OPINION

A cuatro patas

Julio Fajardo Sánchez | Jueves 26 de febrero de 2026

La evolución dice que cuando el hombre dejó de andar a cuatro patas y consiguió dominar su equilibrio, le dio oportunidad a su cerebro de desarrollarse y capacitarlo para que allí se posibilitara la inteligencia. Es decir, la facultad de andar erguido es un factor evolutivo importantísimo para entender por qué somos lo que somos. Antes veníamos de unos gusanos que se arrastraban por el suelo, hasta que conseguimos generar apéndices para separarnos de esa función rastrera. Luego, un vez logramos mantenernos de pie, nos liberamos de la esclavitud con la naturaleza y nos organizamos en grupos, viviendo en pequeños asentamientos y luego en ciudades elementales que fueron progresando. Hace unos cuantos miles de años de esto y lo llamamos civilización.

Nos convertimos en ciudadanos inventando unos derechos para garantizar la convivencia. Todo esto fue posible gracias a una actividad inteligente. Ahora, una parte del progresismo ha alimentado la nostalgia de volver al principio. Es una actitud contestataria que está cansada de vivir en el bienestar, tal y como lo entendemos, calibrando el coste que significa alcanzar algo que llamamos libertad: una libertad sin influencias cuyo paradigma es regresar a la selva. Lo estudian en algunas universidades del primer mundo y le ponen nombre. Son científicos que catalogan a todo lo que existe y lo justifican y lo hacen necesario desde el prisma de la psicología que da por bueno cualquier comportamiento humano, por absurdo que sea.

De esta forma hemos creado a un híbrido que elige volver a andar de cuatro patas, como si ahí lograra una reivindicación para encontrarse con su origen y no la estupidez de dejarse lavar el cerebro para hacer borrón y cuenta nueva con la evolución. Se llama therian, y hay que respetarlo siguiendo las pautas de una tolerancia mal interpretada. En este mundo vivimos y a estas modas hemos desembocado, presumiendo de que alcanzamos cotas de expresión artística que nunca habíamos imaginado. Es como colgar un plátano en una pared, sujeto con cinta americana, y pedir unos cuantos millones por él.

Alguien perteneciente a la posmodernidad me llamará negacionista y pasado de moda, me relegará al gueto de los incultos y me acusará de no entender la actualidad rabiosa del mundo en que vivo. No se lo voy a negar. Prefiero callarme. Hoy he leído que Sonsoles ha escrito un libro con rabia para demostrar que el Planeta no fue por casualidad. Ya lo sabemos. El Planeta fue intencionado. Eso es lo peor, y comprobar las tonterías que dice cada tarde en la televisión que manda en la editorial que le concedió el premio. Voy a tener que andar a cuatro patas si quiero adaptarme a la modernidad. No me queda otra, o encerrarme en mi casa a hacer crucigramas y sudokus.


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