla del territorio sin cuestionar realmente quién lo explota y critica Madrid mientras mantiene intactas las jerarquías económicas locales.

Y muchos medios locales, incluyendo espacios de enorme influencia radiofónica, han terminado funcionando como amplificadores de ese consenso. Un consenso donde el crecimiento turístico rara vez se cuestiona a fondo; la emergencia habitacional aparece despolitizada; el ecologismo crítico suele ser tratado como radicalismo y las voces verdaderamente incómodas quedan progresivamente fuera del marco legítimo.

Es la caída de credibilidad de los grandes medios.

El problema de la SER no es únicamente ideológico. Es también de credibilidad.

La ciudadanía percibe cada vez más la cercanía entre: Medios, poderes económicos, instituciones y grandes anunciantes.

Y eso erosiona la confianza. Aunque los datos de audiencia sigan siendo altos en muchos territorios. Porque una audiencia no garantiza legitimidad política o ética. A veces solo refleja costumbre. O ausencia de alternativas suficientemente fuertes.

La SER sigue utilizando una estética progresista nacional: feminismo moderado; defensa institucional de derechos; oposición parcial a la extrema derecha, discurso democrático liberal.

Pero territorialmente, muchas delegaciones funcionan desde lógicas mucho más conservadoras o acomodaticias. Y esa contradicción empieza a ser demasiado visible. Especialmente para generaciones jóvenes o sectores críticos que ya no consumen medios de manera vertical ni aceptan automáticamente el prestigio histórico de una marca.

El problema no es Barceló. Reducir toda esta crisis a nombres concretos sería un error.

No es una cuestión personal. Es estructural.

Lo que ocurre hoy alrededor de ciertas figuras visibles es simplemente la consecuencia final de un proceso iniciado hace mucho tiempo. Pérdida de identidad editorial, dependencia económica, territorialización del relato, progresiva adaptación al poder.

La SER no cambió de un día para otro. Se fue deslizando lentamente hacia un espacio ambiguo. Hasta que parte de quienes crecieron escuchándola dejaron de reconocerse en ella.

Tal vez el verdadero problema de la SER no sea la caída o subida de audiencia. Ni siquiera sus conflictos internos. El verdadero problema es que ya no resulta fácil responder a una pregunta básica:

¿De qué lado está realmente?

Porque cuando un medio pierde una identidad reconocible y se convierte únicamente en gestor del consenso, deja de ser referencia periodística para convertirse en una pieza más del sistema de poder.

Antonella Aliotti Feminista Radical Antirracista, Defensora de la Casa Común, Activista de DDHH y Sociales


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