OPINION

Estamos a viernes

Julio Fajardo Sánchez | Viernes 17 de abril de 2026

Se respira un ambiente insoportable de apocalipsis. Se denuncia un autoritarismo creciente, pero se hace desde el acercamiento al bloque que representa el más férreo y menos participativo de los sistemas. Se habla de refundar la ONU, como si en ese organismo estuvieran las garantías de un diálogo constructivo hacia la paz. Se condena al negacionismo imponiendo los principios de una verdad que no admite discusión. Se habla de fortalecimiento democrático desde posiciones escasamente democráticas. En fin, todo lo que ocurre se pretende resolver desde una visión extremadamente polarizada y eso no puede conducirnos a algo bueno.

Hemos vivido situaciones muy parecidas a esta, pero parece que el velo de la desmemoria nos la hace ver de otra manera, y en lugar de rechazarlas las añoramos con la esperanza de que se vuelvan a repetir. Me sirve el libro de Antonio Scurati para rememorar el enfrentamiento entre dos ideologías opuestas, en la Italia, y hasta en la Europa, de los años 20, que nos llevó al desastre, aunque algunos lo consideren como una época dorada a la que debemos retornar.

Hay gente que no se siente segura andando por las calles y esto me inquieta. Luego desciendo a la realidad, al mall del hipermercado, a la sala de esperas de urgencias o al bullicio de las cafeterías repletas, y me doy cuenta de que los signos de normalidad desdibujan todas las alarmas que leo en las editoriales de la prensa que consumo. No me gusta este estado de preguerra permanente, no me gusta vivir bajo la alarma del volcán, no me gusta el te mato o te meto miedo, no me gusta esta división intencionada entre buenos y malos sin recato alguno. No me gusta una sociedad a caballo entre la justicia y la injusticia, una sociedad donde las reglas no son iguales para todos, a pesar de que se cante la igualdad a los cuatro vientos. Aquí nadie tiene el modelo de la virtud para ser imitado.

En todas partes hay un defecto y un exceso, dos elementos característicos en la lucha por la hegemonía. En medio, una enorme masa paciente que intenta taparse los oídos para no escuchar los gritos de los bandos, o que se amarra al mástil de la nave en una travesía tormentosa donde las sirenas interpretan el coro de las protestas desacerbadas. Y cuando más se sube el tono más disparatada es la respuesta.

Creo en la humanidad, pero no me fío de las virtudes que se hacen necesarias. Cuando son necesarias dejan de ser virtudes y se convierten en atentados contra las más elementales normas de comportamiento. Si sumamos a los de una parte y a los de la otra, no son muchos. Siempre les ganaremos los que nada tenemos que ver con esta guerra.

Hoy es viernes. Iré a tomar el café con mis amigos a la Reineta. Prometo no hablar del mal sabor de boca que me ha dejado leer el periódico esta mañana. Prefiero la alegría del estribillo: “Dame la mañana Catalina, dame la mañana de café. Dame la mañana Catalina, que me la quiero beber”.


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