OPINION

Ni una pizza, suena ya, a menú extranjero

José Luis Azzollini García | Lunes 16 de febrero de 2026

Mis apellidos están compuestos por: uno de procedencia italiana y el otro español de Canarias. Mi origen está vinculado directamente con la migración que muchos años atrás se vivió desde el país de la bota y desde las islas, hacia Venezuela. Allí, mi padre, nacido en la Apulia (Puglia) región del sur de Italia, conoció a mi madre que era natural de Tenerife. ¡Tremendo coctel! Venezuela, por la época de mis progenitores, era un lugar de migración que tenía la misma atracción que ahora tiene nuestra tierra. Pero ese imán que poseen las islas, ¿Es algo puntual, o ese interés en las canarias viene desde hace tiempo? Pues ya les adelanto, que la elección del terruño, es algo añejo.

Curiosamente recientemente he terminado un curso de Arqueología impartido, magistralmente, por el Profesor Doctor Cristo Manuel Hernández Gómez, para E.U.P.A.M.; en dichas clases, he podido constatar que desde que los siglos se contaban, aún, en negativo, parece que se ha demostrado la existencia de una colonia romana en la isla de lobos (noroeste de Fuerteventura). Si bien es verdad que, en aquellos momentos, no se puede hablar de asentamiento puro y duro -se trataba, parece demostrado, de un asentamiento circunstancial para el trabajo con las conchas de crustáceos-, también es cierto que ya estamos hablando de alguien de aquella tierra, que conoció y probablemente divulgó la existencia de esta tierra más allá de límites conocidos.

Tampoco creo necesario argumentar con datos de siglos pretéritos la existencia de gente italohablante. Centrándonos en tiempos más actuales, digamos que poco a poco, se han ido acercando y estableciendo en Canarias y concretamente en Tenerife, cada vez más. Ahora ya se habla de una cifra que supera los veinte mil súbditos italianos los que conviven con nosotros. En el sur de Tenerife, incluso han superado a otra gran colonia que también se había venido a tostar a nuestras tierras: los ingleses. Los alemanes son también una importante colona que se ha establecido en la isla picuda, aunque destacan y mucho en la isla bonita.

Cada una de estas nacionalidades, ha ido trayendo y mezclando su cultura con la nuestra y, así podemos destacar que desde Inglaterra nos han traído las ganas de divertirse; culinariamente, han intentado meternos en la cultura del “Fish and Chips” (pescado rebosado y papas fritas servidas en un cucurucho de papel). La realidad es que desde que Nelson perdió su brazo, este grupo, muy apreciado por los llenos en los hoteles, no levanta cabeza. Al menos, gastronómicamente hablando. También es verdad que, en Tenerife, ya tenemos los churros de pescado de San Andrés, y claro, donde está lo que bien está, que no se venga a cambiar nada.

Los alemanes, desde el punto de vista gastronómico, tampoco es que hayan hecho una gran aportación a excepción de sus ricas salchichas, el chucrut y, por supuesto el codillo asado. Grandes platos que se agradecen sobremanera, pero la realidad es que el pueblo germano está compuesto por gente a la que gusta mezclarse con los isleños. Ojo, mezclarse, pero sin revolverse; porque muchos de ellos, estando formando parte de día a día de las costumbres locales, no han aprendido a dar ni los buenos días en castellano. Y, además, aunque existen excepciones, se les suele ver agrupados en urbanizaciones muy germánicas. ¡Allá ellos!

Existen otras nacionalidades como la Belga y francesa que aunque son minoritarias si las comparamos con otras, también es verdad que están compuesta por personas más acostumbradas a mimetizarse con la gente isleña. Yo personalmente, tengo una comadre, Sonia M. Bilán, que siendo de Martinica (isla caribeña de Francia), no hay Dios que se meta con Tenerife delante de ella, sin salir vapuleado. Y, los platos caribeños que nos suele preparar, son para chuparse los dedos, así como las salsas que se elaboran desde las cocinas regentadas por la gente de Bélgica. ¡Qué salsas!

También tenemos algunas nacionalidades de África y de Asia. Desde allá, además de unos perfiles de personas bien distintas a las de la tierra, nos han traído manjares como la comida china bien hecha, la japonesa -algo más elaborada y más cara-, la vietnamita, la africana; aún recuerdo el sabor del “Fufú” -Cuscús de Camerún que nos preparó mi amigo Manolo o Emmanuel Di Manú Di Panda-. Y, por supuesto, la propia de la India y de tierras más latinas como puedan ser Venezuela y Argentina. Por cierto qué diferencia más grande comer esta exquisitez acompañada de alguien de aquella tierra. Yo he tenido esa oportunidad y lo que ya era bueno, se convierte en sublime cuando vas con alguien que sabe elegir para que se pruebe lo tradicional. Y qué maravilla de platos nos han traído desde la octava isla -ahora novena-. Las arepas, hallacas y los tequeños, ya forman parte de nuestra cultura culinaria. Y, la forma de asar la carne, que nos han aportado los argentinos, ha sido una enseñanza con la que hemos podido sacarle más el jugo a nuestras parrilladas.

La verdad, es que si tengo que mencionar algo que habiendo llegado desde fuera, haya supuesto una resta, tendría que hablar de lo que nos han aportado los americanos. Unas papas fritas congeladas y una hamburguesa de carne súper apelmazada hasta dejarla en un centímetro de espesor, les ha bastado para convertirnos en camareros a sus órdenes. ¡Te lo regalo!

De cada país vienen personas que con sus diferencias a la hora de adaptarse a lo que encuentran en Canarias, nos aportan lo de su propia tierra y ya se sabe que en la mezcla, lo que suele conseguirse es un enriquecimiento cultural que es de agradecer. Obviamente en este punto descarto a quienes solo vienen para tratar de imponer, aunque sea de forma civilizada, sus propias costumbres. El canario es un pueblo acogedor, pero el que estemos callados ante una determinada imposición cultural, no debe confundirse con que se esté aceptando. Si se sigue pinchando en el mismo punto, puede que se toque hueso.

Pero retomando el tema de las nacionalidades que han venido a quedarse, he de retomar el aporte italiano. Este pueblo, como he anotado al principio, nos ha estado visitando desde mucho antes de Plinio el Viejo; pero, es en nuestros tiempos, cuando los apellidos italianos se han hecho más visibles y abundantes. Dentro de los más de veinte mil que he mencionado como colonia italiana nos han llegado, además de profesionales de distintas ramas de la producción, heladeros y empresarios de la restauración. Esto ha sido de tal manera concluyente que hoy en día, los canarios ya sabemos distinguir una buena pizza, de otras más mediocres. Y, además, se han integrado tanto que sus platos, ya con cosas de la tierra, suelen contar con la aprobación de los paladares más exquisitos de nuestra tierra. Pero lo que más me convence de esta gente, es su interés en ser un canario más, tanto en nuestras costumbres, como en la lengua. Ya no es de extrañar oír a una persona hablando canario, pero con un tono musical claramente italiano. ¡Mi sobrino Daniele Alicino Azzollini, es un ejemplo! ¡Marchando una cuatro quesos, con almogrote!


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