OPINION

De escribir, publicar y otros asuntos

Julio Fajardo Sánchez | Sábado 25 de abril de 2026

Javier Cercas dice que publicar libros es malo, que te contamina la vida con compromisos mercantiles y te somete a las inclemencias de los críticos que se leen dos páginas para desacreditarte. El problema es que no publicar es peor, porque imposibilita la conexión con el lector, que debe ser el objetivo principal del escritor, salvo hacerlo para sí mismo, la primera y más directa satisfacción que va a obtener. Luego está lo de las redes sociales, donde se pueden pescar unos pocos adeptos que confiesan que les mejoras unos minutos de sus días.

Dicen que todos los que escriben pretenden llegar a crear el libro perfecto, pero realmente lo que persiguen es la fama para que algún crítico, perteneciente al engranaje del negocio editorial lo califique como tal. Publicar un libro es un coñazo y distrae de la dedicación principal del autor que es la escritura. De pronto se convierte en un mono de feria y olvida su función creativa para dedicarse a mostrar algunas originalidades de su persona. Todos se quejan de esto, salvo los que son felices con la exhibición como si fueran modelos de pasarela.

Entiendo a Cercas, porque para un artista serio que es feliz en la intimidad de su taller, puede resultar un tormento. Tampoco hay que ser un personaje huraño que anda espantando a periodistas o refugiado en una cabaña inaccesible, como se supone que harían Cormac McCarthy o Salinger. Pienso que su marketing consistía precisamente en eso. Todos los que han pasado por la servidumbre de la gloria saben que han tenido que soportar las estupideces del mundo de la notoriedad. Es la pescadilla que se muerde la cola.

Yo creo que es por eso que los editores apuestan por aquellos que han conseguido la fama en otro terreno para ser transformados después en best sellers. El producto que saldría de ahí sería tanto una novela de amor, un libro de cocina o un tratado de autoayuda, escritos por la Inteligencia Artificial, que es lo que ahora sustituye a los negros, con perdón. La literatura ha dejado de ser un espectáculo cultural que se dirime en cenáculos privativos para ser un ejercicio solitario que se atreve a lanzarse al espacio digital donde se establece un diálogo inalámbrico con los posibles colaterales capturados en unas redes misteriosas inundadas de influencers. Ya no existen aquellos contactos protagonizados por los que se incluían en los ambientes literarios, en torno a los grandes escritores, como se cuenta en los diarios de André Gide o de los hermanos Goncourt, ni se establecen relaciones epistolares para que sean destripadas por los biógrafos después de la muerte de los autores. Ahora está todo más normalizado y enviamos nuestros artículos, como ensayos de comunicación, a un periódico que te cancelará en cuanto reciba las instrucciones de los que le subvencionan.

De esto no habla Cercas, pero es la realidad para muchos. Así escribir es tanto más auténtico en tanto sea un acto de intimidad, una transmisión directa hacia un lector invisible que te percibe a través de una pantalla táctil. Cada vez será más así, a pesar de quienes creen que la inmortalidad, esa rémora que muchos persiguen sin darse cuenta de que lo es, tiene que venir avalada por un papel que indefectiblemente acabará amarilleando con el tiempo.


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