OPINION

Álvaro Pombo en El País

Julio Fajardo Sánchez | Viernes 01 de mayo de 2026

Leo la entrevista a Álvaro Pombo, siempre tan divertido y tan ingenioso, fumando tumbado en la cheslón, como Sarita Montiel en el cuplé. A qué estará esperando. Me encanta la frivolidad para alternarla con alguna reflexión seria y con esa inevitable alusión a la memoria que todos llevamos dentro cuando regresamos a algo tan antiguo como la mili. Cuando éramos soldados asimilábamos un anecdotario que se alejaba mucho de un simulacro para ir a la guerra. Más bien la desmitificábamos y la veíamos, igual que Gila, como una colección de situaciones inimaginables en el mundo real, pero sí que lo eran. Todos los escritores han recurrido alguna vez a evocar esa etapa surrealista de nuestras vidas. Está, por ejemplo, el “Ardor guerrero”, de Antonio Muñoz Molina, y tantas otras páginas de escritores que supieron sacar un espíritu de donde no existe espíritu alguno que no sea capaz de ser denostado.

En mi libro “El polvo debajo de la alfombra”, que fue premiado con el Benito Pérez Armas, un premio de andar por casa, me detengo en la descripción absurda de la rutina militar, tan rica en matices para definir una manera de perder el tiempo con mucha prisa. Hay cosas que se hacen al compás que marca un tambor o marchando mientras se canta Margarita se llama mi amor, un dos. Pombo tiene 86 años y habla de escribir todos los días. Mientras la cabeza nos ayude no está mal, aunque creo que ese ejercicio es el que hace que la tengamos en su sitio. Lo he pasado bien leyendo a este viejo que se mantiene joven. Me ha recordado a Umbral y a su acritud, y yo lo recuerdo en el Gijón, a mitad de los sesenta, con su abrigo y su bufanda larga, compitiendo en malcriadez con otros que querían disputarle el puesto en la escala de los díscolos. Carlitos Oroza brincaba por encima de las mesas desparramando el martillo de sus versos: “Juventud, llévanos de aquí, huyamos de este húmedo papel”. Hace unos años murió en Vigo, en un rincón de la España que lo olvidó de cuajo, como hace con tantas cosas.

Pombo se refiere a las polémicas de Luis García Montero, y dice que la gente de Granada tiene mala follá, que Almudena era más agradable. La conocí en casa de Miguel García Sánchez, el dueño de Visor y de la librería Antonio Machado, entonces en Fernando VI y hoy en Bárbara de Braganza, y me pareció una chica bastante entusiasta. No todo lo que he leído de Pombo me parece rotundo. Prefiero oírlo hablar. Está desprovisto de la superioridad cántabra y esto lo hace más apetecible. La ha sustituido por la ironía, y esto es de agradecer. En esto se ve que ha leído a Rilke, pues siempre recomienda a su joven poeta que introduzca pequeñas dosis de este veneno en sus escritos.

Álvaro Pombo se la juega fumando a su edad, pero tengo amigos con cáncer de pulmón que no lo han dejado y no dejan de cumplir años. No sé cómo anda de toses. A veces me tropiezo con gente de esta España que la hace apasionadamente atractiva, y salgo del aburrimiento de la majadera consecución de disparates que llenan los periódicos de cada día, dánosle hoy.

Qué se le va a hacer. Somos ya tan mayores…


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