OPINION

El eco y la voz

Julio Fajardo Sánchez | Sábado 21 de marzo de 2026

Igual que Antonio Machado me detengo a distinguir las voces de los ecos y todo lo que escucho son repeticiones, letanías de consignas y relatos prefabricados. Las voces escasean y son asfixiadas por el coro del tumulto que reza insistentemente una plegaria para alcanzar el cielo colectivo. Asimilo, quizá erróneamente, a la voz con la independencia, y a la libertad y al eco con la masa impersonal que le pide prestada su palabra a aquel en quien confía ciegamente.

Me he pasado la vida, como Odiseo, tapándome los oídos para que no me contaminen ni me seduzcan los cantos de las sirenas y así poder regresar indemne a Ítaca, donde me aguarda Penélope, tejiendo y destejiendo su tapiz. Quizá esté cansada y aburrida de esperar, como la de Serrat, sentada en la estación con su bolso color marrón. No tengo vocación de masa dirigible. Prefiero hacer un solo, aunque sea de pandereta. Penélope tiene la virtud de nunca hacerse vieja. Tiene los dedos encaramados de tanto trabajar en el telar, pero no importa. Todavía hay suavidad en la piel que cubre a sus huesos torcidos por la artrosis. Penélope es un sueño, un remanso donde disfrutar la paz de los últimos días, que se convertirán en los primeros cuando lleguen.

Hay mucho ruido en el mar y eso que pensaba que solo iba a escuchar al viento temblando en la vela y a la quilla rasgando el agua, casi en silencio. Alguien se ha puesto al tanto de seleccionar lo que debo escuchar. Aún no he decidido amarrarme al mástil para no enloquecer, pero todo se andará. Ya no sé a qué flecha de la brújula debo seguir para hallar un refugio seguro. El único lugar confortable está detrás de esta ventana donde escribo. No quiero ser el eco de nadie, ni confundirme con las voces que quieren convertirme en ese sonido bien orientado que evite mi cancelación. Me niego a estar en el lugar correcto. Deseo equivocarme, desafinar si es necesario, nadar contra corriente, pero ser yo mismo. No quiero ser la voz que devuelva su eco en la montaña, ni siquiera ser la montaña. Solo defiendo una palabra: Libertad, y me detengo a pensar qué significa.

La imagen es la de Prometeo sujeto por cadenas, la de Laocoonte aprisionado por las serpientes, pero consciente de que está en una cárcel y muestra su disconformidad intentando zafarse del lazo que otros han urdido a su alrededor para inmovilizarlo. Ando a la espera de salir de esta prisión en la que convalezco igual que Segismundo, en busca de otro estado más lisonjero. Pero el horizonte esta cerrado, como dicen los marinos, y la mar presenta mal cariz. Menos mal que me queda el albedrío de expresar con palabras lo que veo. No es poca cosa.


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