Soy uno entre 8.200 millones que pueblan el planeta. Menos que un ñu, pero más que una abeja o una gallina. De acuerdo con la excepcionalidad es así. Sin embargo, tanto el ñu, como la abeja y la gallina no creo que se sientan importantes. Quiero decir que no reconocen su individualidad como lo hacemos los humanos. Ahí está nuestra riqueza y a la vez nuestra desgracia como grupo. Las abejas y las gallinas no sufren la polarización porque están a sus mieles y a sus huevos. Las abejas polinizan y los hombres polarizan. Nosotros andamos enfrentados por nuestros velos, nuestras ideologías y la colección de nuestras cabezas nucleares para meternos miedo. Incluso tenemos un Orwell para decirnos que cuando nos dejamos someter igual que una abeja o una gallina eso es malo. No hay quien lo entienda. Todos pretenden uniformar nuestro pensamiento y todos reconocen que ahí está nuestra perdición.
Esto viene ocurriendo desde que un ángel de Dios nos expulsó del Paraíso. Nunca hemos podido rectificar la falta, si es que lo fue, y dar marcha atrás. A eso lo llamamos progreso. Desde el punto de vista bíblico el progreso es un castigo, como lo es lo diverso. El día que se acabe esta división habremos llegado a la meta o será el final, no lo sé. Vivimos prisioneros de dos utopías: la que nos hace creer que el equilibrio está en la garantía de lo colectivo y la otra que consagra a la individualidad como la gran conquista; y no nos damos cuenta de que una no puede existir sin la otra. Hay que tomar un poco de allí y otro poco de allá para llegar a ese término medio tan deseado. A eso es a lo que llamamos centralidad, un lugar del que estamos cada vez más alejados por los tirones de los extremos.
Me estoy pareciendo a una propuesta de George Lakoff que no acabó de asentarse. Esta teoría tuvo su último intento hace unos años, pero ha fracasado dejándose invadir por la polarización. Esta palabra la entiendo cada vez menos, quizá porque intento imponer el concepto matemático de la propiedad polar, que me habla de un equilibrio armónico, de una equidistancia a un punto, a una recta o a un plano. Todo es relativo. Los islamistas consideran inaceptable que desde Occidente rechacemos sus costumbres y sus creencias. No entenderíamos nada si no ponemos nuestra mirada en el arte y reconociéramos que en esos países hubo una arquitectura equivalente a nuestro renacimiento, aproximadamente en los mismos años. Empezaríamos a reconocer que no somos tan exclusivos.
¿Dónde está entonces el choque entre culturas si se han estado intercomunicando a lo largo de la historia? Si el único elemento distorsionador es el petróleo, el día que sea sustituido por otro combustible y pongamos en marcha otras fuentes de energía, se acabó el problema. A veces los errores solo son el cumplimiento de algunas necesidades a las que no podemos renunciar. Lo bueno es reconocerlo. Felipe VI lo ha hecho en Méjico y a nadie se le caen los anillos por eso. Me recuerda cuando le entregamos la espada de Francisco I a los franceses. El infante dijo: “Qué se la den, no es más que un trozo de hierro”. Como dice el chiste de los cazadores, “si te vas a poner a llorar, quédate con el pato”.