La Secretaría de Organización del PSOE está gafada. A los casos de Ábalos, Cerdán y el no nato Salazar se suma el adjunto Borja Cabezón, sospechoso de un delito de evasión fiscal, con el agravante, no sé si en coincidencia con los otros casos, de una amistad confesada con Pedro Sánchez. Aquí estamos a punto de escribir el guion de “Todos los hombres del presidente". En El País se pasa de puntillas sobre esta noticia, no sea que vaya a empañar a las encendidas alusiones a Bad Bunny o a la esperanzadora operación de Rufián sin la aquiescencia de Oriol Junqueras. Menos mal que trae el cuño de la España plurinacional que es una forma de atemperar al independentismo.
De Bad Bunny he escuchado a Elvira Lindo manifestando su emoción ante el “cantante”. Me estremezco al pensar que “En la guagua quedó el olol de tu pelfume” pueda hacer vibrar al mundo encabezando al movimiento salvador de la izquierda contra los abusos de los ultras. Soy de otra época y no comprendo cómo se puede oficializar un lenguaje que dice: ”Si quieres te hago un bebé o te traigo la plan B. Uf mami qué rica tú te vé. Pa los 2000 escuchaba RBD. Y ahora quiero perreo toa la noche en la pared”. Soy del plan antiguo y me arriesgo a que me llamen xenófobo por decir esto.
Tengo muchos amigos sudamericanos que no están por la labor. No son de derechas ni fachas. Son personas normales que entienden que las batallas culturales se ganan de otra forma. Dejemos esto, que estaría en el mundo de la anécdota si no fuera por la importancia militante que le otorgan algunos. Si quieren que el señor Bunny, el conejo malo, se convierta en el símbolo a seguir, allá ellos. En el móvil me aparece de vez en cuando un sujeto que entrevista a chicas en la calle diciéndoles “mami tú estas peluche” y preguntándole si les gusta que “entren pol la puelta de atrás”.
Debo tener mucho cuidado con condenar esta libertad de expresión. El mundo ha cambiado y yo no lo he hecho. Loro viejo no aprende idiomas. Sin embargo, como escritor me deberían interesar estos fenómenos. De hecho en mi novela “El sudoku infernal del juez Ferrari” hay personajes así, intentando reflejar el sentido de la modernidad, pero se me quedan algo cortos. Y yo que pensaba que me estaba introduciendo en un ambiente de esperpento. Pues no, reflejo la actualidad y la normalidad aunque no me guste, como supongo que harían Salinger o Foster Wallace.
Todo consiste en ser vanguardia, pero la vanguardia no es llevar el exabrupto al liderazgo. Esto ya estaba tratado en El flautista de Hamelin, y ahí los seguidores del encantamiento quedan como borregos. Lo bueno que tiene Cervantes es que en el Quijote no pone a sus personajes como modelos a seguir, sino que, al contrario, los coloca en la picota para que nos riamos con sus disparates. Últimamente estas cosas nos las tenemos que tomar en serio, y si no lo hacemos nos llamarán retrógrados.