Llegué a Tenerife en el verano del 2022 con dos maletas. En ellas guardé toda mi vida: 33 años de recuerdos, decisiones, pérdidas y aprendizajes en mi país de origen. Como tantas otras personas, migrar nunca fue mi primera opción, pero llega un momento en el que quedarse deja de ser posible.
Yo me fui de Ecuador después de años muy duros. Primero, la devastación social provocada por la pandemia y después un clima político y económico que hizo que muchas personas sintiéramos que el futuro se estrechaba cada vez más. Así que como tantas otras, tomé una decisión difícil: irme.
Migrar es también empezar una pregunta constante sobre el lugar que ocupamos. No solo se trata de encontrar trabajo, una casa o nuevas rutinas, también es algo más profundo: encontrar un lugar al que poder llamar hogar y sentir que perteneces. Cruzas una frontera e intentas reconstruir la vida, pero muchas veces primero tienes que demostrar que mereces estar.
Cuando cruzas el océano empieza otra experiencia que muchas personas migrantes conocemos bien: la necesidad constante de justificarnos. Explicar por qué nos fuimos, por qué elegimos venir aquí, cuánto tiempo pensamos quedarnos o por qué tenemos otro acento. No todas las migraciones son iguales, cuando eres del Norte Global siempre es mejor, tu pasaporte es chachi, tus trámites suelen ser más rápidos y tu formación rara vez se pone en duda. Cuando vienes del Sur, en cambio, el camino es más largo y difícil. La mayoría no migra para “explorar el mundo”, sino porque en su país las oportunidades se reducen, la incertidumbre crece o el miedo empieza a formar parte de la vida cotidiana.
En las últimas semanas lo hemos visto con claridad en Canarias, la regularización extraordinaria para personas migrantes que ya vivimos aquí ha provocado una ola de desinformación y discursos de odio. De repente, aparecen supuestos expertos hablando del “efecto llamada”, del “gran reemplazo”, de “inseguridad” o de amenazas imaginarias para el futuro del Archipiélago. Sin embargo, esas mismas voces nunca hablan de la realidad cotidiana que viven muchas personas migrantes: jornadas interminables, trabajos sin contrato, sueldos que nunca llegan o situaciones de explotación en sectores como la agricultura, la hostelería o el trabajo doméstico. Esa parte de la historia no ocupa titulares.
La paradoja es evidente: se nos señala como un problema mientras se invisibiliza el trabajo que sostiene buena parte de la economía cotidiana. Frente a ese clima de sospecha permanente, también existen espacios donde las personas migrantes no somos vistas como una amenaza, sino como parte de la sociedad que ya somos. Por eso milito en Drago Canarias, porque allí no me siento extranjera, sino como alguien que vive, trabaja y está construyendo su vida aquí.
Las personas migrantes formamos parte de la realidad histórica y social de Canarias. Trabajamos, estudiamos, cuidamos, pagamos impuestos y participamos cada día en la vida de esta tierra, todo esto mientras intentamos seguir presentes en nuestros países de origen. Participar también en el debate público y en la construcción política del país debería ser algo natural. Canarias es, además, una tierra marcada por la migración. Durante décadas, miles de canarios y canarias tuvieron que marcharse buscando oportunidades en América o en Europa, esa memoria debería ayudarnos a entender que migrar no es un problema sino parte de nuestra historia compartida.
A veces, la vida cotidiana nos deja poco espacio para todo lo demás. Como dice una querida amiga, hay días en que tenemos “demasiados calderos al fuego”: el trabajo, los trámites que nunca acaban, la precariedad, la distancia con la familia y amigas… Todo esto consume nuestro tiempo y energía. Es importante parar un momento y tomar aire, levantar la voz, participar y organizarnos. Reivindicar nuestro derecho a hacer política.
Migrar nunca fue mi primera opción pero hoy mi vida está aquí y pertenecer también significa poder formar parte del presente y futuro de esta tierra. Una tierra que, como tantas otras veces en su historia, también se está construyendo con historias diversas. Esta es una invitación a todas las personas migrantes a hacer lo mismo, es mi propia carta dándome valor.
Tania Silva, portavoz de Drago Tegueste