Envié un artículo a varios medios locales.
Un texto sobre protección animal, financiación pública y prioridades políticas.
La respuesta de uno de ellos no fue editorial. Fue disciplinaria. No se discutía el contenido. No se señalaban errores. No se debatía el enfoque.
Se cuestionaba que hubiera sido enviado también a otros medios. Como si pedir exclusividad fuera un derecho natural. Como si la circulación de la palabra necesitara permiso. Como si una mujer tuviera que administrar su voz con cautela.
Y ahí aparece algo que rara vez se nombra: Las masculinidades en el periodismo local. La exclusividad como mecanismo de control.
En el periodismo profesional existen acuerdos de exclusividad. Pero eso no fue lo que ocurrió.
Lo que se desliza en ese tipo de respuesta es otra cosa: una expectativa de lealtad implícita. Un “yo te publico, tú me perteneces”. Un tono que no se usaría con determinados perfiles masculinos.
Cuando una mujer escribe sobre política presupuestaria, prioridades institucionales o gestión pública, el terreno cambia.
Ya no está hablando de cultura. Ni de educación. Ni de temas “amables”.
Está entrando en poder. Y el poder tiene guardianes. Masculinidades editoriales
En muchas redacciones —especialmente en ámbitos locales— sigue operando un patrón silencioso:
Cuando una mujer cruza esa frontera, aparecen fricciones no siempre explícitas. Pero sí reconocibles, porqué el tono cambia. La cordialidad se resiente. La autoridad se cuestiona.
A pesar de que hay un número importante de mujeres periodistas, su presencia real en la agenda y en la toma de decisiones editoriales es significativamente menor:
En el periodismo informativo global solo alrededor del 26 % de los temas de noticias presentan a mujeres como sujetos —y esto incluye autoras, protagonistas y fuentes de información.
El estudio del Reuters Institute muestra que, incluso cuando aproximadamente el 40 % de periodistas son mujeres, solo el 27 % de las jefaturas en medios están en manos femeninas.
En España, investigaciones sobre participación en televisión, radio y prensa indican que las mujeres aparecen solo cerca del 26 % de las veces en los contenidos mediáticos.
Estos datos no están sujetos a debate menor: muestran que aunque hay mujeres en las redacciones, su voz no ocupa las posiciones de poder ni los espacios de visibilidad proporcionales.
¿Por qué molesta que una mujer distribuya su propio texto?
Porque implica autonomía.
Porque rompe la lógica paternalista del “yo te doy espacio”.
Porque recuerda que publicar no es un favor. Es una decisión editorial.
Y decidir enviar un texto a varios medios no es falta de respeto. Es estrategia de difusión.
El periodismo no es propiedad privada. La palabra no es concesión graciosa. El dato incómodo
Según informes internacionales sobre medios de comunicación, las mujeres siguen estando infrarepresentadas como columnistas de opinión política y económica. Cuando escriben, lo hacen mayoritariamente en secciones sociales o culturales.
Y cuando opinan fuera de esos márgenes, el escrutinio es mayor.
No es percepción. Es patrón.
No es personal. Es estructural.
No se trata de un hombre concreto. Se trata de una cultura profesional. Una cultura donde ciertas masculinidades confunden colaboración con posesión. Donde el poder editorial se ejerce también como poder simbólico. Y donde aún sorprende que una mujer diga:
“Soy libre de escribir. Soy libre de enviar. Soy libre de decidir.”
Cuando una mujer habla de presupuestos, denuncia prioridades políticas y convoca movilización ciudadana, deja de encajar en el rol asignado.
Y eso genera tensión.
Pero esa tensión es saludable. Porque significa que algo se está moviendo.
El metaperiodismo es necesario. Tal vez el verdadero debate no sea solo la financiación de una protectora.
Tal vez también sea este:
¿Quién decide qué temas son legítimos?
¿Quién administra la visibilidad?
¿Quién se siente con derecho a marcar límites?
Y sobre todo:
¿por qué todavía sorprende que una mujer ocupe espacio político sin pedir permiso?
Antonella Aliotti
Feminista Radical Antirracista
Defensora de la Casa Común
Activista de DDHH y Sociales
Portavoz Autonómica y Municipal del PFAC