Una figura clave para evitar el golpe del 23 F fue Sabino Fernández Campos. Acabó viviendo en los apartamentos Colón de la plaza de la villa de París, de Madrid, donde están el Tribunal Supremo y la Audiencia Nacional. Me lo tropecé varias veces en el hall, cuando salía a pasear al perro. Me saludaba muy amablemente, como a todos los que nos hospedábamos allí. Siempre me pareció que el destino de España estaba en manos de personas educadas y desprovistas de soberbia. Luis Racionero también se alojaba en ese lugar. Ya se había separado de Elena Ochoa (después Lady Foster) y andaba escondiendo su conocimiento con la humildad de un sabio. Qué diferencia con los personajes que se reparten el protagonismo de la fama. Sabino llevaba un Loden y un sombrero borsalino. Racionero iba de gris, como disimulando su presencia en un lugar impersonal.
Estos recuerdos de hace unos 30 años me conectan con la fecha.que hoy se conmemora. Es tiempo de dar a cada uno lo suyo en medio de tanta confusión. Por eso reconozco a Sabino paseando al perro y a Racionero ex de mi parienta Elena, que es bisnieta de una hermana de mi abuelo casada con el general López de Ochoa, al que le cortaron la cabeza unos milicianos y la pasearon en una pica, desde el hospital de Carabanchel hasta la Puerta del Sol. Me sonreía sin saber que era lector de sus libros sobre urbanismo.
La historia de España deambula por un espacio de tierra batida del distrito de Justicia, saliendo de unos apartamentos económicos. Dormitorio, cocina incorporada y baño. Podría hacer un resumen de esta España convulsa, desde 1885, cuando mataron a mi bisabuelo, el general Luis Fajardo, en una sublevación revolucionaria en Cartagena. Luego mi abuelo, marino, perdió un brazo en 1898 a bordo del crucero Vizcaya, en Santiago de Cuba y lo mataron en Paracuellos en noviembre de 1936.
Esta es la historia. Una secuencia que parecía haberse superado cuando Sabino impidió que el general Armada se acercara a la Zarzuela para ver al rey. Ahora ha pasado mucho tiempo y yo soy un viejo que se refugia en sus recuerdos. Los que están por fuera no se enteran de estas cosas y los historiadores se aprestan a reescribir la crónica de los hechos con lo poco que les dan. Para mí es la imagen de un señor elegante y educado que paseaba a su perro en una plaza de Madrid, con otros jubilados que hacían lo mismo que él.