OPINION

Meritxell

Julio Fajardo Sánchez | Martes 28 de abril de 2026

Política viene de polis, igual que civilización proviene de civitas. Ambos términos tienen que ver con ciudad, el lugar donde desarrollamos nuestra vida y nuestras relaciones con el entorno; un entorno artificial, si quieren, pero es en el que nos convocamos los iguales para defendernos de lo hostil que hay en el exterior. Aristóteles decía que ese ámbito había sido creado para posibilitar la existencia digna de los humanos, y a todas las necesidades a las que debería dar respuesta se añadía la de propiciar valores espirituales y morales.

Siempre me gustó Meritxell Batet. Me transmitía serenidad y sensatez, algo que debe procurar quien arbitra el debate en una cámara que representa la voluntad de todos, el ágora de aquella civitas griega a la que se refería el filósofo. Hoy publica un artículo donde llama a la responsabilidad de recuperar la dignidad y otras virtudes que respondan al hecho constitutivo de las ciudades, como garantes del orden, en contraposición con la ley de la selva que los humanos abandonamos para civilizarnos.

Hay muchas disciplinas que se encargan de establecer las condiciones más convenientes para que se cumplan los objetivos de la vida en comunidad, una de ellas el urbanismo, otra la sociología, la ética, la economía, y un conjunto de normas,, de derechos y obligaciones, que constituyen un conglomerado al que llamamos política. No es la primera voz que se levanta para reclamar el fortalecimiento de aquello que garantiza la supervivencia del grupo, o mejor aún para detener su debilitación progresiva, lo que quiere decir que el mal existe, que no es una alarma más a la que no hay que tener en cuenta. Ahora hay técnicas nuevas para la comunicación y se habla de mantener el relato, pero el relato no puede basarse en la mentira, el insulto y la descalificación, porque entonces se estará incumpliendo el objetivo para el que fue creada la polis y en su consecuencia la política.

La voz de Meritxell es necesaria, pero no debe ser tomada como una llamada de atención a los ajenos, también está dirigida a sus correligionarios, por la parte que les toca en estos continuos desaguisados. Meritxell tiene cara de acabar de levantarse, y ese punto de novedad es el que me interesa. Alguien que viene del sueño a sorprenderse con lo que ve cuando despierta el día. Lo que ve no le gusta. No le gusta a nadie, pero nadie se atreve a rectificarlo porque cree que saca rédito del desentendimiento. Luego está esa costumbre inveterada de adjudicar a los otros lo que se critica. Como decía mi abuelo, el primero que lo huele debajo lo tiene, por lo que no cabe acusar a los demás de haberse tirado el pedo que infecta a todo el ambiente. Hoy me ha alegrado el artículo de Meritxell, pero me temo que los suyos lo tomarán como una advertencia dirigida a sus adversarios, sin darse cuenta de que sus cloacas, ahora abiertas de par en par, apestan como las que más. De cualquier forma me alegro de leerla.


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