Hay días que te levantas con más ganas de escribir que otros. Tienes que sobreponerte, como pasa con todo si quieres superar el tedio que supone hacer las cosas como las tienes que hacer. Existe una tendencia vital hacia la zona de confort, y la zona de confort parece estar situada en no hacer nada. Nuestro mundo de convenciones te invita continuamente a la transgresión, a la contemplación pasiva de los acontecimientos y a dejarse llevar por las consignas de los que mandan, cumpliendo los horarios y las obligaciones que nos imponen.
Sin embargo venzo esa tentación perversa de abandonarme al paraíso de los jubilados y empiezo por leer el periódico para ver lo que se me ocurre después. Se celebran elecciones en Aragón y, según parece, ahí se adivinarán las que se convoquen a nivel nacional, no se sabe cuando. Se habla de acoso y esta parece ser la intención desesperada para cambiar las tornas en el último día. El último día siempre es importante. A veces funciona y otras no. Los sociólogos aseguran que es muy difícil cambiar la intención del voto en la última semana; sin embargo lo fían todo a la movilización de los indecisos. La gente es muy cambiante, pero yo creo que esto no es tan importante como para hacer olvidar tanta frustración acumulada.
Sigue la polémica de los escritores, con David Uclés a la cabeza. Sergio del Molino dice que antes lo que querían era tener una escultura en la plaza del pueblo, un busto para que vinieran las palomas a cagarle en la cabeza. Triste porvenir este. Ahora lo importante es pasar una noche con Broncano, que es como ver un gol en directo de Lamine Yamal. Ya me voy animando, liberándome de este dolce far niente dominical. Algo me sale y empiezo de nuevo a descubrir que el hecho de escribir, el acto en sí mismo, es más importante y necesario que tener una estatua.
Conozco a mucha gente que se han pasado la vida persiguiendo una gloria que nunca llega. De los millones de soldados que mueren en una guerra solo uno se convierte en héroe, un héroe desconocido que representa a todos los demás. Yo no quiero ser eso. Me parece muy triste que el balance de mi enfrentamiento con la vida quedara reducido a algo tan vulgar. “Nunca perseguí la gloria”, decía Antonio Machado, pero la presunción por su torpe aliño indumentario lo hacía sospechoso de pretender alcanzar la fama, aunque solo fuera por la exhibición de su humildad. La gente iba a Colliure a ver su tumba y esto era suficiente para su satisfacción en el más allá, cuando el más allá se convierte en la memoria de los demás.
El anonimato se sufre hasta que un vivo es capaz de resucitarte. Los hombres de Atapuerca pasaron miles de años sin que nosotros supiéramos dónde estaban, hasta que Juan Luis Arsuaga los desenterró. A mí me dice mucho más uno de estos trogloditas que el busto de un poeta local en una plazoleta. Ahora ya no se usa y en las glorietas y en las rotondas se ponen esculturas de acero cortén de artistas que nadie conoce. Por eso una noche con Broncano vale más que un recuerdo para toda la eternidad. Al final salió el texto sin pena ni gloria. Otro más para la colección, esa retahíla que se empeña en demostrar que sigo vivo.