OPINION

Trump atrampado

Abdel-Wahed Ouarzazi | Lunes 16 de marzo de 2026

“No hay viento favorable para quien no sabe a qué puerto se dirige”, escribió Séneca hace casi dos mil años. La sentencia, usada frecuentemente en gestión estratégica de empresas, resulta hoy especialmente apropiada para describir la errática estrategia de Donald Trump frente a Irán.

Una guerra ajena, sin objetivos claros que justifiquen tanto coste y tanto desgaste, que muy probablemente no hará “grande a América de nuevo”, sino todo lo contrario.

La iniciativa bélica de los Estados Unidos se ha mostrado vacía de todo contenido, sin justificación clara ni objetivo político definido. Tampoco se ha explicado qué tipo de victoria se persigue ni cómo sería el final del conflicto; a ello se suma la ausencia de legalidad tanto en el plano nacional (sin la aprobación del Congreso) como internacional (sin mandato de la ONU).

Paradójicamente, en este escenario el único actor que parece tener claro el puerto de destino es Israel. Desde hace años, el gobierno sionista de Netanyahu ha situado la confrontación y la aniquilación en el centro de su agenda. El genocidio de Gaza, las tensiones con Líbano y ahora, en este segundo enfrentamiento con Irán en menos de siete meses, responden a objetivos claros de Israel: expansión y liderazgo en la región.

Mientras tanto, Irán optado por una estrategia de resistencia prolongada. Lejos de colapsar, el país ha logrado convertir el conflicto en una guerra de desgaste que pone a prueba la capacidad de sus adversarios. Una dinámica que mina la opinión pública estadounidense e israelí, mientras los iraníes, lejos de sublevarse, parecen asumir que la guerra no se libra por ellos sino contra ellos.

En la actualidad, Donald Trump se encuentra atrapado en un conflicto cuyo coste estratégico crece cada día. La mayoría de las bases americanas en la región han resultado tocadas o inoperantes bajo contantes bombardeos. Los países del golfo se ven atacados, sus infraestructuras, tanto militares como civiles, son objeto de misiles y drones iraníes. Y el Estrecho de Ormuz bloqueado, amenazando el suministro energético mundial y poniendo en tensión las economías europeas.

Ante esta situación, Donald Trump intenta internacionalizar el conflicto repartiendo el coste estratégico; y pide a Europa que contribuya a controlar el Estrecho de Ormuz mientras envía marines al Golfo en contra de la opinión del Pentágono.

La petición a Europa llega tarde y mal, porque percibe el riesgo de verse arrastrada a una confrontación no deseada. Y ante la negativa europea, Trump responde amenazando con reventar la OTAN, sabiendo de antemano que el Estrecho de Ormuz se encuentra fuera de la Alianza. Una negativa a la que se ha sumado Japón y Australia.

Por otra parte, Irán avisa de que el Estrecho está abierto para países que no colaboran con Estados Unidos e Israel en esta guerra. Es decir, la estrategia iraní sería no escalar la guerra y a ser posible pararla, mientras Trump propone todo lo contrario.

Así, Trump no es consciente de que ha iniciado guerra sin mapa, siguiendo una lógica estratégica marcada por Netanyahu. De ahí la improvisación de decisiones que a menudo resultan totalmente contradictorias. Es lo que ocurre cuando se entra en un combate sin estrategia, uno queda a merced de los golpes que le van dictando la política a seguir.

Esto es, la mayor potencia militar del planeta, parece navegar sin rumbo ni salida clara de esta trampa en la que se ha metido. Israel tampoco parece alcanzar sus objetivos, y está recibiendo una gran cantidad de misiles balísticos de racimo con efectos desastrosos.

En política internacional, como advertía Séneca, la fuerza del viento importa menos que la claridad del rumbo. Cuando el destino es incierto, incluso los aliados más cercanos prefieren mantenerse a distancia. Y Estados Unidos comienza a experimentar el aislamiento, dejando latente una grave fractura entre sus propios socios: Gran Bretaña, Francia, Alemania y los países nórdicos, además de España que desde el primer instante se ha opuesto a esta agresión ilegal y arbitraria.

En los países del Golfo Pérsico ya no se preguntan por dónde viene el viento, sino quién sostiene realmente el timón. Pues es evidente que la guerra está descontrolada. Y no parece tener un vencedor claro en el horizonte, pero sí muchos perdedores. Y Trump el primero, pues arriesga ser expulsado de Oriente Próximo, perdiendo su influencia en favor de China y Rusia, dejando a Israel ante unos países árabes furiosos, hartos de soportar la constante amenaza sionista sobre la paz y la seguridad en la región.


Noticias relacionadas