Una vez entrados en el mes primaveral de mayo y constatados mis setenta y cinco abriles de mi ya extensa edad vital, voy y me doy cuenta de que mi capacidad de asombro y sorpresa no para de crecer cuando, en realidad, debería ya situarse en un estado de pacificación y comprensión propia de lo que se denomina tercera edad.
Un servidor procura, diariamente, beber de fuentes fiables de información, veraces y profesionalmente contrastadas y, de vez en cuando, se topa con noticias que, involuntariamente, le remueven el estómago y le retuercen los sesos.
Eso es, exactamente, lo que me ocurrió hace muy pocos días cuando leí lo referente al pacto político que subscribieron el Partido Popular y VOX con el objetivo de lograr un acuerdo para formar gobierno en la Comunidad de Aragón, después de las casi recientes elecciones celebradas en dicha región.
Una vez leída la noticia en los periódicos más rigurosos en cuanto a información y, para cerciorarme de la veracidad de la misma, no dando crédito a uno de los acuerdos concretos de dicha negociación —concretamente a la referida al idioma catalán en Aragón—, me dispuse a descargarme una copia del artículo original para asegurarme la certeza del documento en cuestión.
Y sí, efectivamente, no existía ningún error en mis sospechas: la disposición era tal cual, fiel a mi primera lectura informativa. El texto, en concreto, se expresa de tal guisa, textualmente: “Librar Aragón de la imposición del catalán”. (sic...). Mi último asidero que consistía en creer que todo era una broma de mal gusto se desvaneció al instante. Dicha norma (ya aprobada en la sesión de investidura del nuevo presidente, el ínclito Jorge Azcón) se situaba en el primer punto del epígrafe 12 de dicho acuerdo; sic transit gloria mundi. En última instancia, pensé que, quizás, hubiera sido más adecuado situar el verbo “liberar” que “librar”, que suena más forzado.
La primera pregunta que uno se hace es: ¿por qué les resulta molesta una lengua minoritaria en un entorno donde la lengua mayoritaria —con más de 500 millones de usuarios— tiene el futuro asegurado? Pues, sí, señores: les molesta, les cabrea, les toca las narices. Para ellos, para PP y VOX, eliminar un idioma (se le denomine catalán, valenciano, mallorquín, alguerés, fragatí o la imaginativa y creativa versión político-aragonesa LAPAO —Lengua Aragonesa Propia del Area Oriental, ¡manda huevos!) es una prioridad básica y fundamental de sus principios culturales, más bien escasos, esos sí.
Segunda pregunta, muy sencilla: ¿Imposición del catalán? Imposición, ¿de qué? Una lengua con una raíces históricas de un valor incalculable, que practican “sólo” unas 40.000 personas (fronterizas con Catalunya) ¿pueden causar daño a alguien? ¿Impiden estos hablantes el normal desarrollo de la vida cotidiana en Aragón?
Tengo la ligera impresión que lo que rige la citada norma lingüística no es nada más ni nada menos que puro odio; lo que se suele denominar como “catalanofobia”, tan extendida en parte de la Península gracias a operaciones del mismo estilo que las del flamante Gobierno de Aragón.
En realidad —si buscamos razones que nos lleven a conclusiones nítidas y comprensibles—, estaríamos, de pleno, en una actuación correspondiente a lo que, en derecho político viene en llamarse genocidio cultural; en el caso que nos ocupa, lingüístico. Así de sencillo.
Conozco a una serie de personas de la llamada “Franja”, hombres, mujeres y niños con su historia, sus identidad propia, sus tradiciones, su manera de ver el mundo y, naturalmente, su lengua, su idioma. ¿Existe algún derecho que “obligue” a estas personas a perder su idioma materno ancestral con la excusa de que no se impongan al resto de la Comunidad? ¿En serio?
En la vida hay cosas que nunca debieran pasar... y esta es una de ellas.
En definitiva, como en el Far West, existen los “Hombres Malos”; malos de solemnidad.
Y, algunos, se peden identificar con castizos adjetivos tipo “bellacos” o, mejor aun, “tunantes.