Tras las elecciones celebradas en los últimos meses en cuatro Comunidades Autónomas (Extremadura, Aragón, Castilla y León y Andalucía) podemos extraer unas conclusiones comunes sobre lo que pone claramente de manifiesto este interesante ciclo electoral. Desde diciembre hasta mayo, cuatro importantes regiones españolas han ejercido su derecho al voto exhibiendo ciertos parámetros comunes, con pequeñas diferencias entre el reparto de escaños y los porcentajes obtenidos por unas fuerzas políticas u otras. Las principales conclusiones que podemos extraer son las siguientes:
La primera, la enorme dificultad de obtener mayorías absolutas existiendo semejante pluralidad de partidos en liza. La dispersión del voto y los efectos de la Ley electoral hacen que hoy resulte prácticamente un milagro obtener un partido hegemónico de parecida manera a lo que sucedía frecuentemente en el pasado electoral español. Debemos acostumbrarnos a vivir épocas de pactos y no de mayorías aplastantes.
La segunda, el triunfo repetido del bloque de las derechas, que está acercándose de forma creciente a obtener más de un 55% del total del electorado en los diferentes comicios celebrados desde diciembre, quedando el bloque de las izquierdas reducido a un entorno del 45%, y con tendencia a la baja. Y mucho más grande va siendo la distancia que separa al PP del PSOE, que se está convirtiendo de forma dramática en tercera fuerza política en algunas provincias importantes, ante la indiferencia absoluta de sus máximos dirigentes nacionales.
La tercera, la necesidad de un acuerdo programático entre PP y Vox, que están condenados a entenderse no solo en las cuatro Comunidades Autónomas que han celebrado elecciones recientes, sino que también lo estarán -con bastante probabilidad- en las elecciones generales a celebrar el año que viene. Sería deseable que el pacto entre ambas formaciones, hoy mayoritarias, se realizara con luz y taquígrafos y desde unos postulados esenciales comunes a toda España, respetando donde sea necesario las peculiaridades regionales. Así todos los electores sabríamos a qué atenernos a la hora de ejercer adecuadamente nuestro voto. Y realizando la lectura correcta de que la enorme diferencia de apoyo electoral existente entre ambos partidos significa que los españoles quieren claramente que gobierne el PP matizado por Vox en algunas materias importantes, no que se apliquen íntegramente las políticas de Vox por chantajear abusivamente al PP.
La cuarta, el auge evidente de la izquierda no sanchista. Con la excepción de las Comunidades Autónomas en las que existen partidos separatistas, todas las demás formaciones que han pactado con Sánchez para sostenerle en el Gobierno central han resultado fuertemente castigadas en sus apoyos electorales autonómicos. Una lectura importante que muchos deben apuntar de cara al futuro.
Y la última es que la única razón de Sánchez para no asumir responsabilidades tras perder tantísimo poder regional es su mera protección personal. Como ha apuntado Guadalupe Sánchez en The Objective, Sánchez se aferra al cargo para combatir el negro panorama judicial de su entorno más cercano, incrementado por la reciente imputación de Zapatero por varios graves delitos. Ser presidente le garantiza la inmunidad de no poder ser detenido, el aforamiento que aboca cualquier imputación al Tribunal Supremo, la necesidad de suplicatorio para procesarle (con la posibilidad de que el Congreso lo deniegue, lo que implicaría sobreseimiento automático), el control de Fiscalía, Abogacía del Estado y las Fuerzas y Cuerpos de seguridad encargadas de las diferentes investigaciones, y el manejo del Tribunal Constitucional para amparos e indultos futuros. ¿Cómo va a marcharse quedándose al pairo sin esa fundamental protección? Que nadie aventure actitudes éticas en un personaje implacable, antiempático y mentiroso. Su único proyecto vital es su propia supervivencia personal.